jueves, 16 de enero de 2014

G.2: El jefe diabólico

Lena P.O.V
Después de llevar a Joey al zoo, los cuatro volvemos a mi casa para cenar. Como me imaginaba, Derek nos espera sentado en el sofá. No ha cambiado nada en estos cuatro años. Aunque ahora es algo más responsable, sigue siendo un rompecorazones sin novia fija ni intenciones de tenerla.
-          Llegáis tarde. – dice él señalando el Rolex que lleva en la muñeca.
-          Joey quería sacarse una foto con los loros. – le contesta Kevin sentándose a su lado en el sofá.
-          ¿Loros? – pregunta Dek extrañado.
-          Sí – le contesta Joey con su voz de pito. – Lena me dijo que me llevaría al zoo si no contaba nada del hospital.
Joey se da cuenta de lo que acaba de decir y se tapa la boca con ambas manos. Pero Derek lo ha oído todo.
-          Lena, creo que tienes que contarme algo. – dice él con voz divertida. Mierda, aun encima le hace gracia.
-          Dejémoslo en que Joey se tragó el anillo de compromiso de Charlie.
Derek nos mira sorprendido a los tres y, tras el asentimiento de Chris y Kev, empieza a reírse muchísimo, tanto que empieza a llorar de la risa. Los tres lo miramos con mala cara, esperando a que pare de reírse. Derek se seca las lágrimas y se calma. Coge a Joey y lo sienta en su regazo.
-          DiMaggio, cada día te superas más. Choca esas cinco – dice poniendo la mano delante de él para que la choque.
Joey lo hace y Derek sonríe satisfecho.
-          Venga, vamos a cenar, que el tío Al ya está en el comedor.
Los cinco nos vamos al comedor, donde nos espera mi padre mientras lee el periódico con la tranquilidad que lo caracteriza.
Para tener sesenta y cuatro años, mi padre todavía se conserva bastante bien. Su pelo, antes rubio, ahora es casi blanco, pero según Greta, eso le da un aspecto interesante. Todavía sigue trabajando, pese a que mis tías Abbie y Erin le sugieren retirarse para poder disfrutar un poco la vida, pero él hace oídos sordos.
Cuando mi padre nos ve, deja el periódico en el aparador y sonríe:
-          Buenas noches a todos. ¿Habéis tenido un buen día?
-          Podría haber ido mejor – comento sentándome a su lado. Él me mira con curiosidad – Mejor no preguntes.
Mi padre mira a Derek con cara de interrogación, pero éste solo niega en silencio y riéndose.
-          Bien, de acuerdo. Y tú Christopher, ¿cuándo has llegado? – pregunta para cambiar de tema.
-          Esta mañana señor. Tuve que ir a un par de reuniones antes de venir aquí por la tarde. – le contesta él sentándose a mi lado.
-          Entonces, ¿te mudas aquí definitivamente? – pregunta Derek con una mueca de desagrado.
-          Definitivamente – dice mientras me sonríe y me aprieta la mano con cariño por debajo de la mesa.
Derek suspira en alto y yo me río. En cuatro años no ha conseguido terminar de tragar a Chris, pero lo acepta por mí. Espero que algún día se lleven bien y Derek deje de verlo como el pervertidor de su prima, como lo llama habitualmente.
Todavía no hemos hablado sobre sus planes, pero espero hacerlo después de la cena. Tenemos que hablar de demasiadas cosas.
-          ¿Y ya sabes en qué departamento te han asignado? – pregunta Kevin sirviéndome un poco de pastel de carne.  
-          Estoy en el de dirección, aunque bajo supervisión. Pero es temporal, hasta que coja el ritmo de la empresa.
-          A eso en Williams lo llamamos ser un becario – comenta Derek como si nada.
Lo miro mal y antes de contestarle, mi padre habla:
-          Derek, no seas grosero. Es normal que al principio esté bajo supervisión. Tú también lo estabas hace un año.
-          Pero ya no – comenta él con una sonrisa triunfal.
-          Puede que me lo piense mejor – le responde mi padre con tono de ironía.
Derek lo mira con miedo y nosotros empezamos a reírnos. Derek nos mira mal y empieza a comer en silencio.
-          Dime Kev, ¿cuándo empiezas a dar clase? – le pregunto cambiando de tema.
A Kevin lo han contratado en Foris School, una escuela pública de Manhattan, donde también trabaja Betty, la mujer de mi primo Ethan.
-          Empiezo la semana que viene. En principio es para hacer una sustitución en la clase de historia, pero me han comentado que si quedan contentos con mi trabajo, lo más probable es que me amplíen el contrato.
-          Eso es genial – comenta Chris. – Así puedes coger experiencia antes de enseñar en el internado.
-          En realidad voy a dar clase a niños de 12 años, así que no creo que sirva de mucho. Pero tengo muchas ganas de empezar. Y de buscar un apartamento.
-          Kev, sabes que puedes quedarte aquí el tiempo que quieras – le recuerdo con voz cariñosa.
-          Lo sé Lena, pero no quiero molestar. Lo que quiero es encontrar un apartamento decente y mudarme. Pero tampoco quiero mudarme al primero que vea. He estado viendo unos cuantos, pero todos mis compañeros de piso son raros.
