sábado, 5 de mayo de 2012

Capítulo 28: Vestidos y champagne


Vestidos y champagne

Dos días después de la boda, con mi madre ya convertida en la nueva señora Morrison y con la noticia de que sería madre en aproximadamente seis meses, volvimos al internado para retomar nuestra rutina.
El siguiente mes y medio pasó como un rayo de luz, rápido y luminoso. Tras varios exámenes, llegó un momento en que el curso ya casi se había acabado. Y como cada curso que se acaba, llegan las tradiciones de final de curso, y con ellas, el tradicional baile de graduación.
Y por eso las chicas y yo nos fuimos de compras para encontrar nuestros vestidos perfectos para el baile:
-          No me gusta ninguno – dijo Charlie mirando un perchero lleno de vestidos de graduación.
-          Charlie, ¿qué les pasa a los vestidos esta vez? – preguntó Nat.
Charlie ya había rechazado cuatro percheros llenos de vestidos preciosos, y ya empezaba a exasperarnos.
-          Son demasiado…
-          ¿Rosas? – aventuré yo.
-          Eso mismo. Son demasiado rosas.
-          Charlie, ¿qué tienes en contra del rosa? – le preguntó Penny.
-          No me gusta el rosa. Es demasiado clasista.
-          ¿Clasista? – preguntamos las tres a la vez.
-          El rosa es clasista, sólo se reserva para las chicas.
-          Char, eso tampoco es tan cierto.
-          Lenny, cuando nace un bebé y es una niña, ¿de qué color es la ropa que le regalan?
-          Rosa – admitimos las tres a la vez con un suspiro de resignación.
-          Pues eso, el rosa no me gusta.
-          Charlie, los otros vestidos no eran rosas.
-          Nat, ya sé que los otros vestidos no eran rosas… El problema es que no quiero comprarme un vestido para la graduación.
-          ¿CÓMO QUE NO QUIERES COMPRARTE UN VESTIDO? – gritó Nat, haciendo que las dependientas de la tienda la mandaran callar. – ¡Eh, que me voy a comprar un vestido, si quiero gritar pues grito!
Las dependientas miraron mal a Nat, que les hizo caso omiso y siguió mirando furibunda a Charlie.
-          Nat, se te está pegando lo del mal humor irlandés de Jerry.
-          ¡No estoy de mal humor! Sólo le grito a Charlie.
-          Nat, parece que has salido de un pueblo perdido en el medio de Irlanda en vez de Washington.
Nat nos miró mal a Penny y a mí, que estallamos en risas.
-          Tienes exactamente cinco segundos para explicarme eso. – le dijo Nat a nuestra amiga pelirroja, intentando ponerse seria.
-          Nat, no quiero comprarme un vestido de graduación… – empezó Charlie.
-          Bueno mujer, pues entonces llevas algunos de los que ya tienes…
-          Nat, no quiero graduarme. – terminó Charlie
-          ¡¿CÓMO QUE NO QUIERES GRADUARTE?! – volvió a gritar Nat.
-          Por favor señorita, si vuelve a gritar le rogamos que abandone la tienda. – le dijo una dependienta a Natalie.
-          ¡Pero me voy a comprar un vestido! ¡No puedes echarme!
-          A la próxima se va usted fuera. – dijo la dependienta volviendo a su lugar habitual.
-          Por dios, esta tía parece prima de Blondie Fox. En fin, ¿por dónde íbamos?
-          Por lo de que Charlie no se quiere graduar. – le informé.
-          Ah, pues eso. A ver Charlotte, ¿por qué motivo no quieres graduarte?
-          Porque si me gradúo, significa que esto se acaba. Y no quiero que esto se acabe – dijo Charlie poniéndose triste.
-          Oh Charlie – le dijo Penny mientras la abrazaba, abrazo al que nos sumamos todas. – No te pongas triste, que vamos a seguir viéndonos.
-          Claro, eso lo decís ahora, pero luego cuando estemos cada una en una universidad distinta…
-          Char, nos vamos a seguir viendo. Por lo menos vamos a estar en el mismo país.
-          Vale, en ese sentido tienes razón.  Pero os voy a echar de menos a todas.
-          ¡Y nosotras a ti bombón de cereza! – le gritó Nat.
-          Señorita, ya la he avisado, le ruego que abandone la tienda.
-          ¡Pero si estoy dispuesta a gastar diez mil pavos en el vestido! – gritó Nat de nuevo, provocando nuestras carcajadas.
-          Por favor, abandone la tienda. – le dijo la dependienta haciendo un gesto hacia la puerta.
