domingo, 12 de febrero de 2012
Capítulo 25: Miseria
El día siguiente llegó, y con él, la típica calma que precede a una tormenta. Experimentaba la sensación de que mi día no iba a ser como cualquier otro, sino que iba a ser “algo” diferente. Me inquietaba ese “algo”, porque lo desconocía y no sabía como reaccionaría ante él.
Descubrí la causa de mi inquietud cuando decidí levantarme de la cama, ir la pared de la habitación y consultar mi horario. Equitación las dos primeras horas. Solté un suspiro de resignación. No por tener que ir hasta los establos cuando hacía tanto frío por las mañanas, sino por ver a Fred Hilton.
Sinceramente, no me apetecía nada volver a verle. Me ponía de los nervios la manera en que intentaba ligar conmigo, aun sabiendo que tenía novio. Vale, no le había dicho quien era mi novio, pero tampoco creía que hiciese falta. Si Charlie no se lo había contado todavía, ya se habría enterado por Fionna Catchpole. Los cotilleos volaban por el internado.
Por todo eso, volví a meterme en la cama y a taparme completamente con las sábanas, sin intención de levantarme.
- Despierta dormilona – me dijo Nat lanzándome un cojín por encima.
- No quiero ir a clase. – gruñí yo.
- ¿Y se puede saber por qué? – preguntó Charlie sumándose a la conversación.
- Estoy enferma.
- ¿Qué vas a estar tú enferma? Ayer por la noche ni querías dormir – añadió Penny algo somnolienta.
- Eso era ayer. Hoy me encuentro mal.
- ¿Pretendes que nos creamos que te encuentras mal? – preguntó Nat con ironía.
- ¿Por qué no?
- Teniendo en cuenta la cantidad de comida sana que comes, dejando aparte tu adicción por el chocolate… - comentó Charlie
- Y siempre vas muy abrigada a clases. Es imposible que estés enferma. – la secundó Penny.
- ¿Por qué nadie se cree que estoy enferma? – dije saliendo de la cama.
- Porque tienes el cutis demasiado bien para estar enferma, querida. – añadió Nat. – Así que dúchate y vístete, o llegaremos tarde a desayunar. Y hoy seguro que llegamos a tiempo para coger las mejores tortitas.
- No estés tan segura. – le dije dirigiéndome al armario para sacar el uniforme. – Seguro que todo el sector masculino ya está haciendo cola para las tortitas.
- Seguramente todavía estén durmiendo. – añadió Penny.
- En serio Lena, ¿no se te hace la boca agua con las tortitas? – me preguntó Charlie.
- Tortitas con mucho chocolate – terminó Nat, poniendo mucho énfasis en lo de chocolate.
Vale, unas buenas tortitas eran capaces de levantarme el ánimo. En vez de ponerme el uniforme, me puse una camisa blanca, un jersey verde de lana, unos pantalones de montar marrones y las botas de montar, además de un chaleco impermeable de color verde oscuro.
Una vez que Charlie y Nat se pusieron los uniformes y Penny se vistió de manera similar a la mía, nos dirigimos al comedor para desayunar. A esa hora estaba casi lleno, por lo que abrimos camino hacia nuestra mesa habitual casi a empujones.
Los chicos ya estaban sentados, cada uno con un plato lleno de tostadas delante. Estaban casi dormidos, por lo que no dieron mucha conversación. Miré hacia la izquierda de Johnny. El sitio, normalmente ocupado por Chris, estaba vacío. Lo echaba terriblemente de menos.
Al acabar de desayunar, Penny y yo nos dirigimos hasta los establos, donde nos esperaba el resto de la clase. Y tras nosotras, apareció Fred, que llegaba puntual por una vez.
- Buenos días chicas – dijo él con una sonrisa seductora, que hizo suspirar al grupo de descerebradas – y Alan – añadió rápidamente cuando Alan Perkins le miró mal.
- ¿Hoy también tendremos que limpiar las cuadras, Fred? – añadió Kelly Preston con voz de niña mimada.
- Hoy vamos a dar una vuelta con los caballos. – añadió él.
El aplauso colectivo no se hizo esperar. Fred hizo el gesto de acallarnos mientras intentaba poner orden en el gallinero en que se había convertido mi clase.
- Venga, sacad a vuestros caballos fuera. Vamos a hacer unas cuantas maniobras.
Me dirigí al box de Pearl sin pensarlo, y tras ensillarla, la saqué del establo tirando por la rienda. Me tocó colocarme al lado de Kelly Preston, también llamada lacaya de Blondie Fox número uno, que me miraba fatal. Le hice caso omiso mientras intentaba seguir la explicación de Fred.
- …y cuando lleguéis al final del campus, bordeáis el huerto de la profesora Linton y saltáis la valla de madera.
- Fred, ¿podemos…
- No, no podéis. Nada de pisotearlo ni decir que fue algo accidental. Aunque muchas estéis deseando hacerlo.
Otra risita colectiva. Nos subimos a los caballos, nos colocamos en una fila y seguimos las indicaciones de Fred, que iba delante de todos. Al llegar al final del campus y salir del recinto, nos volvimos a bajar.
Fred continuó con la explicación de la ruta que íbamos a seguir, cuando noté que Pearl empezaba a agitarse a mi lado y a relinchar más de lo normal. Algo le pasaba, eso estaba claro.
- Helena, ¿le pasa algo a tu yegua? – me preguntó Fred, que se había dado cuenta de que algo le pasaba a Pearl.
- No lo sé Fred. Se ha puesto así ahora mismo.
Fred, tras darle las riendas de su caballo a Alan Perkins, se acercó a mi lado y empezó a acariciar el lomo de Pearl, hablándole. Pero, a pesar de su apodo en el internado (“El chico que susurraba a los caballos”), Pearl no se calmaba.
- Voy a intentarlo yo – le dije mientras me volvía a montar en la yegua.
Pearl no paraba de moverse, y agarré las riendas con más firmeza. Pero, de repente, la yegua se encabritó, provocando que yo me cayera al suelo y me hiciese bastante daño.
Fred le mandó a Kayla Phillips que atase las riendas de Pearl en la valla de madera, y se agachó a mi lado.
- Lena, ¿estás bien? ¿Te has hecho mucho daño?
- Me duele el tobillo – le dije mientras gemía de dolor.
- No te preocupes, te llevaré a la enfermería. – añadió él mientras me cogía en brazos, me colocaba delante de él en su caballo, e iniciábamos en camino de vuelta al internado.
Tras pasar por los establos un momento para dejar los caballos, Fred me cogió en brazos de nuevo y me llevó a la enfermería. Penny, que no se quería separar de mí, nos acompañaba.
La enfermera Patmore, una señora de unos cincuenta años, nos recibió con cara de sorpresa.
- Señor Hilton, no esperaba verlo por aquí tan pronto.
- Esta vez no soy yo el enfermo, Dorothy. La que se ha caído del caballo ha sido la señorita Williams.
- No me he caído – le recordé – El caballo se encabritó.
- El hecho es que usted se cayó – zanjó la enfermera. – ¿Y usted qué hace aquí, señorita Picard?
- Vengo de acompañante.
- Pues ya sabe, no deje que la señorita Williams se queje.
- Yo me voy. Necesito examinar a Pearl. Volveré en un rato a visitarte.
Y Fred se marchó de allí. La enfermera mandó llamar al médico del internado, el Dr. Logan, que me hizo una radiografía en el escáner portátil.
- ¿Es grave doctor? – preguntó Penny con cara de preocupación.
- Su amiga está bien. Lo único que tiene es un esguince.
- ¿Tendré que andar con muletas? – pregunté.
- Pues sí, señorita Williams. Por ahora tendrá que hacerlo durante dos semanas, y si cuando le haga la revisión sigue teniendo molestias, tendrá que llevarlas durante una semana más. Usted tiene que aplicarle la pomada anti inflamatoria todos los días, y con reposo se recuperará.
- Doctor Logan, ¿tengo que pasar la noche aquí?
- No hará falta señorita Williams, podrá ir a su habitación ahora mismo – dijo tendiéndome unas muletas – Recuerde, mucho reposo.
Penny y yo salimos de la enfermería, y en la puerta del edificio nos esperaban Nat y Charlie en el carro de golf de la pelirroja. Me abalancé sobre el asiento trasero y Penny se sentó a mi lado.
Pero antes de que consiguiéramos arrancar, apareció Fred.
- ¡Lena! ¿Qué tal te encuentras?
- Tengo un esguince de tobillo, pero nada más.
- Me alegro de que no sea nada grave. Pero no te buscaba por eso.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó Nat.
- Resulta que hay una especie de reina cotilla en el internado.
- ¿Te refieres a Fionna Catchpole?
- La misma. He encontrado uno de estos papeles en una de las mesas de la cafetería. – dijo él mientras le tendía el papel a Charlie.
- ¿Debería preocuparme? – pregunté con un hilo de voz.
- Deberías. – añadió Charlie, que me tendió el papel para poder leerlo.
“Hola a mis queridos amigos de St. Peter:
Vuestra cotilla favorita vuelve cargada de novedades. Como todos habréis podido observar, hay un profesor nuevo. Para los que no lo conozcáis, se trata de Fred Hilton Jr. Y sí, es el famoso hermano mayor de la célebre Charlie Hilton, una de las princesas del internado. Y no, no tiene nada que ver con la familia Hilton.
Nuestro nuevo profesor tiene veintitrés años, es veterinario y criador de caballos pura raza. Sobra decir la asignatura que ha venido a impartir, ¿cierto? Pero su profesión no viene al caso. O al menos de manera directa. Nuestra reina, Lena Williams, está apuntada a su clase, y al parecer, según fuentes cercanas, su caída de esta mañana no fue accidental. Algunos dicen que se tiró a propósito de su caballo para que el chico que susurra a los caballos la llevara en brazos a la enfermería.
Otras fuentes me comentan que en su primer día de clases, la joven Williams salió más tarde del establo que sus compañeros, seguida por Hilton. ¿Hay algo entre ellos o sólo es una suposición errónea? ¿Lo sabe Christopher Schoomaker? Sólo nos queda hacer conjeturas.
Me despido de vosotros a la espera de más novedades,
Fionna Catchpole”
- ¿Desde cuándo hay una reina cotilla?
- Desde hace unos tres años, más o menos.
- No recordaba que hubiera una – admitió Fred.
- Fred, siempre estabas o en clase o en los establos. Tu vida no era nada que pudiera interesar a la gente.
- De acuerdo, me vuelvo con mis caballos. Creedme, son mucho más interesantes que esa bazofia de boletín. – dijo Fred mientras se marchaba de allí en dirección a su lugar favorito en el internado.
Charlie arrancó el carro de golf, y mientras nos dirigíamos a nuestra residencia, continué con la conversación:
- En cambio la mía sí – suspiré algo afligida.
- Cariño, Fionna Catchpole ha escrito boletines peores que este. – me dijo Nat.
- Como cuando todo el mundo se enteró de que Blondie Fox había perdido la virginidad con Colin Baker, en vez de con su novio de por aquel entonces, Greg Tate. – contó Charlie.