-          ¿A qué te refieres con raros? – pregunta Derek interesado.
-          El último apartamento que vi estaba en Chinatown y los compañeros de piso eran universitarios de primer año.
-          Kev, eso no es tan malo. – comento.
-          Estaban en el medio de una fiesta. – sigue diciendo Kevin.
-          Bueno, eso respetable. Estaban en su casa – le dice Chris
-          Eran las nueve de la mañana. – termina de decir Kev.
Los cinco nos miramos entre nosotros aguantando la risa.
-          Vale, quizás ese no era el apartamento ideal. Pero todavía habrá alguno libre. – le dice Chris.
-          Y los compañeros de piso no son todos tan extraños. Bueno, los míos sí – empieza a quejarse Derek.
Otra vez con el tema de los compañeros de Derek. Dek antes vivía con Ethan, pero desde que Ethan se ha casado con Betty hace ya dos años y se mudase del apartamento que ambos compartían, Derek ha tenido veinticinco compañeros de piso diferentes. Ninguno le ha durado más de un mes. Eso se debe a que Derek pretende que sus compañeros de piso sean sus criadas y se encarguen de todo, cosa a la que se niegan pasado un tiempo. Por lo que no es raro que Derek busque compañero de piso de nuevo.
-          Derek, eres un vago y pretendes que tus compañeros sean tus criadas. Así no hay nadie que viva contigo.
-          No es que yo sea un vago. Es que ninguno cocina bien. Y yo no sé cocinar. Así que necesito un compañero que cocine medianamente bien y no sea un gilipollas.
-          Kevin cocina bien – suelta Chris de repente.
Nos quedamos todos en silencio y miramos a Kevin y a Derek intermitentemente.
-          Si no tienes nada en contra, podríamos probar a ser compañeros. – suelta Derek de repente.
-          No sé Dek.
-          Piénsalo. Yo necesito un cocinero que no sea gilipollas, cosa que tú no eres, y tú necesitas un apartamento. Es un trato justo.
Kevin se lo piensa durante unos instantes. Al final, sonríe y le tiende una mano a Derek.
-          Trato hecho. – y Derek le estrecha la mano.
No sé por qué, pero presiento que, por una vez, Derek va a tener un nuevo compañero de piso durante mucho tiempo.
***
Me detengo frente a las enormes puertas del cristal del edificio. Williams Tower se alza ante mí como el edificio moderno que es. La inauguración del último proyecto de mi padre fue el año pasado, y desde entonces, las oficinas de Williams Inc. se alojan en lo alto del rascacielos. Además, en el edificio se alojan las oficinas de otras empresas, aunque las de Williams Inc. ocupan la mayor parte de las plantas.
Suspiro antes de entrar. El vestíbulo del edificio es enorme, todo decorado en tonos grises y azules. Paso por la zona de control y le sonrío a Eugene, el encargado de la seguridad. Me abre y me dirijo a la zona de los ascensores. Pulso el botón del piso donde está Recursos Humanos y el ascensor se cierra.
Observo mi aspecto por última vez en el espejo del ascensor. Llevo una blusa de seda gris perla sin mangas, una falda gris de punto a juego y stilettos negros. La chaqueta de punto negra la llevo en la mano junto con el bolso. Estoy perfecta.
Las puertas del ascensor se abren y nada más entrar en la recepción de Williams Inc. veo la cara sonriente de Ethan. Me acerco hasta él y le doy un beso en la mejilla.
-          Hola Leni – me dice sonriente.
-          Ethan. – le sonrío.
En todos estos años, Ethan no ha cambiado en absoluto. Sigue siendo tan cordial, cariñoso, responsable y buena persona. La única diferencia entre el Ethan de hace cuatro años y el de ahora es que, además de estar trabajando en la sección administrativa en el puesto de director ejecutivo con tan sólo 25 años, está casado con Betty Fawkes y tienen una niña preciosa de solo un año, Juliet.
-          Pensé que estabas liado con el trabajo.
-          De hecho, lo estoy. Pero quería verte antes de tu entrevista con Maureen. Voy a llevarte hasta su despacho.
Vamos hasta el mostrador de recepción para avisar de mi llegada. Carmen Martínez, la recepcionista de 25 años de la empresa, empieza a hablar como una cotorra nada más verme.
-          ¡Helena Williams! – grita con su acento español tan marcado. – Chica, hace mucho que no venías por aquí.
-          He estado liada Carmen. Hace solo un mes que he vuelto a Nueva York desde los Hamptons.
-          Chica, ese novio tuyo… Christopher Schoomaker,  ¿verdad? – asiento y ella continúa hablando. – Ese galán te tiene secuestrada en los Hamptons. Y no me extraña, con los años estás más guapa, hija.
Sonrío y ella continúa con el monólogo.
-          Chica, no sé por qué te empeñas en trabajar pudiendo vivir sin hacer nada, que tú llegas sin problemas a fin de mes. Pero bueno, estoy contenta porque te voy a ver todos los días.
-          Carmen, Maureen está esperando a Lena – le recuerda Ethan divertido.
-          Ay mi rey, pero qué aburrido eres desde tu matrimonio. No me dejas ni seguir hablando con Helena. – contesta ella cogiendo el teléfono para marcar la extensión del despacho de Maureen – Maureen, guapa, Helena Williams está aquí. Te la mando al despacho.