Las tres seguimos riéndonos mientras salíamos corriendo de la tienda.
-          Nat, ¿te das cuenta de que esta fue la tercera tienda de la que nos han echado? – le dije intentándola mirar seriamente.
-          Lena, si las dependientas son unas bordes, no es mi culpa. Yo les dije que me iba a gastar diez mil pavos, si no querían ganarlos…
-          En serio Nat, ¿ahora dónde compramos los vestidos? – le preguntó Penny.
-          PennyPen, conozco el sitio ideal. Seguidme – dijo ella guiándonos hasta el parking del centro comercial, donde descansaba su nuevo BMW descapotable blanco, regalo de sus padres por su reciente dieciocho cumpleaños.
Nos instalamos en el descapotable de Nat, que condujo hasta el centro de Denver, donde había una boutique bastante grande, pero vacía en ese momento. Una chica rubia bajita con moño y gafas, muy mona, nos abrió la puerta con una sonrisa enorme. Nat fue a darle dos besos, y nos la presentó:
-          Chicas, os presento a Mary. Es una de mis estilistas, y ésta es su boutique.
-          Bienvenidas. Os estaba esperando. Nat me avisó de que vendríais.
-          Nat, ¿has hecho que nos echen de las tiendas a propósito? – le pregunté, todavía sin poder creérmelo.
-          Lena, tengo demasiado glamour para comprar en un centro comercial. Además, esos vestidos eran horribles. ¿O no? – dijo ella mientras cotilleábamos entre los vestidos.
-          En serio Nat, nunca cambiarás – le dijo Penny miraba de reojo un vestido rojo de volantes.
Tras un rato eligiendo vestidos, seguimos a Mary a la parte posterior de la boutique, casa una cargada con una pila enorme de vestidos, incluida Charlie. La parte posterior era una sala de estilo showroom, con un montón de espejos de cuerpo entero, probadores, una tarima elevada medio metro del suelo, y, para las acompañantes, un cómodo sofá con una mesita de café.
-          Y bien chicas, ¿quién será la primera? – preguntó Mary con una sonrisa.
-          ¡Penny! – dijimos Charlie, Nat y yo al mismo tiempo.
-          De acuerdo, seré la primera víctima – dijo ella con un suspiro de resignación entrando en el probador con el primero de sus vestidos.
-          Y bien chicas, ¿qué deseáis tomar?
-          ¿Tienes champagne? – preguntó Nat.
-          Nat, ¿no crees que es un poco pronto para beber? – le pregunté.
-          Lena, la ceremonia de los vestidos sólo la haremos una vez, así que vamos a tomar champagne. Mary, dile a tu ayudante que traiga una botella de Moët. Bien fría, como me gusta a mí.
La tímida ayudante de Mary desapareció tras una puerta y volvió con una botella de champagne, bombones y cuatro copas, que puso en la mesa y empezó a llenarlas. Y cuando las copas ya estaban llenas, Penny apareció con un vestido dorado.
-          Penny, súbete aquí. – le indicó Mary al tiempo que le ayudaba a subirse a la tarima. Después, se puso a dar vueltas alrededor de ella, mirando con atención cómo le quedaba el vestido. – ¿Cómo te ves?
-          Rara. – contestó ella mirándose al espejo.
-          Penny, no me gusta cómo te queda ese color. – le dijo Charlie.
-          Ni a mí – la secundó Nat.
-          Estás como demasiado exagerada. – completé.
-          Pues todos los vestidos que escogí son de ese estilo. – dijo ella como apenada.
-          Penny, ¿y qué te parece este vestido? – le preguntó Mary acudiendo a su rescate con un vestido rosa claro.
-          ¿No me veré muy rosa? – preguntó ella con algo de desconfianza.
-          Ya verás como te sienta genial. Venga, pruébatelo – la animó Mary.
Penny volvió al probador y salió minutos después con el vestido puesto. Se volvió a subir a la tarima y se miró al espejo con una sonrisa. Luego, se giró hacia nosotras y preguntó:
-          ¿Qué os parece? – preguntó ella.
-          Estás preciosa.
Y era cierto. El vestido, de color rosa palo, era de inspiración griega y romana. El escote era en V, tenía un cinturón en la cintura, donde el vestido quedaba ajustado, y luego caía libre hasta el suelo. Era perfecto para ella.
-          No lo dudes Penny. Te queda genial.
-          Pues me lo llevo – dijo ella con una sonrisa enorme mientras iba al probador a cambiarse.
-          Y bien chicas, ¿quién es la siguiente?
-          Voy yo. – dijo Nat levantándose del sillón y dirigiéndose al probador con un único vestido azul.
