sábado, 8 de octubre de 2011

Capítulo 13: Valley


Johnny P.O.V

Estaba enfadado con mi mejor amigo. Chris se había comportado como un capullo con Lena. Y eso que Lena no era como las otras novias de Chris. Era muy inteligente, y amable, y buena, y supongo que todas las cualidades que tienen las chicas perfectas. Además de guapa. Lena era muy guapa. Era algo normal que todos los chicos de este internado nos hubiéramos fijado en ella cuando llegó. Y fue muy normal que Chris la incluyera en su lista de futuras conquistas, pese a lo de la pelea de comida, el castigo, etc.

Pero a pesar de todo eso, Lena era ahora mi mejor amiga, y mi casi hermanastra, ya que confiaba en que nuestros padres se casaran. Y por eso estaba con ella el día que se enteró de que Chris estaba a dos bandas. Lena se había pasado todo el día llorando, y al día siguiente cuando la volví a ver para llevarla a dar una vuelta por Rodeo Drive, ya no estaba tan triste. Sólo un poco tristona, pero conseguí alegrarla contándole mis famosos chistes malos. No entiendo por qué, pero todas las chicas tristes consiguen alegrarse cuando les cuentas un chiste malo, por muy malo que sea.

Al llegar al internado, Chris percibió mi estado de ánimo, y no le daba importancia al hecho de que se había vuelto a acostar con Blondie Fox (muchas veces esa noche, según él). Pero yo seguía enfadado con él. Y se lo dije cuando estábamos calentando en el entrenamiento de fútbol americano, al día siguiente de volver:

- Chris, me has decepcionado. Pensé que eras más caballero.

- Johnny, me conoces demasiado bien para saber que no soy un caballero. Puede que un poco sí, pero no lo suficiente.

Pitido de silbato. Ahora tocaban flexiones.

- De todas maneras, podrías haberle dicho a Lena que no te interesaba. Me habrías ahorrado cuatro cajas de pañuelos y un dolor de cabeza.

- Lena me sigue interesando. – confesó mientras volvía a levantarse, para luego volver a bajar.

- ¿QUÉ?

- Lo que oyes Morrison.

- ¿Entonces por qué te has acostado con Blondie Fox?

- Sequía, amigo mío, sequía. Tanto coquetear con Lena para nada.

- Lena no es una chica de una noche.

- Lo sé. ¿Te crees que me habría peleado con alguien sólo por una chica de una noche? Lo de Barbie fue casi de casualidad, ni yo mismo me lo esperaba. Estaba en el pub de David, ya sabes, el pub al que te arrastro cada vez que vienes a Washington.

- Sí, sé cuál es. No entiendo cómo puede gustarte un antro como ese.

- Los antros tienen un encanto especial que nadie sabe ver. A lo que iba, que me la encontré, y yo ya llevaba unas copas de más, y me convenció para ir a una discoteca que quedaba cerca del Hilton, que era donde se hospedaba. Y el resto de la historia ya lo sabes. Fionna Catchpole lo ha publicado. La foto la sacó una de las lacayas de Barbie, y se la mandó a Fionna.

- A Lena le has hecho daño.

- ¿Por qué? Si ni siquiera estábamos juntos.

- Hay algo llamado “no jugar con los sentimientos de las chicas”.

- Desde que estás con Charlie estás más sensible que nunca… ¿Qué día te viene la regla, Joanna?

Hice como que le iba a pegar un puñetazo, y él salió corriendo, y yo detrás de él. Nos empezamos a pelear de broma, y al final acabamos riéndonos, como siempre hacíamos cada vez que nos peleábamos.

El entrenador Krauss dio un silbatazo, haciendo que empezáramos a correr alrededor de la pista.

- Cambiando de tema, dentro de poco jugamos contra St. Jude, antes de mi cumpleaños.

- ¿Y eso por qué?

- Este año inauguraron la temporada Carlton College de Michigan y St. Patrick’s de Seattle.

- Tienes razón, no me acordaba. Aunque estoy deseando machacar a Valley.

Lena P.O.V

Las vacaciones se fueron tan pronto como llegaron. Ese fin de semana, pese a que había estado muy triste, mi madre no me lo notó. El maquillaje ayudaba mucho. Además, fumaba cuando estaba fuera de casa, así que no hubo sospecha. Volví al internado y la semana se pasó volando al estar cargadísima de deberes. No tuve demasiado tiempo para pensar en Schoomaker. Yo lo evitaba en todo momento, aunque él no paraba de preguntarles a mis amigas por mí. Y, sin darme cuenta, llegó el sábado, y con éste, el partido de fútbol americano.

El famoso clásico de los internados estadounidenses. Antes, yo apoyaba a St. Jude, al estar en ese colegio, pero ahora que me había ido de allí, mi lealtad a ese equipo había cambiado. Nunca me había gustado demasiado ese deporte, y sólo iba a los partidos en los que St. Jude jugaba en Nueva York.

Por todas partes se notaba la emoción del fútbol, que contagiaba a todo el colegio. Sobre todo porque jugábamos contra St. Jude un partido amistoso. Y eso que era un partido amistoso. Qué decir si fuera la copa final. Ese sábado me levanté con puntualidad, desperté a las chicas y me arreglé. Cuando ellas terminaron, bajamos a desayunar.