Cuelga y nos sonríe.
-          Helenita, no creas que te has librado de mí. Esta semana prométeme que almorzaremos juntas. Tengo que contarte todos los cotilleos de la empresa para que te pongas al día.
-          De acuerdo Carmen. Te aviso estos días. – le digo despidiéndome junto a Ethan.
Carmen sigue siendo tan genial como siempre. A pesar de ser una cotilla, hablar como una cotorra y saber todo sobre la vida de los demás, es tremendamente eficiente y todo el mundo la adora.
Caminamos por toda la planta hasta llegar al despacho. Ethan se para en la puerta y me mira.
-          Si quieres, podemos almorzar con Derek. ¿Te parece bien?
-          Sí, por supuesto.
-          Pues voy a reservar una mesa en Luigi’s. Te veo después – sonríe, me aprieta el hombro para desearme suerte y se marcha.
Suspiro, toco con suavidad la puerta de Maureen y entro cuando grita “pasa”.
El despacho de Maureen está decorado en tonos blancos, siguiendo la línea minimalista del resto de la empresa. Maureen se acerca hasta mí y me tiende una mano, que estrecho al instante. Es más alta de lo que recordaba, y se conserva muy bien a pesar de haber cumplido ya los cincuenta años. Lleva un elegante traje chaqueta y el pelo recogido en un moño.
Si hay un adjetivo que describe a la perfección a Maureen Johnson es “observadora”. Esa cualidad fue la que la hizo ascender hasta el puesto máximo en la sección de personal tras dos meses de trabajo en Williams Inc. Maureen es famosa en la empresa por su capacidad de calar a la gente a la primera. Todas las personas que sobreviven a una entrevista con Maureen son las que verdaderamente valen para el puesto.
Maureen me indica con un gesto que me siente en la silla enfrente de su escritorio. En cuanto se sienta ella, abre un expediente y empieza a hojearlo con curiosidad.
-          Me han hablado mucho de ti, Helena.
-          Espero que lo que le hayan contado haya sido bueno. – respondo nerviosa.
-          Mejor de lo que esperaba, incluso. Cuando Albert Williams me entregó este expediente, no me mencionó de quién era hasta que lo terminé de leer. Quedé gratamente sorprendida. – dice dejando el expediente abierto sobre el escritorio – Tus calificaciones en Yale fueron de sobresaliente y tu trabajo de fin de carrera fue bastante bueno.
-          Simplemente, me gustaba lo que estudiaba. Por eso me esforcé tanto por intentar ser la mejor allí.
-          También hice una llamada a un par de profesores de tu facultad. Los dos hablaron maravillas sobre ti. Y entonces confirmé todo lo de tu expediente. Y bueno, además de todo lo que pone aquí, me gustaría saber algo más acerca de Helena Williams. No me fío demasiado de lo que escriben sobre ti en “Page Six” o en “Be Famous!”
-          Supongo que la prensa amarilla no es demasiado fiable.
-          Y he descubierto que usas un perfil privado en Facebook.
-          Así es. No creo que los detalles de mi vida privada le interesen demasiado a la gente. No me gusta hablar de eso, porque en cuanto hago alguna declaración o me sacan una fotografía saliendo de un restaurante con alguien que no sea mi novio, enseguida comienzan a especular. Y eso no me gusta. Prefiero pasar inadvertida.
-          Con tu posición resulta algo difícil, supongo.
-          Tampoco ayuda mucho que Christopher sea conocido. Pero prefiero no pensar demasiado en la prensa. No soy como decían en la prensa amarilla.
-          Helena, los medios quieren carne fresca, y es evidente que tú, al no dársela, les empiezas a resultar aburrida.
-          Supongo que será verdad – le contesto con una ligera sonrisa.
Maureen sonríe con comprensión y continúa hablando.
-          Y bien, cuéntame. ¿Qué hace Helena Williams en su tiempo libre?
-          Dibujo, leo, cuido de mi hermano, salgo con mis amigas o mi novio… Lo normal en una chica de 22 años.
-          Yo tengo una sobrina, y por cómo me dices, las veinteañeras sois copias unas de otras.
Río con su comentario.
-          Bueno, antes de terminar, tengo una duda, y me gustaría que la resolvieras.
-          Por supuesto – le contesto, aunque estoy algo intranquila.
-          ¿Cómo decidiste estudiar arquitectura sabiendo de antemano que heredarías Williams Inc. algún día? Dada tu posición, podrías haber hecho que otros se encargasen de dirigir la empresa en tu lugar.
Medito un poco la respuesta antes de contestarle.
-          Perdona por la franqueza de la pregunta, pero es curiosidad.
-          No, no pasa nada. Voy a contestarte con toda la sinceridad posible. – hago una pausa antes de continuar hablando – Simplemente, quiero ganarme el puesto. Creo que puedo ser una gran arquitecta, y puede que en un futuro dirija esta empresa, pero quiero estar preparada para ese momento, si es que ocurre. Ya hay demasiadas niñas de papá en Nueva York como para que yo también lo sea.
Maureen medita mis palabras y sonríe.