Nat salió a los pocos minutos de allí vestida con un vestido azul, un tono entre claro y oscuro, de palabra de honor que se ajustaba en el pecho y luego caía libre hasta el suelo. Se subió a la tarima, se miró al espejo y sonrió.
-          Suena mal que lo diga yo, pero estoy perfecta.
-          Te falta el peinado para estar perfecta – le dijo Mary.
-          Ilumíname con tus ideas, santa Mary.
-          ¿Qué te parece un recogido trenzado? – le sugirió nuestra gurú de la moda particular.
-          Excelente idea. – le contestó Nat.
Nat se dirigió al probador a cambiarse, y yo me levanté del sillón, ya que era mi turno. Ya en el probador, me probé el primero de mis vestidos, ambos de color lila claro. Salí fuera y me subí a la tarima, soportando las miradas de las chicas.
-          ¿Qué os parece? – pregunté con una nota de inseguridad en la voz.
-          ¿Sinceramente? – me respondió Nat.
-          Para eso hemos ido todas a por los vestidos. Necesito vuestra opinión. – les dije.
-          Creo que es demasiado recargado. – admitió Charlie.
-          Demasiado encaje para mi gusto. – añadió Penny.
-          Parece un vestido de novia – dijo Nat por fin.
-          ¿En serio? – pregunté, mirándome con más atención en el espejo.
-          Lo pones en color blanco y es de novia.
Vale, había que admitir que Nat tenía razón. Parecía una adolescente que se casa nada más acabar el instituto. Me bajé de la tarima y volví al probador, donde me quité ese vestido y me puse mi segunda opción. Salí de allí y me volví a subir a la tarima, sin mirarme todavía al espejo. Pero las chicas no me prestaban atención, ya que estaban sirviéndose otra ronda de champagne y comiendo bombones.
-          ¿Qué os parece este? – dije casi gritando para que me hicieron caso.
Las cuatro se giraron a la vez, y me miraron fijamente.
-          Lena, haz el favor de mirarte al espejo. – me dijo Mary.
Lo hice. Realmente, no me esperaba que ese vestido me quedara tan bien. Demasiado bien. Era de color lila claro, largo hasta el suelo, ajustado en la cintura y con caída libre. Sería un vestido que habría pasado inadvertido de no ser por el adorno de la parte superior del vestido. Uno de los tirantes estaba hecho con la tela del traje, y desde el principio de ese tirante salía una tira de piedras en diferentes tonos de lila y morado, que hacía un semicírculo y, al llegar a mi hombro, bajaba por la espalda hasta unirse con el final del otro tirante.
-          Estás, estás… - dijo Penny casi sin palabras.
-          Espectacular – completó Charlie la frase.
-          Lena, si no te pones eso en el baile, te lo pondremos a la fuerza – me amenazó Nat.
-          De acuerdo, de acuerdo. Me lo llevo. – dije mientras volvía al probador para volver a ponerme mi ropa.
Tras vestirme, volví al sillón y me apoderé de la caja de bombones, pese a las protestas de Nat y Penny. Tras esto, Charlie salió del probador con el primero de sus vestidos.
-          ¿En serio te has puesto un vestido amarillo? – le gritó Nat, haciendo que Charlie volviese corriendo al probador.
-          Ese es feo – dictaminó Penny cuando Charlie salió con su segundo vestido, uno color naranja claro.
-          Ese es más feo aún – dije cuando salió con el tercer vestido, de color plateado con muchas lentejuelas.
-          Por dios Charlie, ¿quieres que me de un infarto? Quítate esa cosa negra de encima – le volvió a gritar Nat cuando Charlie salió con un vestido negro horrible.
-          ¡Quítate eso! – le gritamos esta vez las tres cuando Charlie salió con un…  ¿vestido? ¿Podíamos llamar vestido a esa cosa?
-          ¿Sabéis a quién me acaba de recordar? – nos preguntó Nat cuando Charlie volvió al probador.
-          ¿A quién? – le preguntamos Mary, Penny y yo a la vez.
-          A Blondie Fox. Llevó algo parecido en su cumpleaños del año pasado.
-          Es cierto – dijo Penny. – Y bien Charlie, ¿con qué vestido vas a deleitarnos ahora?
La aludida salió con un vestido rojo que no era ni horripilante ni horroroso ni parecía un vestido de fulana. Es más, era un vestido muy bonito.
-          Por favor, absteneros de hacer comentarios groseros esta vez – dijo ella con voz derrotada. – Este me gusta de verdad.
-          Y te queda muy bien – le dije.