El comedor se había decorado con el estandarte de St. Peter, de color rojo, y un montón de pancartas decoraban la pared, junto con cintas de colores. Todos estaban emocionados, y ni decir cuando iba a entrar alguien. Las chicas y yo nos sentamos en la mesa. Cuando estábamos a medio desayuno, entró el equipo vestido con el uniforme rojo.

Schoomaker iba de primero, seguido del resto del equipo. El comedor estalló en aplausos y gritos. Los once integrantes del equipo se sentaron en una mesa que habían reservado para ellos. Después de que desayunaran, Schoomaker se levantó de su mesa y se acercó junto con Johnny, Jerry y Kevin a la mesa donde estábamos nosotras. Casi me da un paro cardíaco cuando vi que Schoomaker se dirigía a mí:

- Y bien Lena, ¿vendrás a apoyarme al partido?

- No me llames Lena, Schoomaker. Además, para ti soy Williams, no lo olvides. – le dije amenazante.

- No llevas puesta la camiseta con mi número. Haré que te manden una.

- Por si no habías pillado la indirecta, me pondré una camiseta que diga “No quiero tener nada con Christopher Schoomaker”.

- Créeme Williams, en el próximo partido llevarás una camiseta con mi nombre.

- Créeme tú, Schoomaker, el próximo partido no lo podrás jugar por la patada que te voy a dar en tus partes nobles como no te largues ahora mismo.

Mientras a las chicas les entraba un ataque de risa, Schoomaker se largó de allí en compañía del resto de chicos, y pude oír a Jerry preguntarle a Johnny si yo le haría eso a Schoomaker de verdad.

Las chicas y yo terminamos de desayunar y fuimos en dirección al campo de fútbol. Al salir al exterior, me quedé paralizada al descubrir el autobús de St. Jude. Me dirigí a las chicas.

- ¿Cuándo han llegado los de St. Jude?

- Seguramente de noche, ¿por qué lo preguntas?

- Nada, me sorprendió ver el autobús, pensaba que vendrían en avión. ¿Creéis que habrá venido gente del internado?

- Siempre suelen venir algunos, normalmente las animadoras y toda la élite estudiantil.

- Ok. Vamos yendo hacia el campo que sino no encontramos sitio.

- Vamos.

Caminamos charlando alegremente hasta el campo. Todo el internado iba en esa dirección. Llegamos al campo y nos pusimos en la mitad de las gradas, cerca de la primera fila. El campo estaba lleno. La élite estudiantil del St. Jude estaba sentada en las gradas opuestas a nosotras. No eran demasiados. Distinguí a los gemelos Porter (manipuladores oficiales de St. Jude) hablando con Stephanie Gordon, una de las mayores gilipollas que he conocido en mi vida. Creo que ella y Blondie Fox serían buenas amigas si se conocieran.

El equipo de animadoras del St. Jude hacía sus coreografías mientras el equipo de animadoras de St. Peter competía contra ellas. De entre las animadoras de St. Jude, distinguí a Lina Kingston, mi ex mejor amiga que me había engañado con mi ex novio, junto con sus lacayas, Fanny y Sally, y también a Jen, que era la única persona normal de ese colegio. De nuestras animadoras, destacaba Blondie Fox, que se contoneaba a más no poder junto con Kelly Preston y Katy Colum.

Penny sacó de su bolso unas bufandas color rojo y nos las tendió para que nos las pusiésemos. Miré a mi alrededor y vi que todos llevaban unas bufandas iguales. De repente, el himno de St. Peter comenzó a sonar mientras todos nuestros jugadores entraban. La comentarista comenzaba a comentar:

- Hola a todos, queridos alumnos. Aquí Jill Blackstone para serviros. Hoy se respira un ambiente emocionante, normal es el clásico. Y sin más, ¡el equipo de St. Peter! Morrison, Mackenzie, Rumsfeld, Matthews, Flint, Brown, Wittmore, MacDonald, Jeffries, Collins, y nuestro querido capitán, ¡Christopher Schoomaker!

El estadio estalló en aplausos mientras los jugadores hacían su entrada y Chris saludaba como si fuera una estrella de cine. Creído.

- Y ahora, nuestros invitados, ¡El colegio St. Jude! Preston, Grey, Winston, Kennedy, Wilkes, Philips, Proud, York, Hobbes, Jones, y su capitán, ¡Christian Valley!

- ¡¿QUÉ?! – grité sin darme cuenta.

- ¿Qué pasa? – me preguntó Penny

- ¡Valley está aquí! – respondí.

- Claro que está aquí, es el capitán de St. Jude. ¿Qué le pasa? – preguntó Charlie.

- ¡Que es mi ex! – grité.

- ¡¿QUÉ?! – gritaron Charlie y Penny a la vez.

- ¿Cómo que tu ex? – dijo Nat.

- A ver, el curso pasado estaba saliendo con Christian, pero unas dos semanas antes de lo del divorcio de mis padres, fui a su casa. Estaba decidida a hacerlo con él por primera vez, pero lo pillé con mi ex mejor amiga y jefa de las animadoras, Lina Kingston. Es esa morena con las mechas rosas, la que se contonea igual que Blondie Fox.