- ¿Fue cuando se convirtió en una zorra? – pregunté.
- Todo el internado la odiaba, y ella, en vez de irse de aquí, se quedó e hizo como si no hubiera pasado nada. Bueno, como si no hubiera pasado nada no, porque dejó a Colin, empezó a salir con Greg, la nombraron capitana de las animadoras y se convirtió en la reina de aquí. Pero sí, sí que se volvió una auténtica zorra. – terminó Charlie ya aparcando en la parte de atrás de nuestra residencia.
- Chicas, pero incluso fue peor el boletín que anunciaba el embarazo de Anita Pacheco. Casi la expulsan por eso.
- Menos mal que no se descubrió tu embarazo – le dije a Nat.
- Suerte que Allie Rumsfeld no cuenta ningún secreto de sus alumnos. Además, cuando Jerry y yo le contamos a Allie lo del embarazo, a los pocos días aborté. De todas maneras, Allie nunca habría dicho nada. Siempre se calla estas cosas.
- Pero esto ya lo sabe todo el internado – dije yo. – Todo el mundo piensa que estoy engañando a Chris.
- Nosotras no creemos eso – me aseguró Penny.
- Pero, ¿y qué hago con Chris? Se va a enterar.
- Créeme Lena, Chris te creerá. – me aseguró Nat.
- Pero de todas maneras, vamos a intentar deshacernos de los boletines. – concluyó Penny con una sonrisa triunfal.
Un momento, ¿Penny acababa de decir lo que creía haber escuchado?
- Penny, ¿estás hablando en serio? – le preguntó Charlie abriendo los ojos de la sorpresa.
- Completamente. Lena es nuestra amiga, y si podemos hacer algo para impedir que Chris se entere de esto, pues lo haremos. – aseguró la francesa.
- Estás completamente chiflada – le dije a Penny abrazándola – pero sólo por esto te quiero aún más.
- Un momento ricuras, no os aceleréis. ¿Cómo vamos a hacer desaparecer todos y cada uno de los boletines?
- ¿Buscando por todo el internado y tirándolos? – pregunté no muy convencida de mi sugerencia.
- Demasiado tiempo. Además, tú estás coja. – me dijo Nat.
- ¡No estoy coja! – repliqué.
- Oh, perdóneme usted, no me daba cuenta de que tiene que caminar con dos barras de hierro. – ironizó Nat.
- Son de acero – especificó Penny.
- De lo que sean. Ni Lena puede ir de un sitio a otro ni yo quiero acabar con los pies hinchados al final del día. – dijo Charlie intentando poner paz entre nosotras. - ¿Alguna sugerencia?
- Nosotras podemos ocuparnos de los boletines de nuestra residencia, y podemos reclutar a los chicos de séptimo grado. – sugirió Penny.
- ¿A los chicos “somos muy guays y estamos completamente salidos” de 13 años? – preguntó Nat alarmada.
- ¿Y por qué no? – le dije.
- Por dios Lena, el otro día pillé a uno sacándome una foto con todo el descaro del mundo.
- Nat, vas a ser modelo. – le recordó Penny.
- ¿Y qué? Todavía tengo derecho a tener algo de privacidad, ¿o no?
- Esos son los más fáciles de sobornar…
- Vale, de acuerdo, los sobornamos y que hagan ellos el trabajo sucio. Y tú – dijo mientras se dirigía a mí – Vete a nuestra habitación y descansa, estoy deseando verte subida a unos stilettos lo más pronto posible.
- De acuerdo, así aprovecho para estudiar un rato.
Y me fui para la habitación, donde me esperaba una tranquila tarde de estudio.
***
Dos horas después, ya había terminado de estudiar literatura y me aburría un montón. Hacía un rato que ya había encendido el reproductor de música y puesto “Hands all over”, el último CD que había lanzado Maroon Five al mercado.
Sonaba “Misery”, una de mis canciones favoritas de ese CD, e intentaba distraerme mirando hacia el techo, cuando oí cómo la puerta se abría.
- Nat, eres una auténtica tardona – le dije todavía mirando hacia el techo.
- ¿Tardona? – me contestó una voz que no tenía nada que ver con la femenina voz de Nat.
Levanté la cabeza, y al ver a la persona que me esperaba en la puerta, me levanté de la cama sin dudarlo y fui hacia allí.
- ¡CHRIS! – grité abrazándole, olvidándome por un momento de mi tobillo.
- Pequeña – me dijo él mientras me abrazaba. – Te he echado de menos.
- Y yo a ti. – le dije.
Chris me llevó en brazos hasta mi cama y me tumbó allí. Le besé, y antes de poder continuar, él se apartó y miró mi tobillo vendado.
- Lena, ¿qué te ha pasado?
- Me caí del caballo.
- ¿Desde cuando Fred no es cuidadoso contigo?
- ¿Cómo sabes que mi profesor es Fred?
- Charlie me lo contó antes de que él llegara al internado. Y decidí adelantar mi regreso.
- ¿En serio?
- Lena, no me fío de Fred. Ni un pelo.
- Chris, no tienes nada de lo que preocuparte.
- Entonces, explícame esto – dijo mientras sacaba del bolsillo una copia del boletín.
Mierda. Definitivamente quería que la tierra me tragase en ese momento.
- ¿No te fías de mí?
- De ti sí, pero de Fred no. Y sé que ha intentado tener algo contigo.
- Eso es imposible que te lo haya dicho alguien.
- No hace falta que me lo diga alguien para saberlo. Esa es la táctica de Fred. Va a por las chicas nuevas, y le gustan las difíciles. Sobre todo le gustan las que tienen novio – dijo mirándome fijamente.
- Chris, te lo repito, con Fred no pasa nada. Ni ha pasado.
- ¿Se te ha insinuado?
- Vale, puede que se haya insinuado, pero como puedes ver, no he querido tener nada con él. Te quiero a ti.
- Y yo a ti. Pero quiero estar seguro de lo que sientes.
- Por dios Chris, te quiero a ti. No quiero a Fred, ni quiero tener nada con él. Métetelo en esa cabeza tuya.
- De acuerdo. Pero ten cuidado con Fred. No me gustaría discutir contigo por su culpa.
- Y no lo harás. Venga, ven aquí – dije mientras lo volvía a besar de nuevo, y esta vez sin interrupción.
jueves, 19 de enero de 2012
Capítulo 24: El chico que susurraba a los caballos
Dos semanas después de las pequeñas vacaciones en la casa de Colorado, ya en marzo, me encontraba sentada en la escalinata del vestíbulo con Nat y Penny, cotilleando un poco mientras esperábamos a que apareciera Charlie, ya que nos había dicho que tenía una sorpresa que darnos.
El resto de chicas que estaban en la escalinata también cotilleaban, y pude distinguir a Blondie Fox en una de las esquinas riéndose escandalosamente de algo que le había dicho Brandon Jeffries, al que miraban fatal las gemelas Stuart.
- En serio chicas, ¿no os parece muy fuerte lo de Brandon con las gemelas?
- Nat cariño, desde que empecé aquí, Brandon ha estado con Janet Stuart, con Janice Stuart, con las dos a la vez y luego con Blondie Fox. Así que de Brandon me espero todo.
- Lena tiene razón Nat. – me secundó Penny, que hojeaba el Be Famous.
Nat, que cotilleaba las últimas tendencias en su ejemplar de Vogue señaló una página y me llamó.
- Mira Lena, con ese vestido pienso casarme. No te rías porque lo digo en serio – dijo ella señalando un vestido verde corto de la colección de primavera de Óscar de la Renta, que llevaba puesto Jennifer Aniston en una gala benéfica.
- ¿De verdad te gusta tanto? Pensé que eras una chica Dior, Nat.
- Por ese vestido mataría. Le diré a mi mami que me lo compre para la graduación.
- Nat, la graduación queda lejana todavía. – le recordé.
- Para nada Lena. Estamos en nuestro último trimestre. Y tenemos clase nueva, pero no sé…
En ese momento se interrumpió la frase de Nat, ya que la puerta principal se abrió, y de ella surgió una pelirroja que todas conocíamos de sobra.
- ¡Charlie! Al fin has llegado. – gritó Nat al verla.
- Tarde por cierto – completó Penny.
- Lo siento, pero lo que voy a enseñaros valía la pena esperarlo. – contestó ella con una sonrisa.
Y la puerta corrió a abrirse por segunda vez, y de ella surgió la cabeza pelirroja de un chico al que no conocía. Nat y Penny chillaron a la vez, y corrieron a abrazar al chico. El resto de las chicas de la escalinata se giró hacia la puerta, y se oyó un sonoro suspiro colectivo. Yo me quedé como semi paralizada, y muy extrañada por su reacción. En serio, ¿qué les pasaba a todas las mujeres del internado hoy?
El chico abrazó a Nat y Penny, y se acercó hasta mi posición, escoltado por mis amigas. Cuando lo tuve de frente, me fijé en que tendría veintipocos años, era muy alto, con el cabello pelirrojo con cierto desorden, algunas pecas alrededor de su nariz, los ojos de color azul verdoso y gran parecido a Charlie.
Vale, era guapo, pero tampoco lo era tanto como para provocar esos suspiros de admiración. Me sonrió, y me fijé en que tenía una sonrisa preciosa, que parecía transmitirte tranquilidad en cualquier momento.
- Lena – dijo Charlie reclamando mi atención – te presento a …
- Fred Hilton – se anticipó el pelirrojo. – Soy el hermano mayor de Charlie.
Claro. Por eso se parecía tanto a ella.
- Y tú debes de ser Lena Williams. Charlie me ha hablado mucho de ti. – terminó él con una sonrisa coqueta.
- Supongo que bien – contesté mientras le daba los dos besos de presentación.
- Demasiado bien – respondió él sin dejar de sonreír.
Y mientras hablábamos, no dejaba de mirarme de arriba abajo. Debería haberme resultado molesto, pero yo tampoco podía apartar la mirada de él.
- Fred va a dar clases este trimestre – dijo Charlie, interrumpiendo nuestro juego de miradas.
- ¿En serio Fred? – le preguntó Nat. – ¿De qué vas a dar clases? ¿Vienes a cubrir la baja de la profesora Gilmore?
- No, la historia no es lo mío. Vengo a dar clases de equitación.
- ¿De equitación? Es genial, me encanta montar a caballo. – contesté.
- Me alegro, y me hará muy feliz verte entre mis alumnas – dijo él dirigiéndome una mirada que no supe interpretar.
Desde luego que iría a su clase. No por coquetear un poco con el pelirrojo, sino porque de verdad me gustaba la equitación. Desde que era pequeña, me encantaban los caballos. Desde que un verano en casa de la abuela Michelle me apunté a un curso de equitación, montar a caballo era una de mis actividades favoritas. Y desde entonces, montaba una vez por semana en el Club de Campo de Jersey. Pero desde que había venido a St. Peter, no había vuelto a montar.
De repente, los pasos apresurados de la señora Gold se hicieron presentes en el vestíbulo, dirigiéndose hacia donde estábamos.