-          ¿En serio? – preguntó ella, todavía sin creérselo demasiado.
-          Charlie, este es el primer vestido bonito que te pruebas hoy. – le dijo Penny.
-          Y te va a quedar muy bien – completó Nat.
Realmente, el vestido de Charlie era muy bonito. Rojo, de palabra de honor, largo hasta el suelo. La parte de arriba parecía un corsé al que se le unía una tela vaporosa en un tono de rojo más claro. Era perfecto para ella.
-          ¿Entonces me lo llevo?
-          Charlie, llévatelo. Ninguno te va a quedar tan bien como ese.
Charlie, algo más contenta, volvió al probador para cambiarse, mientras que nosotras seguíamos bebiendo champagne y comiendo bombones. Cuando Charlie salió, fuimos a pagar los vestidos y salimos de la tienda, algo ebrias por haber bebido tanto champagne.
-          Bien chicas, todavía nos quedan unas horas. ¿Qué hacemos? – preguntó Charlie.
-          ¿Podemos volver al internado? – pidió Penny. – Me duelen los pies.
-          Penny, hoy es nuestro día de libertad. Aprovechémoslo. – dije totalmente convencida.
-          Pues vamos a salir por ahí. –dijo Penny olvidándose de su dolor de pies.
-          ¿A quién le apetece seguir tomando champagne?
Las cuatro dejamos las bolsas con los vestidos dentro del maletero de Nat y nos dirigimos a un bar de copas. Pero para nuestra desgracia, a esa hora, la mayoría estaban cerrados a esa hora. Así que, tras media hora de búsqueda, encontramos uno abierto.
El bar, con temática de los años ochenta, estaba lleno de gente, pese a que eran las diez de la noche o así. Tras pedir dos rondas de champagne más, nos pusimos a bailar como locas en el medio de la pista de baile. Cuando estaba sonando algún tema bastante movido, se me acercó un tío de veintitantos años que iba más alcoholizado que yo a esas horas.
-          Eh preciosa, ¿quieres bailar? – me preguntó con un tono de voz que no me gustó para nada.
-          La señorita no quiere bailar – dijo Chris apareciendo de repente.
-          Eso tendrá que decírmelo ella – dijo el veinteañero poniéndose chulo.
-          Ella tiene novio, así que déjala – le dijo Chris mientras me sacaba a rastras del local junto con  el resto de mis amigas.
Ya en el exterior, el aire de la noche me despejó un poco, lo suficiente como para preguntarme qué diablos hacía Chris aquí.
-          Schoomaker, ¿qué haces aquí? – le pregunté.
-          Sacaros de ese bar. Creo que ya habéis tenido fiesta suficiente por hoy.
-          ¿Y cómo nos has encontrado? – le preguntó Nat.
Chris miró hacia el suelo, evitando mirarme.
-          Christopher Arthur – empecé, al mismo tiempo que me entraba el hipo. -  Schoomaker III. – seguí hipando. – Mírame a los ojos cuanto te hablo y no me evites.
-          Te he puesto un GPS en el móvil.
-          ¿Me has puesto un GPS en el móvil? – le grité.
-          ¿En serio le has hecho eso? – preguntaron las chicas, riéndose a carcajadas.
-          Pues a mí no me hace gracia – dije.
-          ¿Y cómo has llegado hasta aquí? – le preguntó Charlie. - ¿Dónde está el resto?
-          Los demás se han quedado en el internado viendo cómo terminaba el partido de baloncesto. Y me ofrecí a venir a buscaros. Y sí, vine en taxi. No me fiaba demasiado de cómo os iba a encontrar.
Llegamos al sitio donde estaba aparcado el descapotable de Nat. Chris se subió al asiento del piloto.
-          Schoomaker, fuera de ahí – le dijo Nat.
-          Natalie, estás borracha. No puedes conducir así.
Nat se sentó en la parte de atrás entre protestas, quedando yo sentada en el asiento delantero, y Penny y Charlie detrás con Nat. Chris arrancó y encendió la radio. Sonaba “Candyman”, de Christina Aguilera, y las cuatro nos pusimos a cantarlo:
-          Tarzan and Jane were swinging on a vine. – empezó a cantar Nat.
-          Candy man! Candy man! – gritamos las tres.
-          Sippin’ from a bottle of vodka double wine. – siguió cantando la rubia.
-          Sweet, sugar, candy man! – cantamos las tres a la vez, haciendo de coro.
Y Chris apagó la radio de repente.
-          ¡Eh, vuelve a poner eso! – le dije.
-          No – dijo él firmemente.
-          ¡Aburrido! – le gritamos las cuatro.