-          Bien, supongo que hemos terminado. – dice tendiéndome la mano. – Enhorabuena, eres la nueva arquitecta de Williams Inc.
Le estrecho la mano y sonrío. Oh sí. Lo he conseguido. Por un momento, me siento como si acabase de marcar un touchdown. O como Rocky cuando gana a Ivan Drago en Rocky IV. Vale, tengo que dejar de ver pelis de boxeo con Chris.
Firmo el contrato que me vincula a Williams Inc. durante un año, con opción a renovación pasado ese plazo. El sueldo no está nada mal, por lo que ya puedo permitirme un apartamento propio para mudarme con Chris.
-          Pues ahora que ya hemos arreglado el papeleo, me gustaría presentarte a tu jefa. Sígueme.
Nos dirigimos a los ascensores y subimos tres plantas hacia arriba. Williams Inc. ocupa las últimas cinco plantas del rascacielos. La empresa se compone de tres secciones separadas, pero dependientes entre sí. La primera sección es en la que voy a trabajar, la de arquitectura. De la sección salen los futuros proyectos, tanto de rascacielos como de casas unifamiliares. La segunda sección es la de construcción. Ellos se encargan de levantar los edificios y revisar los detalles técnicos. Por último, está la sección administrativa, que se encarga de todos los asuntos legales de la empresa, y además de la venta de aquellos edificios o urbanizaciones de viviendas que construye la empresa.
En la primera de las cinco plantas se encuentra la recepción, la sección administrativa, el departamento de recursos humanos y los despachos de Ethan y el tío Ed, abogado principal de Williams Inc.
En la segunda está la sección de construcción, donde trabajan los ingenieros de la empresa. En la tercera está la cafetería y comedor para los empleados. En la cuarta, la sección de arquitectura, y en la última, el despacho de mi padre, las salas de reuniones y un pequeño apartamento que tiene para cuando el trabajo le retiene hasta muy tarde en la empresa.
Las puertas del ascensor se abren dando paso a la sección de arquitectura. La estancia tiene las paredes justas, porque al diseñar la planta, mi padre quería hacer el espacio abierto y que estuviese lleno de luz, que proporcionaban las paredes exteriores de cristal.
Maureen y yo nos dirigimos a uno de los despachos ubicados en la planta. Me deja enfrente de la puerta y se despide.
-          Bueno, yo tengo que seguir trabajando. Ahora tu jefa se encargará de asignarte los trabajos y te dirá cuál es tu mesa. – dice alejándose – Y por cierto, bienvenida al clan.
Maureen se marcha y yo me quedo frente a la puerta. Llamo con suavidad y, antes de que me dé tiempo a abrirla, la puerta se abre, dejándome ver a mi jefa.
-          Me alegro de te hayas unido al equipo, Lena.
Mi tía, Abigail Williams Manson, es la arquitecta jefa de mi sección. A sus cincuenta y ocho años, se conserva muy bien y sigue con el mismo entusiasmo por su trabajo que el primer día. Su pelo sigue siendo de un impecable rubio, y lo lleva suelto sobre un vestido crema.
Su despacho, aunque es pequeño, está muy bien aprovechado. Decorado en el perfecto minimalismo, el color predominante de la habitación es el blanco, aunque también hay grises. En un rincón de la habitación está el escritorio, en otro hay una mesa de dibujo y en el extremo opuesto, un pequeño sofá con una mesita de café enfrente. En las paredes hay un par de láminas de cuadros famosos, y en su escritorio de madera blanca están el ordenador y par de fotos enmarcadas, en las cuales reconozco a al tío Ed y a ella misma, y en otra a Ethan con Betty y Juliet. Me manda pasar y ambas nos sentamos en un sofá que está en un lateral del despacho.
-          ¿Quieres un poco de café? Mi secretaria me lo trajo hace cinco minutos, todavía está caliente.
-          Te lo agradezco, Abbie. – le contesto.
Abbie me sirve el café y yo lo revuelvo distraídamente.
-          Bien, dime que tal con Maureen. Hace honor a su apodo, ¿verdad?
-          Desde luego. Creo que revisó hasta mi historial médico.
-          Maureen es la persona ideal para el puesto. Ella es una parte importante de la empresa, ¿no crees? Gracias a ella podemos contar con una plantilla excelente.
Asiento y le doy un sorbo al café.
-          Y bien – dice ella cambiando de tema – en cuanto termines te llevaré a tu mesa. Te va a encantar, para dibujar los planos es perfecta, y tampoco es exageradamente grande. ¿Te gusta como ha quedado la planta?
-          Sí, se ve una estancia muy grande.
-          Y hay mucha luz. Créeme, las vistas son increíbles desde aquí arriba.
-          El edificio es precioso, no lo dudo.
-          Tu padre hizo un gran trabajo con esto. Espero que tú tengas tanto éxito como ha tenido él.
-          Me conformo con ser la mitad de buena que él.
-          Oh cariño, Derek no te lo permitirá. Ya sabes lo competitivo que es. Siempre te estará desafiando para que te superes a ti misma.
-          En parte eso está bien.
-          Ya verás, te encantará trabajar aquí, no lo dudes. ¿Te ha hablado Maureen sobre tu horario?