- Buenos días señora Gold – le dijo Fred nada más verla.
- Señor Hilton, si me disculpa, necesito que venga conmigo al despacho del señor Rumsfeld a completar los detalles de su estancia.
- De acuerdo, iré con usted. Chicas, si me disculpáis, os veré luego.
- Hasta luego Fred. – le dijimos todas al unísono.
Fred y la señora Gold se marcharon, junto con Charlie, Penny y el resto de las admiradoras de él, que esperaban fuera de la secretaría para asaltarlo en cuanto saliese. Al conseguir estar solas, Nat se sentó en las escaleras, y me miró con cara seria:
- ¿Te pasa algo Nat? – le pregunté preocupada.
- ¿Te has fijado en cómo te mira Fred? – dijo ella yendo directamente al grano.
- Me mira de forma normal.
- ¿Me harás caso si te digo que tengas cuidado con él?
- Nat por favor, Fred no me gusta.
- Eso no lo decía la forma en que lo mirabas… O la forma en la que él te miraba a ti.
- Nat, tengo novio.
- Que en estos momentos está en Washington…
- Pero sigue siendo mi novio. Quiero a Chris con locura. Y no tengo intención de dejarle.
- Por eso lo digo. Puedo estar segura de ti, pero de Fred no.
- ¿Por qué no te fías de Fred? – le pregunté sin más rodeos.
- Créeme, algún día te lo contaré. Pero no te fíes de él.
***
Al día siguiente, me encontraba dentro de los establos del colegio en compañía de catorce alumnas más. Pasaban diez minutos de las cinco de la tarde, y Fred seguía sin aparecer, pese a que había prometido que estaría a las cuatro y media, mientras nos dejaba al resto de la clase limpiando una celda a casa uno. Penny era la única de mis amigas que se encontraba aquí, ya que Charlie alegaba que no le gustaban los caballos, y Nat que ya estaba apuntada a demasiadas clases.
- Lena, creo que deberíamos irnos. Fred no va a venir. – me insistió ella por vigésima vez.
- Por favor Penny, quédate. No he terminado todavía de cepillar la crin a Pearl.
- Lena, se ha ido casi todo el mundo. Además, he quedado con Kevin en diez minutos, ya sabes lo puntual que es…
- No sería la primera vez que Kev tuviera que esperarte.
- …Y aún tengo que cambiarme. Huelo fatal. – terminó ella.
- Vale, cierto, hueles fatal, pero Kevin lo comprenderá. Es un novio muy comprensivo, ¿no? – dije mientras me agachaba con el tiempo justo de esquivar los guantes que Penny me acababa de tirar. – ¡Eh! ¡No vale tirar cosas!
- Pues si no quieres irte, yo me voy. Kevin me espera.
Y se fue, al mismo tiempo que también lo hacía el resto de la clase, quedándome yo sola en los establos.
Cogí un cepillo y volví a pasarlo sobre la crin de Pearl, tal y como lo había hecho durante la última hora. De repente, oí un ruido a mis espaldas, me giré y vi que sólo era Fred. Suspiré aliviada.
- ¿He tardado mucho en volver? – preguntó acercándose a mí.
- Tu clase se ha ido. Calcula cuanto tiempo es eso. – dije yo concentrada.
- Demasiado. Pero no todos se han ido.
- Exacto – respondí, siguiendo con mi tarea.
- ¿Te apetece montarla? – me preguntó.
- ¿Ahora?
- ¿Tienes algo mejor que hacer?
- Se me ocurren unas cuantas: ducharme, ir a estudiar…
- Dame una razón de peso.
- He quedado. – le respondí ya con ganas de irme de allí.
- Interesante. ¿Puedo saber con quién?
- Pensaba que los profesores no se metían en la vida de los alumnos. – le recordé.
- ¿Acaso soy tu profesor?
- Pensaba que lo era al apuntarme a su clase. – le respondí.
Él me cogió la mano con la que cepillaba a Pearl.
- Y yo pensaba que ahora no somos alumna y profesor. Ya ha terminado la clase.
- Pero no el curso.
- Al fin y al cabo, sólo te llevo cuatro años, además, eres muy amiga de Charlie.
- Y tú eres su hermano.
- ¿Y? ¿Eso es un impedimento para lo que me pasa contigo?
- Perdona Fred, pero tengo novio.
- ¿Lo quieres?
- Claro que lo quiero.
- Entonces… ¿por qué no te has ido con los demás hace un rato y en cambio estás aquí?
- Hombre, pues no lo sé, ¿no será porque soy la única de la clase a la que le gustan los caballos? – le respondí irónicamente. – El resto de la clase sólo se ha apuntado porque les pareces atractivo.
- ¿Y qué me dices de Alan Perkins?
- Es gay.
- ¿Y de Penny? Está saliendo con Kevin Rumsfeld.
- Sólo se apuntó porque se lo pedí yo. No quería estar sola en una clase llena de niñatas descerebradas que han fundado tu club de fans.
- ¿Tengo club de fans? – preguntó sorprendido.
- ¿En serio no has visto a las descerebradas cuando estás tú delante? Por favor, sólo les falta desmayarse, porque creo que ya se hacen pis encima de la emoción.
- ¿Y tú eres una de esas chicas?
- ¡Por supuesto que no! Tengo a mi propio chico por el que babear.
- ¿Tu famoso novio? ¿Qué podría hacerme si sigo molestando a su chica?
- Mi famoso novio te pegará un puñetazo si sigues molestando a su chica.
Recogí mis cosas y salí de la cuadra, al mismo tiempo que Fred me perseguía gritando.
- Venga Lena, no te enfades. Te prometo que no haré nada que tú no quieras.
- Eso puede estar seguro.
- ¿Amigos? – preguntó él tendiéndome una mano.
- Me lo pensaré – le dije yo mientras me iba de allí corriendo.
***
Ya en la biblioteca, más tranquila, mi teléfono sonó con “We found love”, canción que me recordaba a Chris. Pero, aunque lo deseaba, no era mi novio quien llamaba, sino Johnny.
- Williams al habla. – le dije imitando el tono militar que utilizábamos él y yo cuando hablábamos por teléfono.
- Sargento Williams, el coronel Morrison la necesita aquí abajo.
- ¿Abajo coronel? ¿Dónde?
- La espero en el vestíbulo sargento Williams – dijo él antes de colgarme.
Me encantaban esas conversaciones con Johnny. Me reía un montón del tono serio que ponía por teléfono. Seguro que ahora mismo se estaba riendo un montón.
Haciéndole caso al idiota de mi casi hermanastro, recogí mi libro de historia y dirigí mis pasos al vestíbulo. Y allí estaba él, junto con el resto de la pandilla y con las personas que menos me imaginaba encontrar allí en ese momento.
- Hola cariño – me dijo mi madre sonriéndome.
Corrí a abrazarla, y también a Joe, que estaba a su lado.
- Mamá, Joe, ¿qué hacéis aquí?
- Lena, tu madre y yo queríamos daros a todos la invitación de la boda. – dijo Joe sonriendo.
- Y de paso tomar un té o algo así. Cariño, ¿hay alguna sala libre para poder tomar algo? – preguntó mi madre.
- Vamos a las salas de reuniones con los tutores – dijo Kevin guiándonos por el pasillo contrario a secretaría.
Tras caminar un poco, entramos en una sala con varios sillones de aspecto cómodo, una mesita de café y un aparador en una esquina con una máquina de hervir agua, un bote de lata con infusiones y una cafetera Nespresso, junto con los envases y las tazas.
Tras servirnos todos unas bebidas, mi madre procedió a repartir las invitaciones, que me gustaban mucho.
- Así que en hotel Hilton… - dije yo.
- Queríamos un lugar grande para la fiesta, y también que tuviera jardín para celebrar la ceremonia al aire libre. – explicó Joe.
- Tanto Joe como yo queríamos casarnos en un jardín, ya que en nuestras anteriores bodas, nos casamos en el ayuntamiento o en la iglesia.
- Por lo menos el buen tiempo está asegurado. – añadió Johnny.
- Y lo mejor que sea en primavera. El jardín estará lleno de flores. – dijo Charlie.
- Será una ceremonia preciosa – aseguró Nat.
- Lo será. – aseguró mi madre. – Y tú cariño – dijo mientras me miraba – vas a ser mi dama de honor.
- ¿Yo mamá?
- ¿Quién si no? Eres mi hija, y quiero que seas una parte importante de la ceremonia.
- Y yo voy a ser el padrino – dijo Johnny sonriendo.
- ¿Quién te ha dicho que vas a ser el padrino? – le preguntó Joe con ironía.
- Papá, yo te presenté a Lily en el internado. Me lo merezco.
- Serás el padrino. – le aseguró mi madre.
Johnny sonrió de nuevo y se sirvió otra taza de café.
Al poco rato, los chicos se fueron a dar una vuelta, y las chicas y mi madre nos quedamos en la habitación para ayudar a mi progenitora con los detalles de su boda.
Nat era la que estaba más entusiasmada organizando cosas tan pequeñas como los centros de flores, algún que otro vals que sonaría en la fiesta y por supuesto, la ropa que llevaría yo.
Y yo disfrutaba un montón viendo cómo mis amigas ayudaban a mi madre, que parecía una quinceañera de lo ilusionada que estaba.
Y echaba de menos a Chris. Enormemente. Sabía que llegaría en dos días, pero igualmente era mucho tiempo para mí. Después de unas cuantas semanas siendo inseparables, era algo normal.
Y me preocupaba Fred. No en el sentido de que me gustase. Sólo me parecía guapo. Pero Fred tenía una extraña obsesión conmigo. Y no sabía si eso afectaría a mi relación con Chris o no.
jueves, 5 de enero de 2012
Capítulo 23: Colorado
- Y yo que pensaba que no querías nada… – dijo con una sonrisa burlona, sin dejar de acariciarme.
- ¿Estás enfadado conmigo?
- Para nada cariño.
- ¿Ha sobrevivido algo a lo de anoche? – pregunté.
- Digamos que tu ropa sobrevivió por poco. No digamos lo mismo de tu ropa interior. Una pena, me gustaba. – dijo él.
- ¿Y…?
- Pues creo que ha habido un par de arañazos en la espalda por tu parte…
- ¿Te he arañado? – Ups.
- Sólo un poco.
Él se giró, dejando ver su espalda llena de arañazos y marcas de uñas, algo menos enrojecidas que cuando se las había hecho inconscientemente.
- Lo siento. – le dije.
- Yo tampoco me he portado bien. Mírate el cuerpo.
Me miré los brazos, las piernas, el torso… Y descubrí a lo que se refería Chris.
- Estoy llena de chupetones.
- Y mordiscos. – añadió él.
- ¿Seguro que no eres un vampiro? – le pregunté apoyándome en la cama con el codo.
- Vampiro o no, anoche no te quejaste demasiado de los mordiscos. Además, las marcas desaparecerán rápido.
- No importa. Me ha gustado. – respondí con una sonrisa.
- A mí también. – concluyó él sonriendo. - ¿Tienes hambre?
- Un poco.