- Menuda pinta de víbora que tiene. – comentó Charlie.

- Es peor en la realidad. Era mi mejor amiga desde los diez años, y se acostó con Christian.

- No puedo creerme que tu ex fuera Valley. – dijo Penny.

- Ahora lo comprendemos todo. – contestó Nat.

- Comprendemos ahora por qué te quedaste con cara de estar en otro mundo cuando te dijimos que jugábamos contra St. Jude. – la secundó Charlie.

- Parecéis el trío siniestro. – dije.

- Por lo visto sí. – contestó Penny riendo.

- Pero hay algo que no entiendo. Mira toda la élite de St. Jude. Los gemelos Porter, Stephanie Gordon, Lexie Parker, Tony Crysler… ¿Por qué si estabas saliendo con Valley, y por ello pertenecías a la élite, nunca viniste aquí? Siempre viene toda esa chusma. – preguntó Charlie.

- Sinceramente, nunca me había interesado el clásico, y prefería pasar ese fin de semana yendo de compras o haciendo otra cosa que irme a un internado perdido en el medio de la nada. Aunque fuera animadora.

- ¡¿Fuiste animadora?! No me lo puedo creer. ¿Cómo es que tú, tan inteligente y con tanta personalidad, pudiste ser animadora? – me gritó Nat.

- A ver, a mi me gustaba lo de ser animadora, y me sigue gustando, pero ya te lo he dicho, me gustaba más ir de compras, y después de dejar a Valley, dejé el equipo.

- Qué fuerte me parece todo esto…

- Pero no entiendo por qué si vosotras sois populares aquí y lo érais antes de que yo viniese al internado, ¿por qué no veníais a los partidos en Nueva York?

- Por mucho que nos guste Nueva York, odiamos viajar con las animadoras. – dijo Nat.

- Además, el tiempo que estaríamos en Nueva York no llegaba para irnos de compras una vez que acabara el partido. – la secundó Penny

- Y no entiendo por qué nunca te vieron los chicos si eras animadora. – terminó Nat.

- Nunca me gustó el clásico, por eso nunca iba. – les respondí.

Charlie, la única que prestaba atención al partido (o a su novio, no sabría decirlo con exactitud), nos mandó callar:

- Oíd, ¿podéis dejar de hablar? Para algo vinimos al partido – dijo Charlie medio en broma medio en serio.

- Chicas, dejemos de hablar, la futura señora Morrison se enfada.

Charlie me miró mal y Nat y yo nos empezamos a reír a carcajadas.

- No entiendo por qué se enfada tanto si el resto de las gradas también habla.

- En realidad todas las chicas están más pendientes de su conversación que del partido. – dijo ella mientras le robaba una bolsa de pipas a Penny del bolso aprovechando que ésta estaba concentrada en el partido. – El sector masculino atiende.

- Mira que atentos están. Si Blondie Fox se desnudara ahora mismo, ni lo notarían.

- ¡Bien! ¡Punto! – exclamó Charlie

- ¿Ya? – pregunté extrañada.

- ¡Claro! Si estáis hablando de Blondie Fox en vez de atender… – contestó Penny riéndose.

- Todo el mundo está comentando el largo de la falda de Blondie Fox. – dije yo.

- ¿Y quién marcó? – preguntó Nat, interesándose en el partido.

- ¡Chris! Le dio una patada a Preston, pero el árbitro no lo ha visto.

- Ah, ok, venga, vamos a ver el partido. – dije yo esta vez.

Jill Blackstone seguía comentando.

- ¡Y St. Peter marca! Si señores, Schoomaker reacciona y marca. Y, qué ven mis ojos, ¡St. Jude no se queda atrás! Ahí va Valley a remontar. La cosa está calentándose señores, preparen unos cuantos cubos de agua fría.

Seguimos viendo el partido. Punto que marcaba Schoomaker o cualquier otro del equipo, punto que remontaba St. Jude. Llegamos a la ronda final del partido. Estábamos a empates con St. Jude. Si marcábamos en esta ronda, ganábamos. Los chicos estaban nerviosos, y la tensión en el estadio era palpable.

El árbitro pitó el inicio. Chris corrió por todo el campo mientras todo el equipo de Valley le perseguía. Parecía que quería llegar a la línea de touchdown, pero antes de que llegara, le lanzó el balón a Johnny y Johnny corrió hacia la línea… y llegó.

- ¡¡¡¡¡¡¡¡¡TOUCHDOWN!!!!!!! – gritamos todas sin darnos cuenta.

El público enloqueció y nosotras con ellos. St. Peter había ganado, y era lo que importaba en aquel momento. Todos arrojamos nuestras bufandas al cielo y bajamos al campo a celebrarlo. El campo se llenó de estudiantes de St. Peter celebrando la victoria. Los chicos llevaban a Johnny a los hombros. De repente, Johnny se bajó de los hombros de los chicos y cogió a Charlie y la besó. Todos volvimos a aplaudir y a gritar como locos mientras los de St. Jude nos miraban mal.