-          No
-          Pues bien, tu jornada es de 9 de la mañana a 5 de la tarde. Tendrás una hora para almorzar, y sólo trabajarás de lunes a viernes. Por ahora no tendrás que asistir a las reuniones, pero más adelante sí, en cuanto ya estés adaptada al ritmo de la empresa. Tu supervisor te indicará tu trabajo.
-          ¿No eres tú mi supervisora?
-          Cariño, soy jefa de proyectos, y os superviso a todos de manera general, pero también soy miembro de la junta, así que he nombrado a un supervisor para que os controle un poco a todos y a mí me ahorre algo de trabajo.
Abbie se levanta del sofá y pulsa un botón en su escritorio.
-          Cariño, tengo que irme, tengo una reunión en el Plaza con unos clientes, así que mi secretaria te llevará al despacho del supervisor.
Evelyn, la secretaria de mi tía Abbie, entra en la habitación y me hace un gesto para que la siga. Me despido de Abbie y me marcho de allí. Recorremos toda la sección hasta el extremo opuesto de la planta, donde está el despacho de mi supervisor. Evelyn abre la puerta y me indica que entre.
Y allí, desde la mesa de su despacho, mi supervisor sonríe con una risa malvada.
-          Hola Lena. – dice el muy cabrón sonriendo como si le hubiesen tocado cien millones de dólares en la lotería.
De repente, ya no me siento como Rocky. Siento que el karma me está castigando por todo lo mala que fui en el pasado. No, no es justo. Simplemente no es justo. En ningún universo conocido cabe semejante aberración y putada hacia mi persona.
Derek es mi jefe.



jueves, 2 de enero de 2014

G.1: El anillo de compromiso

Hola! Esta es la continuación de St. Peter College.

Lena P.O.V
No, definitivamente cuidar de Joey no estaba dentro de mis planes para este fin de semana. Aunque Joey sea un hermanito adorable y todo eso. Pero sabiendo que Chris viene a verme este fin de semana, cuidar a Joey no entra dentro de mis planes.
-          Recuerda que nos hemos ofrecido amablemente a cuidarlo. – me recuerda Johnny leyéndome el pensamiento.
-          En realidad, has sido tú el que se ha ofrecido a cuidar de Joey. – le recrimino.
Mi madre y Joe tienen un acto del partido de Joe en la sede de Washington. Al principio iba a ir Joe solo, pero Johnny la convenció a ella de ir también. Quedan dos meses para las elecciones a gobernador, y Joe necesita todo el apoyo posible para su reelección. Y de paso, Johnny terminó diciéndole que nos quedaríamos con nuestro hermanito de casi cuatro años en Nueva York.
Estamos en el salón viendo episodios antiguos de Friends. Johnny me mira desde su lado del sofá con gesto de disculpa. En Princeton empezó a dejarse barba y a engominarse el pelo hacia atrás, y según Chris parece un cantante de música indie, pero le queda bien. 
-          Vale, puede que me ofreciese yo a cuidarlo… – admite él.
-          En mi casa…
-          A ver, técnicamente es la casa de tu padre. Y mientras no encuentre un apartamento, tu padre me deja quedarme. Así que Joey se queda. – afirma acomodándose.
-          La única razón por la que no te das prisa en encontrar apartamento es porque adoras a Greta.
-          En eso tengo que darte la razón. Greta cocina que te cagas.
Me río con su comentario. Johnny lleva tres semanas aquí y no parece tener prisa por marcharse.
-          Además, a tu padre le caigo bien. A diferencia de tu novio – le miro con mala cara. – Vale, es broma, Chris le cae bien. Pero yo le caigo mejor. Es más, me ha ofrecido empleo.
-          ¿En serio? Es la primera noticia que tengo de eso. – le comento sorprendida.
Aunque tampoco es de extrañar. Johnny se ha graduado con honores en Derecho en Princeton, así que tarde o temprano empezarían a llegarle las ofertas de trabajo.
-          ¿Y qué le has dicho? – pregunto.
-          Le he dicho que no. Pero eso es porque ya había aceptado una oferta de trabajo.
-          ¿Ah sí?
-          En Schoomaker Enterprises. Charles me ofreció ser el abogado asesor de la sede de Nueva York.
-          ¡Eso es genial! – le digo.
-          Lo sé. Ahora ya puedo independizarme del todo. Y pagar un apartamento en condiciones. Aunque dudo que mi sueldo me llegue para pagar algo como esto. – dice señalando el enorme salón en el que estamos.
-          Vale, puede que todavía no puedas permitirte un apartamento en Park Ave. Pero sí que puedes en otra zona.
-          Había pensado en el Soho, o tal vez West Village. Me gusta mucho esa zona.
-          Es buena opción.
-          Pues listo. No quiero vivir en un apartamento ostentoso. Además, un apartamento pequeño nos llega de sobra a Charlie y a mí.
-          ¿Cuándo viene ella de San Francisco?
-          En unas horas, tenemos que ir a recogerla al JFK. Y por cierto, ella sí que va a trabajar en Industrias Williams.
Vale, mi padre no me cuenta nunca nada. Y Derek e Ethan tampoco. Traidores.
-          Es la primera noticia que tengo sobre eso.
-          Créeme, el lunes te habrías enterado de todas maneras. Empiezas el lunes, ¿me equivoco?