- Te prepararé el desayuno. Puedes ducharte mientras.
Él se levantó de la cama, se puso los bóxers y salió de la habitación. En ese momento aproveché para levantarme de la cama e ir hacia el baño.
Al llegar, me puse un albornoz blanco muy suave, ya que tenía algo de frío. En un primer momento decidí utilizar la ducha de hidromasaje, pero tras ver la bañera, más bien era un jacuzzi, que me ofrecía un baño placentero, decidí abrir el grifo de la bañera.
Rebusqué por los armarios del baño y encontré varios botes de espuma para baño con olor a rosas, sales e incluso una caja llena de pétalos de rosa. Sin dudarlo, eché todo eso en el jacuzzi.
De repente noté como unos brazos me abrazaban por detrás y me besaban en el cuello. Me giré y le acaricié la cara.
- El desayuno está listo.
- Creo que el desayuno puede esperar. ¿Te apetece darte un baño?
- Desde luego. – dijo él sonriendo. – Pero déjame ir a por algo.
Cuando volvió, llevaba consigo una botella de champagne y dos copas de cristal.
- ¿No crees que es un poco pronto para beber?
- Venga Lena, esto es sólo para después. Aún queda lo mejor.
Y se quitó los bóxers, quedando desnudo ante mí. Pero se metió inmediatamente en el jacuzzi, mirándome seductoramente desde allí.
- ¿No te metes, Lena?
Sin pensármelo dos veces, dejé que el albornoz se deslizara por mi cuerpo, quedando desnuda ante él. Me metí en el jacuzzi, y fui hasta donde él estaba. Él me besó, y yo le correspondí.
- ¿No te parece antihigiénico hacerlo aquí? – le pregunté riendo.
- Para nada – respondió él sin parar de besarme.
Y volví a perderme entre sus brazos.
***
Más tarde, Chris y yo seguíamos en el jacuzzi, pero con dos copas de champagne semivacías en la mano.
- ¿Qué te ha parecido? ¿Antihigiénico? – preguntó él riéndose.
- Para nada.
- ¿Y lo del champagne?
- Tenías razón. Ha sido buena idea – le contesté sonriendo.
- A partir de ahora haremos lo que tú desees. Visto que sólo hemos hecho lo que yo quería. Dime Leny, ¿qué es lo que te apetece hacer?
- Primero, pues desayunar.
- Trato hecho.
Salí de la bañera y me envolví en un albornoz blanco suave. Chris hizo lo mismo y fuimos a la cocina. Mientras Chris calentaba el café, yo me puse a cotillear en una estantería llena de DVDs.
Los títulos abarcaban casi todos los géneros: policiaco, romántico, de aventuras, histórico, de acción, de miedo, clásicos…
Sonreí al ver un título que me interesaba bastante. En el momento en que me giraba, oí un ruido de plato contra la mesa. Miré hacia allí, donde había un plato con tortitas.
- Tortitas – dije sonriendo.
- En el internado las tomas día sí, día no. Me he fijado.
- ¿Te fijas en lo que desayuno?
- No solo en eso. También en otras cosas.
- ¿En qué cosas? – le pregunté interesada, acercándome a él.
Él me miró sonriendo.
- Sólo comes cosas dulces para desayunar, y sin embargo no engordas. Te encantan los libros antiguos, y si las ediciones son antiguas, mejor. Cuando estoy contigo, mi ropa acaba oliendo a lavanda, tu perfume. Cuando estás triste, tuerces el gesto, y cuando estás feliz, se te forman hoyuelos en los ojos, como los de ahora. – dijo acariciándome la cara.
- No pensaba que te habías fijado tanto en mí. Aunque también me he fijado en varias cosas de ti.
- ¿Y cuáles son…?
- Además de la claustrofobia y de que seas zurdo…
- Eres la primera chica que se fija en ello.
- Tampoco es tan difícil fijarse. Es cuestión de prestar algo de atención. Además, cuando escribes pones una cara de concentración muy graciosa. Sacas la lengua.
- ¿En serio? No me lo creo.
- Créetelo. Pero es muy sexy cariño – le dije mientras le acariciaba la mejilla. – Y dime, ¿en qué más te has fijado?
- Murmuras en sueños, mueves las piernas cuando sueñas… Y tienes pinta de jugar muy bien al póker.
- ¿A qué viene lo del póker? – le pregunté.
- Tienes cara.
- Voy a demostrarte que sí que sé jugar muy bien al póker, y que puedo ganarte.
- ¿Es una apuesta? – dijo él ya algo picado.
- Claro que es una apuesta.
- ¿Y qué pasa si gano?
- Tendré que hacer lo que tú quieras. Pero no cuentes con ganar, te ganaré yo. Y ahora saca la baraja.
Chris desapareció un momento para volver a aparecer instantes después con juego de póker.
Nos sentamos enfrente uno del otro, mientras Chris barajaba y repartía las cartas.
Transcurría el juego, con las apuestas correspondientes y las correspondientes miraditas entre Chris y yo. En la última ronda, él dijo:
- Venga Lena, terminemos con esto. Te he ganado.
- ¿Cómo puedes saber que me has ganado?
- Por esto.
Póker. Vale, esa jugada había sido buena, pero yo me reservaba algún as en la manga.
- ¿Y bien? – me preguntó él con una sonrisa de suficiencia.
- Has perdido Chris. – le dije mientras le mostraba mi ganadora escalera de color.
Él se me quedó mirando con cara rara, sin poder creérselo.
- Guau.
- Digamos que tendrás que hacer algo por mí.
- ¿Y eso consiste en…? – preguntó.
- ¿Qué era lo que tenías pensado que hiciera?
- Un striptease.
- Qué original – dije poniendo los ojos en blanco.
- Lena, he ido a varios stripteases, pero me encantaría verte a ti haciendo uno.
- Chris, eres muy predecible.
- ¿Y qué tendré que hacer?
- Te lo diré más tarde, pero créeme, será bastante divertido… – le dije mientras tomaba mi deseado desayuno, dejándole con la incertidumbre de lo que le haría hacer.
***
Horas después, estábamos tumbados en el sofá viendo en la TV "Los puentes de Madison", una de mis películas favoritas. Un pensamiento me pasó por la cabeza, y se lo dije a Chris:
- ¿Te imaginas que dentro de unos años estemos aquí otra vez?
- Me lo imagino perfectamente. Los dos habríamos acabado la universidad, tu llevarías un apellido diferente… ¿Te suena bien Schoomaker?
- No seas tonto Chris.
- Es una proposición seria.
- Chris, yo no soy de las que se casan.
- Lo sé, pero algún día cambiarás de opinión. – dijo con una sonrisa enigmática – ¿Y que me dices de hijos?
- Chris, tenemos diecisiete años. ¿Ya quieres darme hijos?
- Por lo menos siete. – contestó con una carcajada.
- Me pondría como una vaca.
- Te seguiría queriendo igual.
- ¿Y uno? Un hijo es suficiente.
- Pues si fuera uno, sería niña.
- ¿No te gustaría un Christopher Schoomaker IV?
- No, me gusta más niña, los niños dan muchos problemas.
- Ok, pues niña. ¿Qué te parece… Madison?
- ¿Como tu película?
- Exacto. Ese o Scarlett. Tú eliges – dije riéndome.
- Pues casi que Madison.
- Pero ahora no pensemos en ello. Aún quedan años, ¿no?
- Muchos años.
***
Por la noche, ya en la habitación, a Chris le tocaba cumplir su parte de la apuesta. En cuanto se lo dije, me miró extrañadísimo:
- ¿Estarás de coña, no?
- Para nada Christopher.
- No, no pienso hacerlo.
- Quiero recordarte que tú pretendías que yo hiciera eso. Además, un striptease no es para tanto.
Él seguía mirándome con cara rara, por lo cual yo me reí.
- ¿Es en serio?
- Pues claro que es en serio. ¿De verdad crees que es una broma? – le dije riendo.
Me miró de forma resignada, sopesando la idea.
- ¿Por lo menos puedo elegir la canción?
- Vale. Y el vestuario también. – le dije riendo. – Y si quieres, me voy a dar una vuelta alrededor de la casa. Cuando estés avísame.
Salí de la casa por la puerta de la terraza. Me entretuve durante un buen rato recorriendo el jardín que bordeaba la casa, y miré el reloj y vi que ya era hora de volver.
Entré en la casa, que estaba a oscuras. Quise encender la luz del salón, pero no encontraba el interruptor. Vi que Chris había puesto uno de los sillones en el medio del salón, y había apartado todos los muebles.
Me senté en el sillón y miré a mí alrededor a ver si veía a Chris. Ni rastro de él. Iba a levantarme a buscarlo cuando se encendió un foco de luz, apuntando al pasillo, y empezó a sonar la canción de “You can leave your hat on”, de Joe Cocker.
Y apareció él. Vestido con el último esmoquin de Dolce & Gabanna, tremendamente sexy. Y empezó a bailar al ritmo de la música, como siempre me había imaginado que sería el striptease perfecto.
Finalmente quedó sin ropa, y se acercó a mí.
- ¿Preparada para tu mejor sueño? – me preguntó mientras me desabrochaba lentamente los botones de la blusa.
- Preparada para la realidad.
***
- Lena, en serio, no entiendo tu manía de fotografiar todo lo que ves.
- Tengo que aprovechar el regalo de Charlie. – le dije yo mientras enfocaba el cabecero de la cama.
- En serio, para las próximas Navidades le regalaré algo horrible a Johnny, algo que moleste a Charlie.
- No seas tan vengativo. Además, ¿qué más te da que te saquen fotos?
- No me gustan las fotos.
- Venga Chris, te prometo que sólo te sacaré una foto. Si sales bien a la primera no te molestaré más.
- ¿Lo prometes?
- Lo prometo. Venga, colócate.
Chris se colocó en la cama, apoyado en las almohadas y con un brazo extendido. Dudando sobre qué cara poner, me sonrió con mi sonrisa favorita, momento que aproveché para sacar la foto.
- ¿Ya has terminado? – me preguntó él colocándose a mi lado.
- No entiendo por qué no te gusta salir en fotos. Sales guapísimo.
- Puede. Pero ahora tçu te vas a enterar. – dijo mientras me robaba mi Canon y empezaba a sacar fotos sin parar.
***
Cuando abrí la puerta de mi habitación, ya de vuelta en el internado tras un relajado puente, me saltaron tres adolescentes encima, haciendo que yo cayera al suelo entre los gritos de las tres.
- Chicas, ¡¿os habéis vuelto locas?! No me he ido un año.
- Es que teníamos muchas ganas de verte… – dijo Nat con voz de niña buena.
- Y queríamos que nos contaras que tal de fin de semana.
Las miré a las tres, que por las miradas que me dirigían, se notaba que se morían de curiosidad.
- Sois unas cotillas. ¡Pues ahora no os cuento nada!
- ¡¿QUÉ?! Pues ahora se va a enterar.
Y las tres empezaron a hacerme cosquillas, de modo que empecé a reírme a carcajadas.
- ¡Parad! ¡Parad! Vale, os lo cuento todo.