***

Más tarde, me encontré en la sala de fiesta del otro día celebrando con mis compañeros la victoria en el partido. Estábamos con el mismo decorado que el otro día, pero con algunos elementos diferentes. Charlie y Johnny bailaban juntos al lado de Penny y Kev, estaba toda la élite de St. Jude presente y Schoomaker no estaba con Blondie Fox (¡milagro!). Nat y yo charlábamos alegremente cuando alguien me agarró de la cintura y me besó en el cuello. Sentí un escalofrío y me giré para ver la cara de la persona. Lo que me imaginaba. Christian.

A pesar de los muchos meses que hacía que no lo veía (seis meses, concretamente), aún me acordaba de lo mucho que me gustaba. Christian Valley me había vuelto loca desde que había entrado en St. Jude, pero había sido inalcanzable hasta el año pasado. Me acuerdo perfectamente de cómo habíamos empezado. Me había tocado ser la jefa de las animadoras temporalmente, debido a la operación de apendicitis de Lina. Y entonces un día, me empezó a hablar, me acompañaba después de clase… Hasta que salimos juntos. Durante cinco meses y medio fui muy pero que muy feliz, pero no sabía que por aquel entonces Christian ya me engañaba con Lina. Y tuve que pillarlos para darme cuenta de lo imbécil que había sido al no relacionar que él sólo había salido conmigo porque había sido la jefa de animadoras durante tres meses.

Pero aún con todo el daño que me había hecho, me seguía pareciendo guapísimo. Alto, con el pelo oscuro y los ojos claros, y esa sensación de que tú eras la reina de su mundo, lo bien que me hacía sentir…

- Hola preciosa, hacía mucho tiempo que no te veía.

- ¿Qué coño haces aquí Christian? – le dije con todo el odio contenido.

- Eh, ¿qué recibimientos son esos para mí? – preguntó sorprendido.

- Los que te mereces. – le respondí secamente.

- ¿Y eso? Te recuerdo que salimos. Durante cinco meses y medio.

- Y yo te recuerdo a ti que te pillé en la cama con Lina Kingston, mi ex mejor amiga.

- Ah, memoria mía…

- Sí, sí, tú hazte el olvidadizo. ¿Qué has venido a hacer aquí?

- Tu siempre directa al grano. ¿Y si sólo quise verte a ti?

- Para verme a mí, habrías podido ir durante el verano a California a verme en vez de tirarte al resto del equipo de las animadoras.

- No fue a todo el equipo. Me faltaste tú.

- Creo que la razón por la que no me acosté contigo estuvo bastante clara, ¿no lo crees? Y ahora bien, ¿por qué viniste aquí?

- Vine a jugar un partido, que por cierto, he perdido. ¿Y tú por aquí? Pensaba que seguías en California.

- Dale las gracias a mi madrastra.

- Ah, Courtney Williams. Encantadora.

- Eres insoportable.

- Sé que en realidad no piensas eso de mí

Le miré muy pero que muy mal.

- Pero quería preguntarte una cosa. – dijo él haciendo caso omiso de mi mirada – ¿Te gustaría verme más a menudo?

- Ni en tus sueños Christian.

- En todo caso en los tuyos querida. Venía a informarte de algo. Tu querido internado, St. Peter, ha llegado a un acuerdo con St. Jude para intercambiar estudiantes. Y visto que quieres verme por aquí – le miré incluso más mal que antes – pues me he ofrecido para que me pongan aquí.

- ¡¿QUÉ HAS HECHO QUÉ?! – le pregunté histérica.

- Lo que oyes Lena. Lo único que me ha hecho tomar esa decisión has sido tú.

- ¿Yo?

- Sí, tú. Solamente tú.

- Perdóname, pero creo que te he entendido mal. ¿Has dicho que te cambias de colegio por mí?

- Exacto. He venido con la intención de recuperarte, y no me iré hasta que lo consiga. – y me besó suavemente en los labios antes de irse.

Nat se me quedó mirando con cara de alucinada. Me cogió del brazo y me sacó de la fiesta. Salimos al exterior y caminamos hasta los bancos de piedra del jardín. Me senté y Nat se quedó de pie. Ella encendió un cigarrillo y me ofreció uno. Yo sólo fumaba cuando estaba sin saber qué hacer o estaba psicológicamente mal, y como este era el caso, acepté:

- Nat, ¿has visto lo mismo que he visto yo? – le pregunté, después de la primera calada.

- ¿Que tu ex está muy bueno?

- ¡Natalie Anne!

- ¿Qué pasa? ¡Si es la verdad!

- Bueno, dejando aparte ese hecho… ¡Me ha besado! ¡Y sin mi permiso!

- ¿Nunca te han robado un beso?

- Pues solo él y bueno, Christopher también… Y puede que unos cuantos más.

- ¿Entonces qué ocurre?

- Pues que… Quiero a Chris…

- ¿Qué Chris? ¿Schoomaker o Valley?

- ¡Schoomaker Natalie!

- ¡Así que por fin lo reconoces!

- ¡Calla! ¡No lo repitas! Pese a todo lo que me ha hecho, quiero a Christopher. Lo quiero, aunque intente salir conmigo y luego se acueste con Blondie Fox.

- ¿Y por qué si lo quieres no le das una oportunidad?

- Él y yo no podemos estar juntos. Si ni siquiera conseguimos sernos fieles el uno al otro cuando estamos juntos… Nos hacemos mucho daño mutuamente. Si estuviera con él, el daño sería peor.