-          No lo haces. Estoy de los nervios.
-          Eres de la casa, te tratarán bien.
-          Soy una enchufada. Todo el mundo va a pensar que soy una inútil y que mi padre solo me contrata por pena.
-          Lena, lo harás bien. Te has graduado con media de sobresaliente, por si lo habías olvidado. Ahora sólo tienes que demostrar lo que has conseguido en Yale.
-          Johnny tiene razón, Lena – dice Kevin bajando por las escaleras con Joey en brazos.
Kevin ha cambiado bastante de aspecto desde que dejamos el internado. Ahora lleva el pelo muy corto, estilo Channing Tatum, pero le queda bien. Él también está en mi casa temporalmente en búsqueda de un apartamento decente. Dios, mi casa se parece cada día más a un albergue estudiantil.
-          ¿No habrás despertado a Joey de la siesta, no? – le digo cogiéndolo yo en brazos.
-          En realidad, él fue quien vino a mi habitación. ¿Verdad que sí, Joey?
-          Sí – responde Joey con voz de pito, intentando escabullirse de mis brazos.
Vale, Joey es adorable. Se parece un montón a mi madre, con ese pelo negro y los ojos tan oscuros. Pero también a Joe, sobre todo en el carácter. Aunque nadie sabe de quién ha sacado esa vena diabólica que saca a relucir a veces. Lo dejo en el suelo y él me tira suavemente del pantalón.
-          Lenita, tengo hambre. – dice.
-          ¿Otra vez? – pregunto sorprendida.
Joey asiente poniendo carita angelical.
-          Joey, ya merendaste antes de la siesta. – le recuerdo.
-          ¡Pero tengo hambre otra vez!
Suspiro de resignación. Joey siempre tiene hambre. Como siga comiendo al ritmo que lleva, cuando sea más mayor parecerá un gato gordo. Lo cojo de la mano y caminamos hasta la cocina. Greta ya está preparando la cena. Ella sonríe cuando nos ve a los dos.
-          Buenas tardes Greta – dice Joey con su tono de voz angelical. – ¿Me das galletas de chocolate?
-          Buenas tardes, señorito Joey. Ahora mismo te las doy. ¿Quieres un vaso de zumo también?
-          ¡Sí! – contesta él entusiasmado. Greta me sonríe antes de empezar a buscar las galletas por los armarios. Coge la lata de galletas, pone unas cuantas en un plato y me lo da junto con un vaso de zumo de naranja.
-          Mädchen, ¿Cuántos vamos a ser esta noche para cenar? – me pregunta Greta mientras guarda las galletas en el armario de la cocina.
-          Charlie y Johnny van a cenar fuera, así que en principio somos cinco. Pero creo que también viene Derek, así que cuenta con él.
-          De acuerdo – dice Greta sonriente.
Joey y yo volvemos al salón y le dejo el plato y el zumo en una mesita baja. Él se sienta en un cojín del suelo y empieza a comer tranquilamente.
-          Te ves bien con esa actitud tan maternal. – dice una voz demasiado conocida para mí desde la puerta del salón.
Me giro y corro hacia Chris, y lo abrazo. Él me coge en brazos y me besa con efusividad.
-          Eh, sin emocionaros mucho que hay un niño delante. – dice Johnny tapándole los ojos a Joey, que intenta quitarse sus manos de encima.
Lo miro mal, bastante mal. Por dios, que hace casi un mes que no veo a mi novio.
-          Johnny, en serio, muérete – le contesta Chris sin dejar de abrazarme.
-          Si lo hago, no sabréis lo que os voy a contar ahora que estamos todos – dice Johnny soltando por fin a Joey, que se escapa al otro lado del salón.
Lo miro expectante. A saber lo que nos va a decir. Nos acomodamos en el sofá a su lado y lo miramos con atención. Lentamente, Johnny saca una cajita verde inconfundible de su bolsillo. La abre y todos nos quedamos con la boca abierta de la sorpresa:
-          ¡SE LO VAS A PEDIR! – grito yo de la emoción y corro a abrazarlo. Todos nos tiramos encima de él.
-          ¡Pero quitaos de encima, que me vais a ahogar! – exclama él, haciendo que nos apartemos.
Nos volvemos a acomodar en nuestros puestos, y Johnny me tiende la caja con el anillo. Es precioso. El anillo es un solitario, con un diamante no demasiado ostentoso sobre una montura de oro blanco.
-          Sé que Charlie es reacia a los anillos ostentosos, así que busqué uno que fuera sencillo, pero bonito. Espero que le guste – dice él algo preocupado.
-          Es precioso Johnny – le respondo con sinceridad. – A Charlie le va a encantar.
Johnny sonríe tímidamente. Dejo la caja con el anillo encima de la mesita.
-          ¿Y cuándo se lo vas a pedir? – pregunta Kevin con interés.
-          Esta noche. Pensaba hacerlo en Central Park. He encontrado el sitio perfecto, y es tranquilo, justo lo que necesito. – le contesta retorciendo las manos.
-          Venga Johnny, no te pongas nervioso – le dice Chris para animarle – No es para tanto.
-          Chris, tú no sirves como ejemplo – le recuerda Johnny.