- Ok – respondieron ellos con sonrisas de satisfacción.
Y les conté todo, absolutamente todo lo que me había pasado en esos cuatro días que había pasado con Christopher. Tras terminar, ellas hablaron:
- ¿Os dais cuenta de que al principio de curso estábamos las cuatro solteras y ahora estamos las cuatro con novio? – preguntó Nat.
- El semestre ha empezado genial. – dije yo.
- De todas maneras, aún nos pasarán más cosas. Pero ahora hay que prepararse para lo que nos queda. – dijo Charlie.
- Es cierto Charlie. Tenemos que elegir universidades, elegir la carrera que queremos estudiar… – empezó a enumerar Penny.
- Y además, en junio nos graduamos. – recordó Nat, emocionada ante la idea de ir con Jerry al baile.
- Creedme chicas, este semestre va a ser muy interesante. – añadí, haciendo que todas sonriéramos ante esa idea.
jueves, 29 de diciembre de 2011
Capítulo 22: Algo especial
Como siempre, os habla vuestra cotilla favorita para contaros las últimas novedades.
Tras una crisis de pareja, los reyes del internado vuelven a ser dos tortolitos. Al parecer, la presunta marcha de Queen Lena a St. Jude ha hecho que King C se decida de una vez por todas.
Y otros que llevaban un tiempo sin estar juntos vuelven. Charlie Hilton vuelve a ser la inseparable novia de Johnny Morrison, el mejor amigo de Christopher Schoomaker. Tanto C como J están todo el día juntos, al igual que el resto de la pandilla, destacando a nuestro futuro director como al heredero de Quick Time con sus novias.
La reina, después de una semana separada de su duquesa pelirroja, vuelve a dejarse ver con ella. Se ve que la realeza también es humana y se enfada entre ellas.
Christian Valley también no deja sola a su chica, y eso podría agobiar a Jill. Pero, ¿quién sabe? Puede que Jill esté buscando estabilidad al fin y al cabo.
Se despide de vosotros vuestra cotilla favorita deseándoos unas vacaciones llenas de cotilleos,
Fionna Catchpole”
La semana siguiente fue una de las mejores semanas de mi vida. Chris y yo volvíamos a estar juntos y Johnny y Charlie también. Johnny había deshecho su maleta definitivamente para no irse a Los Ángeles y yo deseché completamente la idea de irme a Nueva York. Charlie y yo nos habíamos pedido perdón nuevamente, y volvíamos a ser amigas.
Las clases, como no, me dejaban poco tiempo libre, que aprovechaba para estar junto a mis amigas o junto a Chris. Había vuelto a escoger teatro, e íbamos a representar “Alicia en el País de las Maravillas”, con Nat como protagonista y yo haciendo de la Reina de Corazones.
Y llegó el día de las vacaciones. La tarjeta con la dirección de la casa de Christopher descansaba encima de mi escritorio, junto con los deberes y apuntes de literatura. Ya se lo había dicho a Nat, que me ayudaba a hacer la maleta.
- ¿Has estado alguna vez en casa de Chris?
- ¿En cuál? ¿Washington, la mansión Schoomaker o la de Colorado?
- Me refiero a la de Colorado.
- Chris nunca invita a nadie a Colorado. Solo nos invita a la mansión, porque hay espacio para todos. Creo que la casa de Colorado es pequeña.
- ¿Soy la primera que va allí?
- Creo que sí,
- Es que hay un problema.
- ¿Cuál?
- No sé que llevar.
- A ver Lena, ropa de baño desde luego que no. Lleva cosas normales. Por ejemplo, tu sudadera de Yale, varios jerséis, un par de blusas, vaqueros… Además, sólo vas cuatro días.
- Lo sé, lo sé.
Y poco a poco fuimos llenando la maleta con ropa que consideré útil para ir allí.
- Tengo algo que darte – me dijo ella cuando estábamos a punto de cerrar la maleta.
- ¿Un regalo? – le dije mientras cogía el paquete rectangular que ella me ofrecía.
- Pero no puedes abrirlo ahora. Ábrelo cuando creas que lo necesites.
- Me das miedo, que lo sepas – le dije mientras metía el paquete en la maleta.
- Venga, te gustará. Confío ciegamente en mi gusto personal.
- Creída. – le dije, y ella me sonrió.
En ese momento recibí un mensaje de Chris, que me decía que bajase, que estaba esperándome en la entrada del edificio principal.
Nat salió de la habitación conmigo. Bajamos abajo y al llegar a la explanada que había delante del edificio principal, me encontré frente a un Aston Martin plateado a Chris, junto con una pequeña maleta. Chris cogió ambas maletas y las metió en el maletero.
- Pásatelo genial cariño – me dijo ella mientras me abrazaba. – Y tú – le dijo a Chris – cuídamela.
- Lo haré – le respondió él con un guiño.
Fui a darle un beso a Chris, que a su vez aprovechó para robarme mis Rayban Wayfarer negras. Nunca cambiaría.
- Y tú – me dijo Nat antes de que me montara en el coche – ya me contarás todo. Pero cuando digo todo, es TODO.
Nos montamos en el coche mientras yo seguía riéndome del comentario de Nat. Me acomodé en el asiento, y Chris arrancó el coche. Nos fuimos alejando del internado mientras Nat seguía despidiéndose y empezaba a sonar el último CD de los Red Hot Chili Peppers.
Después del viaje, llegamos a un camino de piedrecitas cerrado con una verja metálica que se internaba en el bosque. Chris le dio a un mando a distancia, y la puerta se abrió, se metió por ahí y después de un kilómetro de camino, llegamos a una explanada en la que había una casita de piedra. Christopher aparcó enfrente de la casa y se bajó. Yo también me bajé, y Chris me tendió una llave. Fui hasta la puerta y la abrí.
Entré en un amplio salón decorado en tonos cremas con grandes sofás y sillones por todos los lados. Las paredes, de piedra, tenían estanterías llenas de CDs, discos de vinilos, DVDs y algunos libros.
Una cocina americana, una mesa de comedor de madera tallada con las sillas a juego y unas escaleras de caracol que subían al piso de arriba. La estampa la completaba una pared de cristal con puerta corredera que daba acceso a una terraza desde la que se veían las montañas y un pequeño prado, en el que se distinguía al fondo una especie de laguna.
- Me encanta – dije con total convencimiento.
- Me alegro de que te guste. Eres la primera chica que viene aquí.
- ¿En serio?
- En serio.
- ¿Quieres comer algo?
- Prepararé algo, no te preocupes. – dije mientras me dirigía a la cocina acompañada de Chris.
Abrí la nevera, que estaba llena de comida y saqué los ingredientes necesarios para preparar filetes a la plancha. Chris me ayudó a prepararlo condimentando los filetes y preparando ensalada.
Tras la cena, me ofrecí para lavar los platos, y Chris me ayudó secándolos. Después de eso, Chris me enseñó el piso de arriba. La segunda planta se componía de una habitación vacía que Chris utilizaba como una especie de despacho y vestidor, un baño enorme y el dormitorio principal.
El dormitorio, amplio, decorado en tonos cremas y blancos, y con una gran cama con el cabecero blanco, me produjo un escalofrío. La tensión era evidente.
- Creo que voy a ir a por las maletas – me dijo él, dejándome unos minutos a solas, que aproveché para meterme en el baño.
Una vez dentro del baño, intenté relajarme, sin éxito. Tenía miedo de volver a la habitación. Y también tenía miedo de abrir el regalo de Nat, que me suponía lo que era.
Vale, Chris había dicho que no haríamos nada que yo no quisiera. Entonces, si era así, ¿por qué no me atrevía a salir del baño?
Abrí la puerta con cuidado, y volví a entrar en la habitación. Chris esperaba pacientemente de pie frente a la ventana, mirando hacia el paisaje, aunque al oír el ruido de la puerta, se giró.
- Siento haber tardado tanto. – le dije.
- No te preocupes, no pasa nada. ¿Quieres ordenar tus cosas, o ver una…?
- No. – le dije muy convencida.
- ¿Y qué es lo que te apetece hacer?
Decidí no responderle y acercarme a él para besarlo. Fue un beso breve, pero que dejó claras mis intenciones.
- Creo que esto lo aclara todo.
- Desde luego. – dijo antes de besarme en el cuelo con suavidad.
- Estoy asustada. – le dije en un susurro.
- No deberías estar asustada. – dijo mientras me abrazaba. – No haremos nada que tú no quieras.
Lo abracé con ganas. En serio, no me merecía a alguien tan bueno como él, y tan atento, y que se preocupara tanto por mí. Y eso fue lo que me decidió por fin.
Le besé primero con cuidado, y él me correspondió. Poco a poco, mientras jugábamos con nuestras lenguas, el beso fue subiendo de intensidad, haciendo que yo entrelazara mis dedos en su pelo, y que él me sujetara con más firmeza por la cintura.
Y de repente, caímos los dos en la cama, y en un momento para coger aire, él habló:
- Lena, ¿estás segura de querer seguir? Porque si seguimos ahora, te juro que no voy a poder parar.
- Chris, te quiero y quiero hacer esto. Estoy segura.
Nos seguimos besando, cada vez más apasionadamente, aunque todavía sin perder el control. Chris procedió a quitarme el jersey, y cuando terminó, yo hice lo mismo con su más que molesta camiseta.
- ¿En serio tuviste que traer una camisa? – dijo él mientras se desesperaba para desabrochar todos los botones de mi camisa.
- Era sólo para atormentarte. – le dije mordiéndome el labio.
- Eso ha sido muy sexy – dijo él volviéndome a besar.
Chris siguió desabrochándome la camisa, que al final consiguió, dejándome con los vaqueros y el sujetador. Chris me miró de arriba abajo sonriendo.
- Te acordaste del sujetador rojo. – dijo él con una sonrisa pícara.
- Sé que te encanta – le dije yo medio entrecortada por sus besos, que me estaban dejando sin aliento.
- Bendito sujetador – me respondió él volviéndose a centrar en besarme.
Conseguí quitarme los vaqueros un buen rato después, y él también hizo lo mismo, quedando ambos en ropa interior. No parábamos de besarnos, y aunque parecía que la temperatura se había elevado unos cincuenta grados más, esta vez íbamos con calma, no tan apresurados como en las veces anteriores. Pese a que yo ya empezaba a notarme húmeda y notaba cómo el bulto de su slip aumentaba considerablemente.
Chris, que no dejaba de besarme ni un momento, paró para desabrocharme el sujetador con delicadeza, y sus labios pasaron a bajar por mi cuello, mis pechos, mi vientre, y paró al llegar al borde de mis braguitas. Elevó sus ojos hacia mi cara, mirándome con cara de interrogante. Le sonreí, animándole a continuar.
Finalmente yo me quedé completamente desnuda ante él, y él se quitó el slip. Enrojecí levemente, era la primera vez que un chico me veía completamente desnuda, pero no me importaba.
Él sacó un preservativo de la mesilla y se lo puso. Antes de comenzar, él me besó en los labios muy dulcemente, y me susurró al oído:
- Te quiero Lena.