Chris sacudió la cabeza de un lado a otro, como exasperado.
-          No sé como no pude darme cuenta antes. – dijo.
-          ¿Darte cuenta de qué? – le pregunté.
-          Por favor, decidme que la única borracha de este coche es Nat. – dijo Chris.
-          Pues va a ser que no – dijo Charlie estallando en carcajadas.
-          Lena, por favor, dime que tú no lo estás.
-          Sólo un poquito – le dije hipando otra vez, haciendo que las tres volvieran a reírse.
-          Desde luego, no hay quien os aguante así – dijo él volviendo a fijar la vista en la carretera.
-          Venga Chris, ¡anímate hombre! – dijo Charlie sacando de su bolso otra botella de champagne con copas.
-          ¡¿De dónde habéis sacado eso?! – gritó Chris.
-          Lo hemos “tomado prestado” del bar – dijo Nat, provocando nuestras carcajadas de nuevo.
Volví a encender la radio, y volvimos a cantar. Chris siguió conduciendo e intentando ignorar nuestros intentos de seguir bebiendo champagne e imitar a Christina Aguilera.
Al llegar al internado, aparcó en la plaza de aparcamiento que le habían asignado a Nat y se bajó del coche, abriendo el maletero para coger nuestros vestidos.
-          ¿Qué? ¿Vais a quedaros aquí toda la noche? – preguntó cuando ya había terminado.
Las cuatro nos bajamos del descapotable y le seguimos hasta nuestra residencia intentando no hacer ruido. Al llegar a nuestra habitación, descubrimos al resto de los chicos sentados esperándonos.
-          ¿Dónde estabais? – preguntó Kevin.
-          Por ahí – le contestó Penny, haciendo que nos volviéramos a reír las cuatro.
Kev, Jerry y Johnny nos miraron sin comprender nada.
-          Están borrachas – explicó Chris mientras dejaba nuestras bolsas en el suelo.
-          ¿Las cuatro? – preguntó Johnny sorprendido.
-          Las cuatro. – le respondió Chris.
-          ¡Y con ganas de continuar la fiesta! – gritó Charlie, sacando la botella de champagne que habíamos tomado en el coche del bolso.
-          ¿Puedo apuntarme? – preguntó Jerry uniéndose a nuestro grupito.
-          ¡Claro que no! – le gritó Kev.
-          Jerry, por dios, ten un poco de sentido común. Bastante tenemos con cuatro borrachas como para que tú también te pongas así.
-          Oye Johnny, que nosotras no estamos borrachas – le dijo Charlie.
-          Apestáis a alcohol – dijo Chris.
-          A champagne cariño, a champagne – le dije acercándome a él. - ¿No quieres unirte a la fiesta? ¿O prefieres que tengamos una fiesta privada tú y yo solos?
-          Lena, a la cama. – me dijo él mirándome muy seriamente.
Los chicos registraron nuestros bolsos para ver si guardábamos algo de alcohol, y, al no encontrar nada, nos acostaron a cada una en su cama y se fueron. Y yo no tardé ni diez segundos en quedarme dormida.






lunes, 2 de abril de 2012

Capítulo 27: Campanas de boda

Ya había pasado una semana desde la fatídica fiesta de San Patricio. Y los cambios que se habían producido en esa fiesta ya se notaban. Para empezar, Fred había dejado de acosarme para que saliera con él y dejase a Chris. En clase me trataba como a otra alumna más, cosa que satisfacía enormemente al resto de mis compañeras y a Alan Perkins.
Respecto a Chris, seguíamos como el día de la fiesta. Hablábamos lo justo, pero nos seguíamos sentando juntos para comer y seguíamos viéndonos después de clases, pero nunca solos.
Lo echaba terriblemente de menos. En todos los sentidos. Echaba de menos que aparecieran mensajes de él en mi móvil deseándome los buenos días, el beso de buenos días, tomar café con él en los descansos, nuestras tardes estudiando que acababan con una sesión de besos...
Gracias a todo esto me había dado cuenta de que lo quería demasiado, y que no quería estar sin él. Pero en toda la semana no había con seguido hablar con él, pero esperaba poder hacerlo en Los Ángeles.
¿El motivo de mi viaje a Los Ángeles? Nada más y nada menos que la boda de mi madre con Joe. Por fin, después de tres meses y medio, mi madre se casaría con Joe. Y por eso ese fin de semana estaría en L.A ejerciendo de dama de honor junto con mis amigos y algunos profesores del internado que estaban invitados a la boda.