-          Vale, puede que yo no sirva de ejemplo. Pero estoy seguro de que Charlie te va a decir que sí. ¿No tengo razón, Lena?
-          Johnny, Chris tiene razón. Charlie está loca por ti. ¿Por qué habría de decirte que no?
-          Tú le dijiste que no a Chris – recuerda Kevin.
Miro mal a Kevin. Muy mal.
-          Repito, nuestro caso no sirve como ejemplo. – contesto ignorando su comentario. – A lo que iba, Charlie te va a decir que sí seguro, ya lo verás.
-          Eso espero – dice él algo más tranquilo.
Johnny coge la caja del anillo y la mira horrorizado.
-          Chicos, ¿dónde está el anillo?
Los tres nos miramos entre sí, sin saber la respuesta.
-          Lena, tú fuiste la última que estuvo con la caja.
-          Y la dejé encima de la mesa. Y el anillo estaba dentro, evidentemente
-          Entonces, ¿dónde está? – dice él levantándose y empezando a mirar por la alfombra por si se ha caído.
Kev, Chris y yo comenzamos a buscar también por el suelo. Nada, ni rastro del anillo. Cuando levanto la vista, veo a Joey con algo brillante en la lengua.
-          ¡JOEY, NO! – grito.
Como si todo pasase a cámara lenta, Joey me mira asustado y se traga el anillo de Charlie. Los tres chicos se ponen de pie y lo miran horrorizado. Johnny se ha puesto pálido, muy pálido, creo que se va a desmayar de la impresión de un momento a otro. Kevin corre hacia Joey y le abre la boca, pero no hay nada.
-          ¿Y ahora qué hacemos? – pregunto horrorizada.
-          Pues habrá que esperar a que salga por el otro lado. – contesta Chris intentando poner una nota de humor a la situación.
Los tres lo fulminamos con la mirada.
-          Vale, vale, era una broma. Vamos a llevarlo al hospital.
Todos subimos al piso de arriba para coger las chaquetas y calzarnos. Cojo en mi habitación la bolsa con las cosas de Joey y los cuatro bajamos al garaje a por el coche.
-          ¿A dónde vamos? – pregunta Joey con curiosidad evidente por nuestra reacción.
-          A un sitio con señores de batas blancas – le contesta Johnny.
-          Y si te portas bien te van a dar caramelos. – le digo.
-          Pero yo quiero ir al zoo, jo. – se queja Joey con voz de lástima.
Desde que volví a Nueva York, siempre que puedo salgo con el coche que mi padre me regaló por la graduación. Pero ahora no puedo utilizarlo porque mi Porsche está en el taller. Cojo el Audi Q7 de mi padre y me siento en el asiento del conductor. El resto se sube y salimos. Conduzco lo más rápido posible hasta el Beth Israel, pero el tráfico a esa hora hace que tardemos casi cuarenta minutos en llegar.
Una vez dentro, vamos a la zona de urgencias y allí nos dicen que vayamos a la sala de espera mientras registran a Joey en la base de datos del hospital.
Nos sentamos los cuatro en fila, con Joey en mi regazo.
-          Joder, para una vez que nos dejan al niño, va y se traga un anillo. – suelta Johnny frustrado.
-          Johnny, mamá dice que está feo decir palabrotas – le recrimina Joey con su vocecilla infantil.
A los cuatro nos da la risa floja. Joey nos mira sin comprender nada.
-          ¿De qué os reís? ¿He dicho algo gracioso? – vuelve a preguntar él.
Y estallamos en carcajadas. La situación es lo más surrealista posible. A los pocos minutos nos calmamos, pero toda la sala nos mira mal, incluido Joey. Por suerte, llega un médico para rescatarnos:
-          ¿Joseph Morrison? – pregunta él en voz alta.
Los cuatro nos levantamos y lo seguimos hasta una sala de consulta cercana. Allí dejo a Joey encima de la camilla y me siento en una silla a su lado.
-          Buenas tardes, soy el doctor Coleman. ¿Cuál de ustedes es Joseph Morrison?
-          Es el niño – le contesto.
Me fijo en el doctor Coleman. Es alto, con el pelo rubio y un ligero parecido a Simon Baker. Es muy mono. Me mira, me sonríe, y vuelve a mirar al niño. Me sonrojo abruptamente y miro hacia otro lado.
-          ¿Y usted es…? – pregunta.
-          Soy su hermana. – contesto rápidamente.
-          ¿Y qué le ha pasado? – vuelve a preguntar él.
-          Se ha tragado un anillo. – le dice Johnny.
El doctor Coleman lo mira sorprendido.
-          El anillo es para mi novia. Lo dejé encima de una mesa y el niño se lo tragó – se apresura a aclarar Johnny.
-          ¿Cuánto tiempo ha trascurrido? – vuelve a preguntar el doctor.
-          Menos de una hora. El tiempo que hemos tardado en llegar al hospital. – contesto.
El doctor comienza a examinar a Joey palpándole la barriga. Joey está como si nada.
-          ¿Te duele, campeón? – le pregunta el médico a Joey esta vez.
-          No – responde Joey con su voz de pito.
El médico deja de examinarlo y sonríe satisfecho.
-          No creo que sea necesario hacerle pruebas. Habrá que esperar a que lo expulse él. Pueden llevárselo a casa.