Y antes de que me diera tiempo a contestarle, entró. Poco a poco, consiguió entrar completamente en mí, haciendo que yo emitiera quejidos.
- ¿Te duele mucho? – me preguntó preocupado.
- Olvida ese pequeño detalle. – le dije besándolo de nuevo, con lo que él continuó.
Admito que al principio dolió, pero a pesar de ser un dolor soportable, casi ni lo noté. Mientras éramos uno, Chris no paró de besarme ni un solo momento, haciéndome olvidar completamente que mi himen se había roto. Él tomó un ritmo lento al principio para después ir aumentando las embestidas siendo estas más apasionadas, cosa que hicieron que yo envolviera mis piernas entre su cuerpo. Luego vinieron los mordiscos en el cuello, mientras yo no paraba de gemir.
Y por fin, el momento culmen, cuando creías tocar el cielo con los dedos. Exhaustos y cubiertos de un ligero sudor, nos separamos. Lo abracé con todas mis fuerzas, descansando mi cabeza en su pecho.
- Te quiero, te quiero, te quiero. – le repetía yo sin parar.
- Pues imagínate lo que te quiero yo a ti.
- En serio, me has hecho uno de los mejores regalos que podrían hacerme nunca.
- Tú eres mi mejor regalo Lena.
Y no volvimos a hablar en el resto de la noche. No hacía falta. Ambos estábamos felices, mi primera vez había salido bien y nos queríamos con locura. ¿Qué más podía pedir?
viernes, 16 de diciembre de 2011
Capítulo 21: El derecho a equivocarse

Los días siguientes fueron una vorágine de extraña tranquilidad. Diría extraña porque no era nada normal. Nat, pese a que estuviera muy triste por la pérdida de su bebé, no dijo nada. Tampoco podíamos hablarle del bebé, porque ella se entristecía demasiado. Ella y Jerry tuvieron varias sesiones de terapia con Allie Rumsfeld para superarlo. Y no se alejaron el uno del otro, al contrario, se unieron mucho más.
Charlie sólo se hablaba con todos excepto con Johnny y conmigo, a los que nos ignoraba totalmente. Iba a clases y también a todas las comidas, pero el resto del día se lo pasaba encerrada en nuestra habitación.
Chris intentó seguir con su vida normal, pese a que nos ignoraba a Johnny y a mí, y en cierta manera, también al resto del grupo. Cada día estaba más horas entrenando, más horas lejos de sus amigos…
Johnny se encontraba bastante deprimido sin Charlie. Tocaba canciones de R.E.M a todas horas en uno de los escoberos, sin importarle que fueran las tres de la mañana. Y faltaba a clases. Además, había empezado a fumar y olía fatal, ya que los ratos en los que no tocaba la guitarra se los pasaba fumando.
Tanto Penny como Kevin se encontraban en una posición incómoda. Al igual que Nat y Jerry, ambos se hablaban con el resto del grupo y actuaban de mediadores. Y lo estaban pasando mal, ya que no soportaban que todos estuviéramos enfadados.
En cuanto a mí, estaba deprimida. No tenía a nadie con quien hablar, ya que todos estaban inmersos en sus propios problemas. Y yo ya tenía suficiente con aguantar con mi sentimiento de culpabilidad como para intentar solucionar las cosas. Sólo se me ocurría una solución: marcharme a terminar el curso a Nueva York.
Y eso lo decidí junto con Johnny, que también quería marcharse, pero a Los Ángeles. Johnny no podía soportar estar sin Charlie y sin Chris. Por eso quería irse. Y yo por el mismo motivo. No quería que las cosas empeorasen aún más, por eso quería volver a mi ciudad natal.
El día que lo decidí fue el día anterior a la elección de las asignaturas para el último semestre, mientras que nos dirigíamos al comedor para la cena. Ese día era el cumpleaños de Charlie, que coincidía con el día de San Valentín.
- Lena, ¿qué dices? ¿Escritura creativa o álgebra? No consigo decidirme.
- Nat, estás deseando coger teatro de nuevo. Lo sabes perfectamente.
- Vale, lo admito, me encantaría volver a coger teatro… Pero quería tener algo serio en mi expediente. Ya sabes, para Columbia.
- Nat, Columbia te va a admitir sin pensárselo.
- Vale, te creo. ¿Vas a venir a teatro conmigo o vas a coger algo más serio?
- No voy a coger teatro.
- ¿Y eso? ¿Alguna asignatura seria y aburrida?
- Me voy a St. Jude.
Nat se quedó shockeada por un momento, antes de volver a la realidad y gritarme delante de todo el mundo que estaba en el hall.
- ¡¡¡¿QUÉ?!!! ¡¡¡NO PUEDES IRTE A ST JUDE!!!
- ¿Por qué no?
- Te lo explicaré en un sitio más tranquilo, ahora nos está mirando todo el mundo.
Y era cierto. Todo el mundo había dejado sus conversaciones atrás y estaban opinando sobre el nuevo cotilleo, que se extendería como la pólvora en cuestión de segundos. Nat me arrastró hasta el jardín, donde comenzó a hablarme cuando ya habíamos dejado atrás al resto de alumnos.
- Lena, explícame por qué se te ha ocurrido esa estupidez.
- Nat, no es ninguna estupidez. Más bien es un tipo de exilio voluntario.
- Ni exilio voluntario ni leches. Eres importante aquí, no puedes irte.
- ¿Por qué no?
- ¡Porque eres mi mejor amiga y te necesito! ¡Por dios, hasta hace solo una semana iba a ser la próxima candidata para “Sixteen & Pregnant”…
- ¿En serio? ¡No me lo habías contado!
- Lena, es una ironía. Me refiero a que hace una semana iba a ser mamá, iba a graduarme, no iba a estudiar en la Universidad ni me iba a dedicar a ser modelo… En fin, que mi vida vuelve a ser como antes. Bueno, como antes no, ahora tengo a Jerry.
- Jerry también te necesita, y tú lo necesitas más a él que a mí.
- ¡Y una mierda! En serio, quiero a Jerry, pero a él no puedo contarle todo lo que te cuento a ti: los cotilleos, la moda, mis secretos… Estoy segura de que Jerry se suicidaría si empezara a discutir con él sobre qué color sienta mejor a las uñas.
- Tampoco hablamos siempre de eso…
- Pero compréndelo, Jerry es mi novio, y tú eres mi amiga. Ocupas el puesto número uno de prioridades.
- Pero te he hecho daño. Yo fui la causa de que tú ahora no vayas a ser mamá.
- Por dios Lena, lo mío era un embarazo de alto riesgo, y el aborto fue involuntario, tarde o temprano iba a ocurrir… No te culpes por ello. Puede que tengas culpa de lo demás, pero Johnny también tiene la culpa.
- ¿Entonces no me odias?
- ¡Claro que no tonta! Eres mi mejor amiga, y siempre estás ahí cuando te necesito. ¿Comprendes por qué no puedes irte?
- No tengo a Chris.
- Christopher está enamorado de ti, por mucho que le duela en estos momentos. Además, la fidelidad no es su punto fuerte. ¿No te puso los cuernos con Blondie Fox en Acción de Gracias?
- No estábamos saliendo.
- Pero estabais a punto, así que es casi lo mismo. Además, te echará de menos.
- Me odia.
- No te odia, solo te ignora temporalmente. Y Charlie también. Aunque Charlie está mucho más dolida con Johnny que contigo.
- Nada me va a hacer cambiar de opinión. Ya he hecho demasiado daño a mucha gente.
- Siento que no cambies de opinión. Realmente el internado es mucho más divertido desde que tú estás aquí.
Volvimos en silencio hacia el hall, sin comentar nada de nuestra anterior conversación. Al llegar al comedor y sentarnos en nuestra mesa habitual, me asaltó la persona que menos me imaginaba en ese momento:
- Reina del internado, oh poderosa reina…
- ¿Qué quieres Barbara?
Blondie Fox seguía siendo tan molesta como siempre.
- Desde luego, desde que eres la reina…
- Vete al grano Barbara. Algo quieres para estar hablándome en estos momentos.
- Pues mira, algo tenía que comentarte. Han llegado a mis oídos ciertos rumores de que te marchas…
- Cierto.
- ¿Entonces te marchas?
- Sí, sí que me marcho.
- ¿Y quién va a ser la nueva reina? – preguntó ella ansiosa.
- La nueva reina la nombraré yo antes de mi marcha. ¿Algo más?
- No, sólo eso.
Y se fue agitando su melena rubia, que cada día era más del color de Piolín. Definitivamente, esa no era mi mejor noche.
Johnny P.O.V
Mi maleta reposaba sobre las escalinatas de la entrada. Había llamado a un taxi para que me viniera a recoger a la puerta del internado, ya que no quería que nadie se enterase de mi marcha.
Encendí un cigarrillo mientras esperaba la llegada del taxi, observando el cielo de esa noche, muy estrellado. Me habría encantado ver las estrellas con Charlie. Su regalo de cumpleaños y de San Valentín se lo había dejado encima de su cama antes de venir a la entrada, y esperaba que cuando lo viese, junto con la carta que le había dejado, yo ya estuviera lejos del internado. Pero, para mi buena o mala suerte, eso no ocurrió.
- Deberías dejar de fumar – me dijo mi pelirroja favorita apareciendo de repente – No te pega.
- Lo sé. – le dije yo tirando la colilla al suelo y aplastándola con el pie. – Pero a veces relaja.
- No es necesario que dejes de fumar porque te lo haya dicho.
- Créeme, tu opinión sigue siendo importante para mí.
- No me has felicitado.
- Feliz cumpleaños Charlie. No lo hice antes porque supuse que no querrías volver a saber nada de mí.
- Llevo puesto tu regalo.
Y era cierto. Al mirar su cuello, me di cuenta de que llevaba puesto el colgante de una “J” de oro blanco, que le había comprado unas semanas antes, antes de que todo se complicara.
- Siento haberte regalado eso.
- Créeme, me gusta. Casi tanto como me gustas tú.
- Char, te he hecho daño. Y no quiero que vuelvas a sufrir.
- La única manera en la que no sufriría sería si tú te quedaras aquí.
- Tengo que irme.
- Por favor Johnny, no te vayas. Te necesito.
Sabía que era la última oportunidad que tenía con ella. Y no iba a desaprovecharla. La quería demasiado.
- Y yo a ti Char, y yo a ti – le dije mientras le abrazaba, acariciándole el pelo mientras ambos llorábamos. – Te prometo que nunca te voy a dejar.
- Te quiero Johnny. Con locura.
- Con locura.
Y me juré que sería la última vez que me separaría de ella.
Lena P.O.V
Necesitaba un sitio tranquilo, alejado de las miradas de la gente, de mis amigas, de todo el mundo… Y sólo se me ocurría un lugar. La azotea de la residencia de los chicos. Cogí una mochila pequeña y en ella metí algo de comida, una linterna y una manta, junto con “La edad de la inocencia”. Realmente me apetecía releer ese libro.