Como en toda boda, los novios celebran sus despedidas de solteros, y en esta boda no iba a ser la excepción. La mejor amiga de mi madre, Martha Sullivan, para mí conocida como la tía Marty, era organizadora de eventos, y como tal, era la encargada de organizar la mejor despedida de soltera para mi madre.
Por eso, después de una maravillosa cena que corrió a cuenta de mi abuela Michelle, las invitadas a la despedida de soltera y yo nos encontrábamos en uno de los locales de copas más famosos de Los Ángeles, “Trix”.
Mi madre había tenido la genial idea de invitar a mis amigas a su despedida de soltera para que yo no me aburriera. De todas maneras, la fiesta, con temática de los años 80, no era para nada aburrida. Ver a todas las amigas de mi madre bailar la conga alrededor de ella era bastante divertido, y cantar en el karaoke instalado en un rincón canciones míticas de esa época como “Heart of glass” de Blondie o “You came” de Kim Wilde con mis amigas a pleno pulmón era absolutamente genial.
Estábamos Nat y yo sentadas en la barra, cada una con su Martini correspondiente, cuando aparecieron en la fiesta los chicos.
-          ¡Jerry! – gritó Nat en cuanto vio a su novio – ¿Qué hacéis aquí?
-          Hemos traído a Joe para que vea a Lily. – dijo Chris.
-          De eso nada, Joe no puede verla hasta mañana. – dije firmemente.
-          ¿Y eso por qué? – preguntó Johnny.
-          ¿No sabes que da mala suerte ver a la novia antes de la boda? – le recordé.
-          ¿En serio crees en esas estúpidas supersticiones? – me preguntó mi futuro hermanastro.
Nat y yo le miramos mal a la vez.
-          Vale, resulta que sí que creéis en eso. Pues nos llevamos a Joe de vuelta a casa. – dijo Johnny volviéndose a poner la cazadora. – Pero volvemos después.
-          Johnny, ya es tarde, lo mejor sería que todos nos marchásemos. – le dijo Chris.
-          Mañana va a ser un día muy largo. – completé yo.
-          Tienes razón Lena. Deberíamos marcharnos.
Todos empezamos a recoger nuestros abrigos, y Chris se acercó a mí:
-          ¿Podemos hablar mañana a solas antes de la boda?
-          Imposible. Estaré con mi madre hasta llegar al altar.
-          Entonces te veo en la boda.
-          Más bien en el altar. – le dije sonriendo.
-          Serás la mejor dama de honor del mundo. – se despidió él con una sonrisa.
Chris se fue con el resto de mis amigos a casa de Joe, que era donde se alojaban. Y yo busqué a mi madre para poder irnos a casa de mi abuela. Tras encontrarla, pedimos un taxi y nos dirigimos allí.
Al llegar a casa, mi madre y yo nos fuimos a nuestras respectivas habitaciones para ponernos el pijama, y al poco rato, ambas estábamos en su habitación con dos tazas de chocolate caliente y galletas.
-          ¿Estás nerviosa? – le pregunté.
-          Ahora mismo un poco. Lo estaré mucho más mañana.
-          Piensa que ya está todo solucionado. Todo está perfectamente organizado, así que en teoría, nada puede fallar.
-          Puede que no aparezca el novio. – bromeó ella.
-          Venga mamá, Joe llegará al hotel tres horas antes por si acaso le pasa algo por el camino. Y seguro que se quedaría esperando todo el día en el caso de que no aparecieras. – y ahí nos reímos las dos.
-          ¿Y tú estás contenta, Lena?
-          Claro que sí mamá. ¿Por qué no iba a estarlo?
-          Hace menos de un año que me divorcié de tu padre.
-          ¿Y eso qué importa? Papá engañó con su secretaria, os divorciasteis y tú conociste a alguien.
-          Más bien me reencontré con alguien. No me creo que lo haya vuelto a encontrar después de tantos años.
-          Mami, Joe es el gobernador, tarde o temprano te lo ibas a encontrar de nuevo – otra vez risas.
-          Lo sé Leni, lo sé. Algún día lo volvería a encontrar. Pero piensa que él se casó con la madre de Johnny, ella murió, y años después se reencuentra conmigo y surge de nuevo la chispa.
-          ¿Tú estabas enamorada de él antes?
-          Joe me gustaba mucho cuando estaba en el instituto. Pero era algo imposible. Casi todas las chicas de mi instituto estaban medio enamoradas de él, incluida yo, pero era un amor platónico. Él estaba en el último curso mientras que yo todavía era Sophomore. Él se graduó y se fue a Stanford, yo fui a Berkeley, conocí a tu padre…
-          ¿Lo de papá fue un flechazo?