- Si no has estado nunca con él, no podrás saber si os haréis daño el uno al otro.

- Lo sé, pero estar con él es imposible. Además, Christian es…

- Guapo, atractivo, tremendamente sexy…

- Sí. ¡Pero es Christian! ¡Y salí con él! Y Christian no es como Schoomaker, tiene… buf, no sé… Algo

- ¿La sensación de que eres la única en su vida?

- ¡Eso es! Aunque al final me engañara…

Después de una larga calada, a Nat se le iluminaron los ojos.

- ¡Perfecto! ¡Lo tengo! ¡Vas a salir con Valley!

- ¡¿QUÉ?!

- Que sí. Es perfecto. Christopher odia a Christian aún más que a White. ¡Soy un genio!

- ¡Quieta ahí genio! ¿Tú alguna vez piensas lo que dices? ¡Chris matará a Valley!

- Lo sé. Esto va a ser peor que “Romeo y Julieta”.

- ¡Otra vez con Romeo y Julieta!

- Aún encima que interpretas a Julieta…

- ¡Nat!

- Ok, me callo, pero tu vas a salir con Valley. Si sales con él y descubres que Christopher está celoso, sabrás que él no puede vivir sin ti. Por eso tienes que salir con Valley. Sólo si sales con Valley, acabarás con las defensas de Chris, y estaréis juntos.

- Lo intentaré. Volvamos a la fiesta. – le dije mientras aplastaba el cigarrillo con la punta del tacón.

Nat y yo volvimos a la fiesta. Allí estaba Christian con sus amigos y con una copa en la mano. Decidida, miré a Nat, que me apretó el brazo para darme fuerza. Antes de ir a por Christian, miré a Schoomaker, que se reía con Jerry ajeno a lo que me pasaba. Suspiré y me acerqué a Christian. Él se giró al verme, y sin perder el tiempo lo besé. Christian, sorprendido al principio, me siguió.

Ya no me acordaba de los besos de Christian. Eran de los que parecían no terminar nunca, y también deseabas que no acabaran. Siguiendo nuestro patrón habitual de beso, él me agarró por la cintura, pegándose más a mí, mientras que yo hundía los dedos en su pelo.

Al acabar, oí como toda la fiesta nos echaba silbidos y me giré con el tiempo para ver a la élite de St. Jude con caras de asombro y a Christopher con un vaso roto en la mano. En ese momento quise ir a verlo, pero me recordé a mí misma el plan Christian.

- Christian, me he dado cuenta de que sí que quiero que te quedes.

Lo sé, y me alegro. – y me besó de nuevo.



jueves, 6 de octubre de 2011

Capítulo 12: Acción de Gracias

Los días posteriores a la reunión que habían mantenido nuestros padres con el director y el resto del equipo directivo se me pasaron muy rápidos por una serie de circunstancias. En primer lugar: estaban los exámenes. Los profesores pensaban que sus alumnos eran auténticas máquinas de memorizar, así que los exámenes me obligaron a pasar bastantes horas en la biblioteca, haciendo que perdiera horas de sueño y tiempo para salir a correr por el internado. A mis amigas las seguía viendo, ya que habíamos montado un grupo de estudio, y, aprovechando la inteligencia de Kevin, le preguntábamos sobre todo lo que estudiábamos en las materias que teníamos todos en común.

Y la segunda razón fue por los ensayos de la famosa obra de “Romeo y Julieta”, que nos obligaban a Schoomaker, a mí y a un grupo de estudiantes a que tuviéramos que ensayar horas extras, debido a la cercanía del estreno, que sería después de Acción de Gracias y después del primer partido que jugaría el equipo de rugby de St. Peter contra cualquier otro de la liga juvenil de internados.

Y llegó el cuarto jueves de noviembre, Día de Acción de Gracias. Tal y como le había prometido a mi madre hacía ya algunas semanas, tuve que dejar el internado para coger un vuelo que me llevaría rumbo a Los Ángeles, concretamente al número 995 de North Beverly Drive, en Beverly Hills. La casa de mi abuela me encantaba desde que era una niña. Era una vivienda de dos plantas, con sótano y un jardín lo suficientemente grande como para tener una piscina. La casa era demasiado sencilla en comparación con el poder adquisitivo de mis abuelos Westwood, ya que mis abuelos habían montado el “Lazy Cook”, uno de los restaurantes de comida casera más famosos de Los Ángeles. Después de la muerte de mi abuelo Phil cuando yo tenía siete años, mi abuela había dejado el restaurante, y ahora las que disfrutábamos de su excelente comida éramos mi madre y yo.

Mi madre fue a recogerme al aeropuerto en su BMW rojo descapotable, que había adquirido después del divorcio. Estaba tan guapa como siempre (peinado de la peluquería, conjunto de la nueva colección de Prada, maquillaje). Pero, por algún extraño motivo, la encontraba algo nerviosa. Aprovechando que yo sacaba mis Ray Ban Wayfarer negras de mi Chanel 2.55 para que el viento no me diera en la cara, le pregunté:

- Mamá, ¿te pasa algo?

- ¿A mi? Para nada cariño – añadió con cierto nerviosismo.