Tras llegar a la residencia, subí hasta el pasillo del tercer piso, que estaba desierto. Me resultó muy fácil encontrar en cuarto de las escobas, y una vez allí, tantear la pared y encontrar el pomo de la puerta escondida.
Empecé a subir los escalones, y al llegar arriba, mi sorpresa fue mayúscula al encontrar a Christopher allí, que había tenido la misma idea que yo.
Recordé lo que Chris me había dicho el día en que se me declaró, en el cumpleaños de Blondie Fox: “Es mi lugar favorito del internado”. Ahora todo estaba claro.
Al oír mis pisadas, se giró, y su cara de sorpresa fue la misma que la mía.
- No esperaba verte aquí.
- Me iré ahora mismo.
- No hace falta. Hay suficiente azotea para los dos.
Me instalé en un rincón de la azotea, bastante alejada de él.
- Lena, puedes acercarte más. No muerdo. Además, estoy encima de un edredón viejo. Si te sientas a mi lado no mancharás esa sudadera tuya tan querida.
Sonreí. Sabía que Chris odiaba que yo llevara mi sudadera de Yale. Le hice caso y me senté junto a él. Saqué de la mochila la linterna y la manta, y la extendí de tal manera que nos tapara a ambos.
- ¿Qué lees? – me preguntó con curiosidad.
- “La edad de la inocencia” – respondí yo intentando concentrarme en la lectura.
- Buen libro. Me gustó bastante.
- ¿Lo has leído? – le pregunté bastante sorprendida.
- No soy tan analfabeto como tú te piensas. Además, también vi la película. Pero el único personaje que me gusta es la condesa Olenska.
- ¿Por qué?
- Porque es algo así como una anti heroína. Sólo se movía por sus intereses, e intentaba escapar de su marido. Pero se enamora de Archer, y cuando se entera de que May está embarazada, lo deja. No entiendo por qué hace eso.
- Olenska no quería hacer sufrir a May.
- ¿Eso era todo?
- Eso era todo. Olenska no quería complicar aún más las cosas. Por eso se apartó.
- ¿Cómo tú?
- ¿Cómo te has enterado?
- Nat me lo contó. Pero no entiendo por qué vas a irte.
- Soy como Ellen Olenska. Me aparto de la sociedad para no complicarlo todo aún más. Si me quedo en St. Peter, lo fastidiaré todo de nuevo, en cambio si me voy, todo volverá a ser como antes.
- No puedes irte a Nueva York. Nada sería lo mismo sin ti.
- Sólo seré un recuerdo pasajero. La famosa Lena Williams, la que salió con el rey del internado y destronó a Blondie Fox. La que lo fastidió todo intentando arreglar las cosas.
- No todo fue culpa tuya. También es culpa mía.
- Pero yo fui la que lo fastidió todo por actuar sin pensar.
- Eh, Lena, escúchame bien, porque sólo te lo voy a decir una vez. – me dijo mientras me cogía la cara con suavidad para que lo mirase. – Puede que ni tú ni yo hagamos las cosas bien nunca, pero ambos tenemos el derecho a equivocarnos.
- Pero…
- Pero nada. Puede que yo siempre haga las cosas mal, pero sí que hice algo bien, y eso fue enamorarme de ti.
Me quedé shockeada por unos momentos.
- ¿En serio? – le pregunté.
- ¿Crees que te mentiría?
- Te he hecho mucho daño. Deberías odiarme por ello.
- Pese a eso, te sigo queriendo. Porque estoy enamorado de ti, Lena Williams, con todos tus defectos y errores.
- No te merezco – le dije mientras le abrazaba y apoyaba la cabeza en su pecho.
- Sólo podrías merecerme de una manera.
- ¿De cuál?
- La primera es que me prometas que no te irás a Nueva York y te graduarás en St. Peter.
- Te lo prometo.
- ¿Quieres tu regalo de San Valentín?
- Chris, no te he comprado nada.
- Da igual. Ya sé que pedirte. Pero déjame darte tu regalo.
Chris buscó en el bolsillo de su vaquero, del que sacó una tarjeta de cartón en color beige, que contenía una dirección escrita a mano por él.
- ¿Y esto?
- Es la dirección de mi casa de Colorado. Me encantaría que vinieras conmigo en las próximas vacaciones.
- ¿Las de la semana que viene?
- Esas. No está lejos, y podríamos volver al internado en cuanto te aburrieras. Aunque si ya tenías planeado lo de ir a Los Ángeles…
- Mi madre puede esperar. Me iré contigo a tu casa. Pero ahora me siento culpable por tu regalo.
- Podrías regalarme algo ahora.
- Dime lo que quieres y lo haré.
- Que bailes conmigo para celebrar esto.
- ¿Bailar? ¿Ahora?
- Tengo música – dijo mientras señalaba un altavoz para iPod que estaba no muy lejos de nosotros.
Me puse de pie, esperando mientras que Chris encendía el altavoz y escogía una canción.
Y, como si el destino lo hubiera preparado, mi canción favorita sonó. Los primeros acordes de “Yellow”, de Coldplay, inundaron la azotea.
Él se acercó a mí, sonriendo, me cogió de la mano y puso su otra mano en mi cintura, y empezamos a bailar al ritmo de la música.
- ¿Cómo lo sabías? – le pregunté todavía sin creérmelo demasiado.
- Tarareas Coldplay cuando estás en tu mundo. Y eso me encanta.
- Sabes que soy rarita.
- Eres perfecta a tu manera.
- Te quiero Chris.
- Y yo a ti Lena.
Y me besó mientras seguía sonando nuestra canción.
sábado, 10 de diciembre de 2011
Capítulo 20: A todo el mundo le duele

Pasaron unos cuantos días sin que llegara a pasar nada entre Christopher y yo. Nos hablábamos, y él intentaba actuar con normalidad conmigo, pero ya casi nada era lo mismo.
Llevaba todos esos días intentando estar con él a solas, pero él siempre encontraba un pretexto para que no estuviéramos solos. No habíamos estado solos en ningún momento. Y quería hablar con él, pero era imposible. Por más que yo intentara arreglar las cosas con él, más me evitaba.
Pero yo no me refería únicamente al tema del sexo, sino a intentar arreglar nuestra relación. Quería a Christopher, y había estado demasiado tiempo sin él como para ahora dejarlo. No quería dejarlo. Lo quería. Puede que demasiado. Y sabía que él me quería a mí, por eso no podía entender por qué me rechazaba. ¿Acaso le importaba más su propia conciencia que yo?
En esos días que no pude hablar con Chris, me entretuve con otros asuntos. El bebé de Nat crecía lentamente mientras que su madre debía guardar reposo en sus horas libres. Nadie en el internado se había enterado de su embarazo aparte de nosotros, y Nat no pensaba decirlo a no ser que fuera estrictamente necesario.
Pero Nat estaba radiante. Casa día estaba más feliz, pese a los vómitos de por la mañana y las náuseas en las comidas. Jerry se había convertido en su sombra, y siempre estaba con ella para lo que necesitara. Y cada día que pasaba estaban más enamorados que nunca. Me alegraba mucho por ellos. Se lo merecían.
Penny, Charlie y yo queríamos organizarle un babyshower, y de eso hablábamos cuando Nat recibió su primer regalo:
- ¿Para cuándo el babyshower? – preguntó Nat.
- Nat, ¿no crees que eres un poco impaciente?
- No tengo nada de bebés. Ni siquiera un par de patucos. Ni un babero. No soy impaciente, soy realista.
- Ya te regalaremos algo, no te preocupes. – le dijo Penny.
- No si antes le regalo yo algo – dijo Jerry apareciendo en la habitación sin llamar.
- En otras circunstancias te reñiría por entrar sin llamar, pero en esta no. ¿Qué me vas a regalar? – le preguntó Nat, que estaba más ilusionada que una niña el día de Navidad.
- No es para ti querida, es para el bebé.
- Dámelo Jerry – le dijo Nat arrebatándole el paquete, que abrió corriendo.
De la caja antes perfectamente envuelta salieron un pijama de bebé, unos patucos, un gorrito y un babero, todos ellos en color verde.
- Jerry, es todo precioso, pero es tan…
- Verde – completamos Charlie, Penny y yo.
- Lo sé, lo sé, pero como todavía no sabemos si es niño o niña, pues lo cogí todo en este color, porque sirve para ambos sexos.
- Eres incorregible – le dijo ella dándole un beso.
Chris entró en la habitación y se sentó a mi lado, agarrándome por la cintura y posando un beso en mi pelo.
- ¿Habéis leído el último boletín de Fionna Catchpole? – preguntó Jerry.
Fionna Catchpole. Hacía tiempo que no oía hablar de ella. Jerry me pasó el folio ya manoseado, que empecé a leer mientras Chris hacía lo mismo por encima de mi hombro.
“Hola a mis queridos compañeros de St. Peter:
Como siempre, vuestra fiel Fionna Catchpole os cuenta los últimos cotilleos del internado.
Parece que hay crisis entre la realeza. Según mis fuentes, nuestro rey Christopher y nuestra nueva Queen Bee Lena Williams ya no están tan acaramelados como al principio. ¿Por qué será? Sólo podemos hacer caso a los rumores, y el que suena con más fuerza es el de Christian Valley. Al parecer, el ex alumno de St. Jude ha empezado una relación con la comentarista de fútbol americano del internado, la famosa y omnipresente Jill Blackstone, hecho que no les ha hecho mucha gracia a nuestros reyes. ¿Será esa la causa de su crisis amorosa o tendremos que volver a hacer conjeturas?
Se despide de vosotros vuestra cotilla favorita,
Fionna Catchpole”
- Siento que hayas tenido que enterarte de esa manera. – dijo Valley apareciendo de repente con una chica morena muy guapa.
- ¡Christian! – le respondí levantándome de mi cama. – Eres un amigo pésimo.
- Lo sé, y por eso quería presentarte a mi novia personalmente. Lena, te presento a…
- Jill Blackstone. – me dijo ella muy sonriente. – He oído muchas cosas sobre ti, sobre todo malas, pero créeme, eres encantadora.
- Un placer conocerte Jill. Me encantan tus comentarios en los partidos.
Jill me sonrió. Era realmente guapa. Alta, de piel morena, pelo negro larguísimo y muy liso, ojos oscuros y una sonrisa preciosa. Sus pómulos altos y la forma de la barbilla me indicaban que debía de ser cheroqui.
- Hola Jill, me alegro de verte de nuevo – le dijo Chris algo frío. ¿Sería por Valley? – si me disculpáis, tengo que irme, tengo algunos asuntos que resolver. Valley, chicas, os veré luego.
Y Chris se fue de la habitación. ¿Qué mosca le había picado? ¿Y por qué se había ido tan de repente? Vale, Chris seguía odiando a Valley, pero yo ahora salía con él, y había dejado a Valley por él. No podía enfadarse por el hecho de que siguiéramos siendo amigos.
Me disculpé con el resto del grupo y me marché de la habitación. Por suerte, pillé a Chris en la mitad del pasillo.
- ¿Qué te ha pasado ahí dentro?
- Nada, estoy perfectamente. – contestó él sin darle mucha importancia al asunto.