-          Algo así. Cuando lo conocí me pareció un hombre muy interesante. Piensa que yo sólo tenía veintidós años cuando lo conocí, era una chiquilla. Me dejaba impresionar fácilmente. Y él ya tenía cuarenta y dos años, había vivido muchas más experiencias que yo.
-          ¿Y cómo es que él se fijó en ti?
-          Le parecí inocente y lleva de vitalidad, algo que él ya no tenía. Lo dicho, fue un flechazo.
-          ¿Y no te arrepientes de haberte casado con él?
-          Para nada cariño. Piensa que si no lo hubiera conocido, tú no habrías nacido. Y eres lo mejor que me ha pasado. Aunque al final haya sufrido, pero tú me has ayudado a dejar todo el dolor atrás. Gracias a ti he conseguido perdonar a tu padre.
-          Ojalá yo pudiese perdonar tan fácilmente…
-          ¿Algo va mal, cariño?
-          Chris y yo nos hemos dado un descanso.
-          ¿Qué te ha pasado con él?
-          Tuvimos problemas por culpa de Fred Hilton. Fred quiso meterse en el medio de la relación, y por su culpa ahora estamos así.
-          ¿No le has explicado todo?
-          Claro que sí mamá. Le dije que Fred era el que me perseguía, que yo no quería nada con él. Pero Chris se puso muy celoso, le pegó y se enfadó conmigo. Además, también nos enfadamos porque él va a ir a Harvard, y a mí ya me han admitido en Yale, y me dijo que a mí no me importaba nuestro futuro juntos, y yo le dije que él tampoco se había molestado en preguntarme qué quería hacer o dónde quería estudiar. Al final de todo, me pidió que pensara en nuestra relación, si valía la pena.
Mi madre, tras un corto silencio, volvió a hablar:
-          Lena, ¿tú le quieres?
-          Claro que sí mamá.
-          ¿Le quieres de verdad?
-          Con locura.
-          Si él te quiere, no le importará que tú vayas a Yale y él a Harvard. No le importará porque te querrá a pesar de todo. Y no te preocupes por el hecho de que ahora estéis enfadados, ya recapacitará.
-          Me ha pedido que mañana hablemos.
-          Eso es muy buena señal cariño, una muy buena señal. Significa que por lo menos ha pensado en lo que significas para él.
-          Mamá, gracias por esto. – le dije abrazándola con fuerza.
Mi madre me iba a responder, pero salió corriendo en dirección al baño. Salí tras ella, y cuando la vi, la encontré vomitando. Le recogí el pelo mientras vomitaba, y cuando al terminar se lavó los dientes, fui hasta la cocina a por una jarra de agua y un vaso. Al volver a la habitación, la encontré tumbada en la cama.
-          ¿Te ha sentado mal la cena?
-          No cariño, no ha sido la cena. O eso creo.
-          Entonces serán los nervios.
-          Tampoco.
-          Entonces, ¿qué te ha pasado?
Mi madre me miró un largo rato y al final me indicó que me sentase junto a ella.
-          Ven, quiero que seas la primera en saberlo.
-          ¿Qué pasa mamá?
-          Leni, estoy embarazada.
¿QUÉ? ¿Mi madre embarazada?
-          Mamá, ¿estás segura?
-          Leni, llevo dos meses de retraso.
-          Mami, ¿no estarás menopáusica?
-          Por dios Lena, no soy tan mayor. Pero me hice un test de embarazo por si acaso, y ha dado positivo. Vale, no he hecho un test, hice cinco para ver si me equivocaba. Y todos dieron positivo.
-          ¿Joe lo sabe?
-          Se lo iba a contar mañana. No sé cómo se lo va a tomar.
-          Créeme, se va a sorprender mucho. Mami, ¿estaba en tus planes tener otro hijo?
-          Lena, tú ya tienes casi dieciocho años. De haber querido darte un hermanito, me habría quedado embarazada antes.
-          Bueno, piensa que no te vas a aburrir demasiado. Además, siempre quise tener un hermanito.
-          Puede que sea una hermanita.
-          Mamá, estoy segura de que es un niño. Adiviné el sexo de los bebés de tía Marty antes de que se lo dijese el médico.
-          De todas maneras, ya me enteraré del sexo dentro de tres meses o así.
-          El médico me dará la razón – le dije con una sonrisa.
-          Puede que sí o puede que no. Venga, a la cama señorita, que mañana va a ser un día muy largo.
-          De acuerdo sargento – le dije poniendo los ojos en blanco.