Vale. Estaba nerviosa, y ahora me tocaba averiguar el porqué.

- Mamá, estás como en el día de mi puesta de largo, y eso no es normal, ya que estamos conduciendo hacia la casa de la abuela. ¿Le ha pasado algo a la abuela?

- ¿A la abuela? Pero si está más sana que tu y que yo juntas.

Vale, el problema no era mi abuela.

- ¿Te ha llamado papá por algo preocupante?

- Para nada cariño. Mi relación con tu padre es muy cordial en estos momentos.

- ¿Entonces qué te pasa? Ni que tuvieras un novio y no quisieras contármelo.

En ese momento, mi madre enrojeció como una colegiala.

- ¿Tienes novio? – pregunté sorprendida.

- No, es sólo un amigo especial.

- Mamá, no tengo ocho años. Puedes contármelo.

Mi madre apartó la vista del volante unos segundos, dedicándome una mirada de lo más cariñosa, para luego volver a concentrarse en la carretera.

- Está bien. Tengo novio.

- ¿Cómo es? – dije yo interrumpiéndola.

- Pues… Es perfecto. Es educado, caballeroso, interesante, tiene buena conversación, le gusta el arte… Tenemos muchas cosas en común.

- ¿Y de físico?

- Lena, recuerda que la belleza está en el interior.

- Pero me reconocerás que también ayuda. Y no evites la pregunta, ¿es guapo?

- Es muy atractivo.

- ¿Te gusta mucho?

- Me gusta mucho. Creo que estoy enamorada de él.

- Mamá, me alegro mucho por ti. Te lo mereces – le dije sonriendo.

Mi madre esbozó una sonrisa enorme.

- ¿Es más o menos de tu edad?

- Sólo me lleva un par de años.

- ¿No serán 20 años también?

- Créeme Lena, en estos momentos no estaría con alguien que me llevara tantos años. Además, él me lleva tres años.

- ¿Cuánto tiempo lleváis?

- Unas dos semanas. Nos vemos todos los días.

- Entonces, es alguien que trabaja contigo.

- No trabaja conmigo. Se dedica a la política. Pero créeme, en todas las conversaciones que hemos tenido apenas hemos hablado de política. El día que no cenamos juntos, vamos a comer, de paseo, al cine… Y voy a tomar el brunch con él todos los domingos. Créeme, es un hombre maravilloso.

- Por lo que dices de él, te creo.

- Pero eso no es todo. No se como ha averiguado que me encantan las peonías, pero a partir de la tercera cita que tuve con él, cada día recibo un ramo de peonías.

- Se ve que es un romántico - le dije sonriendo.

En serio, me encantaba que mi madre ahora estuviera tan feliz. Volvía a ser la persona que era antes del divorcio. Sabía que tarde o temprano volvería a enamorarse, ya que mi madre era una romántica incurable.

El resto del camino hacia la casa de mi abuela (y actual casa de mi madre), lo pasamos escuchando un CD de Michael Jackson que nunca había oído en el coche de mi madre. Mientras ella canturreaba “Remember the time”, yo hablé:

- Este CD nunca lo había oído aquí.

- Es un regalo de él. Sabe que adoro a Michael Jackson. Y sobre todo esta canción. Do you remember the time that we fell in love? – cantó ella.

- Te encanta esa canción.

- Lo sé. Es mi canción con él.

- ¿En serio?

- En serio. En nuestra primera cita, me llevó a cenar a un sitio fantástico, tendremos que ir tú y yo allí algún día, el entrecot con salsa de trufas estaba buenísimo. Y luego, me llevó a una de esas discotecas para adultos. Ya sabes, esas en las que ponen canciones de mi época. Y me acuerdo que sonó esta canción, y yo dije que era mi canción favorita. ¿Te puedes creer que esa canción también es su canción favorita?

- Mamá, definitivamente pareces una quinceañera.

Mi madre empezó a reír, y yo me uní a sus risas. Y, con la voz de Michael Jackson de fondo, llegamos a casa de mi abuela.

La casa estaba tal y como la recordaba. De un color rojizo, con las ventanas, la puerta y el porche pintados de blanco, y varios parretes de flores plantados a lo largo de la parte delantera del jardín.

Mientras mi madre descargaba mi maleta del maletero, yo corrí hacia la puerta, que sabía con seguridad que estaría abierta. La abrí, entrando en el recibidor de la casa. Las paredes estaban llenas de fotografías enmarcadas de mis abuelos, de mi madre de joven, de mi a lo largo de mi vida… Las fotografías en las que salían mis padres juntos habían sido substituidas por las fotos de Dexter, el collie crema de mi abuela.

Supuse que encontraría a mi abuela en la cocina, y en efecto, no me equivocaba. Allí estaba, totalmente inmersa en su mundo y en su forma de vida. Como sabía que ahora ella estaba ensimismada en su mundo, escuchando rancheras mexicanas mientras terminaba de cocinar las verduras, le grité:

- ¡Abuelita!

Mi abuela, volviendo a la realidad, se giró, y corrió a abrazarme también.

- Lenita, Lenita, has crecido un montón.

- Que va abuela, pero si sigo igual que siempre.

- Igual que siembre no. Estás más guapa que la última vez que te vi. Aunque estás muy delgada. ¿Acaso no te dan de comer en ese internado tan pitiminí?