- Chris, puedes contármelo.
- No hay nada de lo que hablar Williams. – contestó él de manera muy fría.
Me quedé helada en ese momento.
- ¿Qué coño te pasa? ¿Acaso tengo yo la culpa?
- No es por eso. – contestó él, refiriéndose a la discusión que habíamos tenido acerca de mi virginidad.
- ¿Entonces por qué es?
- No quiero hablar contigo de eso.
Y se marchó, dejándome sola en el medio del pasillo. Me daban ganas de llorar, pero era demasiado orgullosa como para hacerlo. ¿Por qué estaba enfadado? ¿Y por qué me había tratado así?
Tenía que hablar con él urgentemente. Las cosas no podían quedar así entre nosotros en ese momento. Tenían que arreglarse, porque si no, desembocarían en una ruptura.
Encaminé mis pasos hacia la residencia de los chicos, convencida de que encontraría a Chris allí. Llegué frente a la puerta, y tras dudar un momento, la abrí.
Entré en la habitación convencida de que encontraría a Chris, y sin embargo, a quién me encontré fue a Johnny con su guitarra acústica, tocando unos acordes. Tras unos segundos, reconocí la canción. Era “Everybody hurts”, del grupo R.E.M. Y la canción que mejor pegaba con mi estado actual de ánimo.
Me senté a su lado, escuchando cómo cantaba la canción con esa voz suya tan suave, tan diferente de la varonil que tenía cuando hablaba.
“A veces todo el mundo llora y a veces a todo el mundo le duele”, cantaba Johnny todavía sin prestarme atención. Bonita frase que resumía perfectamente el momento que acababa de vivir.
Palpé mi bolsillo en busca de un cigarrillo, pero ya se me habían acabado. Había fumado demasiados en los últimos días.
- ¿No crees que ya has fumado bastante? – me preguntó Johnny, que ya había terminado de cantar.
- No lo suficiente.
- ¿Qué es lo que te preocupa, Lena?
Mis ganas de llorar no se hicieron esperar, y me eché a llorar desconsoladamente:
- Lena, no llores por favor. – me suplicó Johnny poniéndose de rodillas delante de mí.
- Yo sólo quería hablar con Chris…
- Chris está hablando con el entrenador Krauss, volverá pronto.
- Entonces me voy.
- Venga Lena, no te vayas.
- Está bien, me quedaré. ¿Tienes cigarrillos?
- Sabes perfectamente que no fumo. Y tampoco se los voy a robar a Jerry para solucionar tus problemas.
Permanecimos en silencio unos segundos, antes de que él volviera a hablar.
- ¿Qué es lo que pasa entre Chris y tú?
- Tenemos problemas, eso es todo. Se solucionarán pronto.
- Estás demasiado deprimida como para que me crea eso. Lena, puedes contármelo.
- Es largo de explicar.
- Tenemos un rato antes de que aparezca alguien. – me aseguró Johnny, y eso fue lo que me decidió a contárselo.
- Chris no quiere acostarse conmigo porque soy virgen. – le confesé muerta de la vergüenza.
- ¿En serio?
- En serio.
- Joder, no creía que Chris fuera así. Ha pasado mucho tiempo desde aquello.
- ¿Desde aquello?
- No sé si contártelo. Aunque, de todas maneras, ya lo sabe todo el internado.
- ¿Qué es lo que saben Johnny?
- Hace unos tres años, Chris salió con una chica, y le gustaba bastante. Ella fue la primera vez de él, y al poco tiempo lo dejó. Por eso Chris no se acuesta nunca con chicas vírgenes, no quiere que le pase lo de la otra vez.
- ¿Quién era esa chica?
- Jill Blackstone. No es que sea mala persona, es sólo que es una rompecorazones.
- Entonces Chris no se enfadó porque yo fuera amiga de Valley, sino porque se enteró de que Jill estaba saliendo con Valley.
- Por eso mismo. No quiere hacerte a ti lo mismo que ella hizo con él.
- Pero yo no voy a dejarle.
- Lo sé Lena, pero él tiene ese miedo.
- Yo no sé qué puedo hacer. He intentado hablar con él, pero ha estado evitándome. Y solo me queda una solución.
- ¿Y cuál es?
- Dejar que otro me desvirgue.
Johnny se quedó en estado de shock durante un minuto, y cuando volvió a la realidad estaba muy cabreado.
- No puedes hacerle eso a Chris. Lo matarías, literalmente.
- ¿Entonces qué hago? ¿Lo dejo? ¡No quiero dejarle! ¡Lo quiero! Y es lo único que puedo hacer para recuperarlo.
- Hay otras alternativas.
- No tengo ninguna John. Es eso o dejarle, y eso es algo que no quiero hacer. No quiero ser virgen
- Ya sabes lo que tienes que hacer.
- Es mi única opción.
- ¿Y quién va a ser el elegido? – preguntó Johnny con curiosidad.
Lo miré fijamente, dándole a entender la respuesta. Johnny, al comprenderlo, abrió mucho los ojos.
- No, ni hablar. Ni de coña. Que no se te vuelva a pasar por la cabeza.
- Por favor Johnny, no me queda otra alternativa. – le supliqué.
- Por dios Lena, que soy tu casi hermanastro...
- Todavía no lo eres...
- ¡Chris es mi mejor amigo! ¡No puedo hacerle eso! ¡Le mataría!
- Él no se enteraría de que fuiste tú.
- ¿Y qué me dices de Charlie? La amo, y ella no se lo merece.
Mierda. Ya no me acordaba de Charlie.
- Charlie no tiene por qué enterarse.
- Tienes un millón de tíos que se acostarían contigo sin dudarlo.
- Pero no tengo con ellos la suficiente confianza como para hacerlo.
- ¿Y qué me dices de Valley? Es tu ex, al fin y al cabo.
- Valley acaba de empezar con Jill Blackstone. Es tan bocazas y se sentiría tan culpable que se lo acabaría contando. Y no necesito crearme más enemigos. Compréndelo Johnny, eres mi última alternativa.
- No sé si podré hacerlo.
- Por favor Johnny, por favor – le dije mientras comenzaba a llorar otra vez.
Johnny titubeó, pero al final me besó. Nos empezamos a besar bajo mis lágrimas, que caían sin parar y mojaban nuestros labios.
Y entonces pasó lo peor que podría haber pasado. La puerta se abrió, dejando entrar a Kevin, que vio la escena perfectamente y se quedó casi sin respiración.
- Kevin... – susurré antes de que él empezara a hablar.
- Ni me hables Lena. – dijo él muy enfadado.
- Por dios Kev, no es lo que parece. – le aseguró Johnny en vano.
- ¿Cómo que no es lo que parece? ¡Te estabas besando con Lena! – le echó Kevin en cara a Johnny.
- ¡No por gusto Rumsfeld! – le gritó a su vez Johnny.
- Por favor Kev, no se lo digas a nadie. – le supliqué.
Kevin se fue de la habitación sin responder. Mierda, mierda, mierda. La que se había liado.
Kev POV
Salí de la habitación corriendo. Joder. Lena y Johnny. Era impensable. Por dios, si en dos meses iban a convertirse en hermanastros… ¿Qué iba a hacer? ¿Decírselo a Charlie y a Chris? ¿O callarme y hacer como que no había pasado nada?
Casi sin darme cuenta, mis pasos me llevaron hacia el único lugar en el que me apetecía estar en ese momento. Abrí la puerta sin llamar, y, haciendo caso a las protestas de Nat, abracé a una sorprendida Penny con fuerza.
Penny me cogió la cara suavemente, mirándome preocupada.
- ¿Qué ha pasado Kevin?
- Algo que no debería haber visto.
Las caras de preocupación de Penny, Nat y Jerry eran evidentes.
- ¿Qué has visto Kev? – preguntó Nat mientras se levantaba y se acercaba hacia mí, preocupándose a su vez.
- Lena y Johnny se estaban besando en nuestra habitación. – confesé con un fuerte suspiro.
- ¿Qué? – gritó Charlie, que entraba en ese fatídico instante en la habitación.
Mierda. Definitivamente mierda.
Ni a Charlie le dio tiempo a gritar cuando aparecieron Johnny y Lena por la puerta, ni a Penny reaccionar, porque Nat se desmayó y cayó al suelo. Me agaché junto a ella para tomarle el pulso, y vi que el suelo empezaba a llenarse de la sangre que manaba de la entrepierna de Nat.
Penny y Lena empezaron a gritar, junto con Jerry, y como la situación de pánico era general, cogí a Nat en brazos y salimos todos corriendo en dirección a la enfermería. El embarazo de alto riesgo de Nat nos preocupaba a todos demasiado como para empezar a discutir.
Las horas siguientes fueron eternas. Estábamos todos sentados en las sillas que estaban frente a la puerta de la enfermería. Jerry estaba con Nat, a la que asistía una enfermera. Jerry no había salido en ningún momento para despreocuparnos. Y eso era algo muy preocupante.
Estábamos callados, sin saber qué decir o hacer. Yo estaba sentado con Charlie y Chris, mientras que Penny lloraba silenciosamente en el regazo de Lena, que también lloraba, y Johnny les tendía pañuelos de vez en cuando.
El silencio se rompió cuando Charlie comenzó a hablar después de un largo silencio.
- Cuando salgamos de aquí, no quiero volver a saber nada de vosotros dos. – dijo ella con rabia señalando a Johnny y a Lena.
- Charlie... – empezó Johnny.
- No John, no hay nada más que hablar.
La cosa era seria. Charlie estaba muy enfadada con Johnny. Le había llamado John.
- La culpa fue mía – murmuró Lena, intentando disculparse, en vano.
- Me da igual de quien fuera la culpa. Nada de lo que digas me hará cambiar de opinión. – afirmó ella rotundamente.
- Char...
- ¡No me llames Char! – dijo Charlie elevando el tono de voz. – Lo nuestro terminó en el mismo momento en el que decidiste liarte con ella.
Charlie estaba a punto de llorar. La conocía demasiado como0 para saber que de un momento a otro se iba a derrumbar.
- Por dios, si sois hermanastros. – añadió ella con un hilo de voz.
- Te quiero. – susurró Johnny cabizbajo.
- Nada me va a hacer cambiar de opinión, ¿me oyes Morrison? – añadió ella con la voz temblorosa. – Nada.
Y tras toda esa tensión acumulada, se echó a llorar, tapándose la cara para que no la viéramos sufrir.
- ¿Podéis parar de discutir por favor? Lo de Nat es mucho más importante – dijo Chris, bastante frío.
Chris era así. Por muy enfadado que estuviera, no iba a mostrarse nunca así. Iba a ser frío, muy frío. Y no iba a comentar su enfado con nadie. Lo cual era peor, porque toda la tensión y los nervios se le acumulaban, y al final acababa explotando.
Jerry salió de la enfermería, llorando como nunca lo había visto llorar. Se abrazó a las piernas de Chris, sin soltarse ni nada. Chris le abrazó con fuerza. No hacía falta que Jerry dijera nada. Adam o Amy ya no existía.