-          ¿Y mis caramelos? – pregunta Joey con tono serio.
El médico lo mira sorprendido.
-          ¿Caramelos?
-          Lena me dijo que íbamos a ir a un sitio, y si me portaba bien, me darían caramelos. Y yo he sido buenísimo, así que quiero mis caramelos. – suelta Joey todo serio.
El médico suelta una carcajada y va a un cajón, de dónde saca una bolsa con caramelos. Se la da a Joey, que la mira con ojos brillantes.
-          Toma campeón. Pero los podrás comer solo cuando te lo diga tu hermana, ¿de acuerdo? – le dice poniéndole la mano delante para que se la choque.
-          Vale – dice Joey chocándole la mano.
Bajo a Joey de la camilla y lo cojo de la mano.
-          Joey, dile adiós al doctor Coleman. – le digo.
-          ¡Adiós doctor Coleman! – se despide Joey sonriente.
Salimos de la consulta y nos dirigimos a la recepción para pagar la factura. Una vez hecho, nos montamos otra vez en el coche y conduzco con calma hasta el JFK para ir a recoger a Charlie al aeropuerto.
-          Joey, prométeme una cosa. – le dice Johnny.
Joey lo mira con atención.
-          No puedes contarle a mamá y a papá lo que ha pasado. Es un secreto.
-          ¿Un secreto?
-          Sí, un secreto. No se lo puedes contar a nadie.
-          Vale. Pero lo haré si me lleváis al zoo.
Sonrío. Joey es una caja de sorpresas.
-          Joey, hacemos una cosa. Después de recoger a Charlie, vamos Chris, Kevin, tú y yo al zoo, ¿te parece bien? – le digo.
-          Vale – contesta él, feliz con la noticia.
Lo que está claro es que este va a ser un fin de semana movidito.

Johnny P.O.V
Después de la cena en su restaurante favorito en Nueva York, Charlie y yo paseamos por Central Park. Está agarrada a mi cintura, y yo a ella por sus hombros.
-          Así que has encontrado un apartamento – le comento.
-          Te va a encantar. Sé que no está precisamente en el Upper East Side, pero es perfecto para nosotros.
-          ¿Dónde es?
-          En West Village. Perry Street. Es algo pequeño, pero para los dos es perfecto – dice ella encantada.
-          Me fío de tu criterio, cariño – le digo tras besarle el pelo.
Seguimos caminando y veo como Charlie comienza a impacientarse
-          Johnny, ¿falta mucho? – pregunta curiosa.
-          Impaciente. – le contesto divertido. Ella arquea una ceja por mi respuesta. – Ya falta menos. – le digo, intentando ocultar el nerviosismo de mi voz.
-          Llevas diciendo eso veinte minutos. Creo que es hora de reconocer que te has perdido. – me comenta con su tono de ironía.
Sonríe mientras dice eso. Me encanta cuando lo hace.
-          Ya hemos llegado, impaciente. – le digo señalándole un punto cada vez más cercano.
Nos paramos y ambos contemplamos la estatua de “Alicia en el País de las Maravillas” de Central Park. Charlie me mira con curiosidad.
-          “Alicia” es tu libro favorito. Y sabía que nunca habías estado aquí, así que he decidido traerte. – le digo sonriéndole.
Charlie observa la estatua maravillada. Se gira y me besa suavemente.
-          Pensé que no te acordabas de eso.
-          Créeme, me acuerdo. Me acuerdo de todo lo que tenga que ver contigo. – le digo mientras le cojo las manos y la miro de nuevo. – Siempre estoy pensando en ti. Siempre.
Hago una pausa y me aclaro la voz antes de continuar.
-          Estaba deseando marcharme de Princeton sólo para venir aquí contigo. No he deseado tanto una cosa desde que te pedí que salieras conmigo. Me moría de ganas de estar contigo. Estoy enamorado de ti desde que te vi bajar por las escaleras del internado, con toda tu energía, y tu eterna sonrisa. Aunque al principio no lo sabía. Pero un día, cuando teníamos 15 años, te miré, y no pude volver a mirar a nadie de la manera en que te miro. Y lo que tengo claro es que no me apetece mirar a otra así mientras tú estés en mi vida. Porque te quiero. Y si me dejas, lo haré el resto de mi vida.
Me arrodillo ante Charlie, que tiene los ojos abiertos de la sorpresa.
-          Charlotte Isabelle Hilton, ¿te casarás conmigo? – le pregunto de carrerilla.
Charlie se queda sin palabras. Me mira sin dar crédito todavía. La miro expectante, y tengo miedo de que diga que no. Estoy asustado. Mierda, va a decir que no. Me va a pasar lo mismo que a Chris con Lena. Mierda, mierda, mierda.
De repente, ella empieza a llorar, se arrodilla ante mí y asiente repetidas veces antes de abrazarme.
-          Claro que sí – me dice todavía llorando.
La abrazo fuertemente durante unos minutos interminables. Cuando Charlie se calma, me besa. Se separa y me sonríe.
-          Tendrás que esperar unos días por el anillo. – le confieso algo preocupado.
-          ¿Y eso? – me pregunta extrañada.

-          Créeme, es una larga historia.