- Claro que como abuela, lo que pasa es que yo no engordo.

- No te preocupes, que con la cena tan rica que ha hecho la abuela vas a engordar por lo menos tres kilos.

- Seguro que está tan rica como siempre – dije, acercando uno de mis dedos al plato que contenía puré de patata, pero no legué a probarlo, ya que mi abuela me dio con la cuchara de madera en los nudillos. - ¡Ay! ¡Abuela!

- No metas los dedos en la comida. Ya tendrás tiempo de probarla. Además, hoy tenemos invitados.

- ¿Invitados? ¿Viene la tía Martha?

Mi tía Martha no era exactamente mi tía, ya que mi madre era hija única, pero era la mejor amiga de mi madre, y ese hecho la convertía automáticamente en mi tía postiza.

- No, Martha no podía venir hoy. Tenía cena en casa de su madre.

- Entonces, ¿quién viene?

- Pregúntaselo a tu madre. Ni siquiera lo sé yo.

Vale, eso era muy raro. ¿Quién era el novio misterioso de mi madre? ¿Vendría a cenar con nosotras en esta fecha tan importante?

La mesa ya estaba puesta, así que me dispuse a ir hasta mi habitación para asearme antes de cenar. La ducha me sentó de maravilla, y para cuando ya me había vestido con un jersey fino color rojo de cachemir con los pantalones de príncipe de gales verdes, bailarinas de color rojo (ya que no me apetecía ponerme tacones) y peinado con un semi recogido, sonó el timbre de la puerta. Como estaba en el salón terminando de leer por decimocuarta vez “Desayuno con diamantes”, fui yo la que abrió la puerta, y mi sorpresa fue mayúscula cuando me encontré frente a frente con Johnny y su padre, Joe Morrison.

- ¡Joe! ¡Johnny! Llegáis justo a tiempo. La cena ya está casi lista. – dijo mi madre dándoles la bienvenida.

Yo todavía seguía en un medio estado de shock mientras que mi madre nos conducía al comedor, donde mi madre y yo ya habíamos puesto elegantemente la mesa. Sobre el mantel de un blanco inmaculado, descansaba la vajilla que utilizábamos todos los años con motivo de esa fecha, junto con las copas de cristales de colores y. Y, dispuestos sobre bandejas, descansaban los exquisitos platos típicos de Acción de Gracias: judías verdes, batata dulce, puré de patata con gravy, salsa hecha del jugo del pavo… Pero faltaba el tradicional pavo, que se encargó en ese momento mi abuela de depositar en el medio de la mesa. Se limpió las manos en el delantal que llevaba puesto antes de ir a saludar a nuestros invitados:

- Así que usted es el nuevo amor de Lily… Veo que esta vez mi Lily ha encontrado a alguien más adecuado para ella. El otro sólo tenía 4 años menos que yo. Encantada de conocerle señor Morrison.

- Igualmente señora Westwood. Lily me ha hablado mucho de usted. – dijo él tendiéndole una mano, que mi abuela estrechó. – Y por favor, llámeme Joe.

- Lily, por lo menos éste sabe mentir mal. Haréis buena pareja. Y tú jovencito – dijo dirigiéndose a Johnny – debes de ser el pequeño John. Aunque tampoco eres tan pequeño como te imaginaba. Supongo que tendrás la misma edad que mi Lena.

- Casi. Mi cumpleaños es dentro de dos semanas.

- Entonces como ella. Bueno, dejémonos de presentaciones y sentémonos a cenar.

Todos nos sentamos alrededor de la mesa, quedando mi abuela sentada en la cabecera de la mesa, con mi madre y Joe a un lado, y Johnny y yo al otro.

- Lily, bendice la mesa, por favor.

- De acuerdo. Tomaos de las manos.

Todos los tomamos de las manos, mientras mi madre entonaba la oración con su alegre voz.

- Señor, te damos las gracias hoy por estos alimentos que están sobre la mesa, y te pedimos que no dejes que nos perdamos, que encontremos en camino correcto cueste lo que cueste, y no dejes que nos rindamos nunca.

Las palabras de mi madre aún sonaban en mi cabeza después de que terminara. Ella hablaba sobre hacer lo correcto. ¿Estar con Christopher era lo correcto, aún sabiendo que íbamos a hacernos daño el uno al otro? ¿Y lo de no rendirse? ¿Significaba eso que debía estar con Chris aunque mi cabeza me dijera que no pero mi corazón sí?

La voz de mi abuela interrumpió mis pensamientos, despejando así mi cabeza y haciendo que regresara al mundo real.

- Joe, ¿te importaría hacer los honores?

- No se preocupe señora Westwood, yo solo soy el invitado.

- Entonces lo haré yo. – dijo mientras trinchaba el pavo.

La comida se pasó tranquila y muy amena. No podía dejar de mirar el profundo amor que mi madre tenía con Joe, demostrado con caricias, discretos besos en la mejilla y miradas llenas de significado. Estaba muy feliz por el hecho de que mi madre al fin, después de su casi depresión por el divorcio, hubiera encontrado el amor otra vez. Y lo mejor era que lo hubiera hecho con el padre de Johnny.

Según me contó Johnny horas más tarde, cuando estábamos en mi habitación, Joe se había enamorado de Carol Black cuando la había visto entrando en su clase de leyes. Tras un largo cortejo (o eso opinaba Joe, lo cierto es que fueron dos meses, Carol fue la primera chica que se le resistió), empezaron a salir juntos. El día de su tercer aniversario como novios, se casaron. Todo el mundo les había dicho que era muy pronto, pero ellos se querían, y no veían un motivo para esperar. Y a los tres años, nació la alegría de su vida, un pequeño bebé de ojos marrones igualito a Carol, al que llamaron John en honor al ídolo de Carol, John Lennon, muerto el mismo día del nacimiento de Johnny, pero unos 20 años antes.

Mientras Joe se hacía un hueco en los altos puestos del gobierno local, Carol se ocupaba del pequeño Johnny, que era el verdadero amor de su vida. Eran una familia muy feliz. Pero eso les duró poco. El día que Johnny cumplía 4 años, a Carol le diagnosticaron cáncer de mama. Había ido al médico pensando que estaba embarazada de nuevo, una de sus ilusiones. Tras dos años de lucha incansable, dos años en los que perdió el pelo pero nunca la ilusión, murió una tarde de diciembre después de decirle a Joe y a Johnny que los quería y que siempre estaría cuidando de ellos, donde quiera que estuviera.

Joe quedó destrozado, al igual que Johnny, pero tenía que hacerse el fuerte y sacar adelante a su hijo. Entonces fue cuando padre e hijo empezaron a estar juntos más tiempo. Cuando Joe consideró que su hijo ya era lo suficiente mayor como para no echarlo de menos todo el rato, relanzó su carrera política, presentándose al cargo de gobernador de California y ganando las elecciones. Cuando Johnny cumplió los 13 años, Joe lo mandó a estudiar al mismo sitio donde él se había formado, al internado de su amigo Abraham Rumsfeld.

Desde que había perdido a su madre, el único interés de Johnny era buscarle una nueva mujer a su padre, cosa que se vio interrumpida al llegar al internado, donde se concentró más en buscarse novias a sí mismo, pero aún así tenía tiempo de buscarle novias a su padre durante las vacaciones. Pero Joe no había estado con nadie desde que Carol había muerto.

Por eso Johnny, al contarle yo lo de que mi madre veía a la reunión, se le ocurrió juntarlos. Lo que no imaginaba era que ellos ya se conocían, y que había habido química entre ellos desde mucho antes de que Carol y Joe se conocieran. El resto era historia.

Johnny y yo seguimos hablando de cosas menos importantes, y hasta decidimos ver una película, ya que yo le insistí para que viéramos “Romeo y Julieta”, tanto la versión de Leonardo Di Caprio como la versión antigua, a fin de prepararme para la representación, que sería al mes siguiente, y cuando yo metí la película en el DVD de mi habitación, un pitido del iPhone de Johnny nos interrumpió.

- Johnny, ¿no puedes apagar el móvil por un segundo? Leonardo Di Caprio y Claire Danes nos esperan.

- Lo siento Lena, pero es un mensaje de Charlie.

- ¿Otra ronda de saludos para la familia?

- No, esta vez es un enlace al blog de Fionna Catchpole.

Fionna Catchpole otra vez. Ahora, en vez de papel, utilizaba un blog como medio para publicar sus cotilleos. Aunque, ahora que lo pensaba, hacía bastante que no publicaba nada de mí o de mis amigos. Y eso era extraño.

Johnny comenzó a leer, y rápidamente su cara perdió color, quedándose como medio paralizado.

- ¿Qué es lo que pasa Johnny?

Con mis palabras, Johnny volvió a reaccionar.

- No, no es nada.

- Si no fuera nada no te habrías puesto blanco. Venga, enséñame qué es eso.

- No Lena. Es mejor que no lo veas.

- John, no me obligues a quitarte el iPhone. Dámelo.

Johnny no opuso demasiada resistencia cuando se lo quité de la mano. Lo que vi en esa pequeña pantalla fue lo que no podría haberme imaginado nunca.

En la foto que se mostraba, salían Schoomaker y Blondie Fox, ambos bailando en el medio de la pista de una discoteca, con pinta de estar muy bebidos, besándose.

¿Qué había hecho yo para merecer esto? ¿Por qué tenía que enamorarme del hombre más capullo de todo el planeta? ¿Por qué? ¿Acaso no merecía ser feliz como el resto del mundo? ¿Era la venganza del karma por haber dejado a Mark White y haber apoyado a Chris en la asamblea?

Me eché a llorar. Me sentía una tonta. Una tonta por haber confiado en Christopher Schoomaker. Por haberme dejado llevar, y por pensar, sólo por un momento, que por fin había encontrado el amor, a esa persona que estaría conmigo por el resto de mi vida.

Lloré aún más fuerte. Johnny me abrazó, impidiendo que cayera al suelo, aunque al final caí. Y de rodillas, aún seguía llorando. Porque eso era en lo único que pensaba en ese momento. Ni siquiera tenía fuerzas como para pensar en una venganza contra Schoomaker. Porque aún no era el momento, pero me vengaría de él, no iba a permitir que esto acabara así.