Le di un beso de buenas noches y me fui a mi habitación. Lily tenía razón. Mañana iba a ser un día muy largo.

***
El sonido del despertador puede ser uno de los más odiados de todo el mundo. Y para mí ese día también lo era, pero sólo un poco. Al fin y al cabo, tu madre no se casa todos los días.
Bajé a desayunar, y ya en la cocina había ajetreo.
-          Buenos días familia. – dije en voz alta mientras me servía unos cereales.
-          Buenos días cariño – me contestó mi madre – ¿Has dormido bien?
-          Perfectamente. ¿Cuándo empieza el estrés?
-          Después de comer. Por ahora tienes el resto de la mañana para relajarte.
Y eso fue lo que hice. Me esperaban cuatro largas horas antes de la comida, por lo que, tras ordenar mi habitación y hacer la cama, me tumbé en un sillón a leer “Los juegos del hambre”, que acabé a las tres horas, y después empecé a leer la segunda parte de la saga, “En llamas”.
Tras comer, empezó el caos. Mi tía Marty vino a casa acompañada de tres estilistas y con los tubos puestos en la cabeza, y ordenaba a las estilistas lo que había que hacer mientras se fumaba un cigarrillo.
-          Caitlyn, cuando acabes de alisarle a Lena el pelo, le empiezas a hacer el moño.
-          ¿Por qué no puedo llevar un semi recogido?
-          Porque siempre lo llevas a las fiestas. Venga, te prometo que no parecerás demasiado formal. – explicó ella.
-          Al menos déjame fumar un poco. – le pedí.
-          ¡No! – contestaron tajantemente mi madre y mi tía a la vez.
-          Vale, vale, me callo.
Caitlyn, la estilista, que era un encanto, me hizo un moño desenfadado que no me hacía demasiado seria, y me maquilló de manera bastante sencilla. La que más sufría era mi madre, a la que también le hacían un moño, pero el suyo era mucho más formal que el mío. Mi abuela era la que mejor se lo estaba pasando con todo esto, ya que iba peinada y maquillada según sus deseos.
Tras la sesión de peluquería y maquillaje, empezamos a vestirnos mientras que a mi tía Marty la peinaban. Mi abuela llevaba un sencillo vestido largo marrón chocolate con un tocado a juego. Mi tía Marty llevaba el pelo ondulado y un vestido azul oscuro que le sentaba genial. Yo llevaba un vestido de gasa en color verde menta, de inspiración griega, de un solo tirante, ajustado en la cintura con una banda de gasa y largo hasta los pies. Me habían puesto un adorno de peonías blancas en el pelo, y las únicas joyas que llevaba eran los pendientes de perlas con brillantes de mi madre.
Mi madre estaba absolutamente preciosa. Su vestido de novia era el que había llevado mi abuela Michelle cuando se casó con mi abuelo Phil. El vestido, modernizado gracias a mi tía Marty, tenía escote en pico con bordados de flores, quedaba pegado al cuerpo hasta la cintura y luego caía hasta el suelo como si fuera la falda de un vestido de princesa. El velo se lo habían enganchado a la parte alta del moño, y le daba a mi madre un aspecto angelical.
Mi abuela, Marty y yo nos echamos a llorar sin poder evitarlo.
-          Mamá, estás preciosa – le dije mientras le abrazaba con cuidado para no estropearle el vestido.
-          Venga cariño, no llores, que hoy es un día muy feliz, y mira que se te va a correr el rímel – me dijo bromeando.
Tras retocarnos el maquillaje, salimos de la casa. Mi abuela se marchó con mi tía Marty en su coche, mientras que mi madre y yo nos fuimos en el Rolls Royce de Joe, que había mandado a su chófer a recogernos.
Tras un viaje de veinte minutos, llegamos a las puertas del Hilton. El maître del hotel nos esperaba en la puerta, y nos guió hasta la sala que estaba al lado del lugar de la ceremonia. Mi abuela se fue a la sala de la ceremonia, y mi tía Marty nos entregó los ramos, ambos de peonías, pero el mío más pequeño que el de mi madre. Acto seguido apareció mi padre, que era el encargado de llevar a mi madre hasta el altar.
Mi tía Marty, antes de marcharse, nos recordó nuestros papeles.
-          Lena, tú entras primero. Cuando llegues al altar te colocas al lado opuesto a Johnny y Joe.
-          Entendido.
-          Albert, en cuanto llegues con Lily al altar, se la entregas a Joe y vas a tu sitio, que es el que está al lado de Michelle.
-          De acuerdo.
-          Y Lily, por favor, sonríe, no te pongas nerviosa, y por el amor de Dios, no corras. Camina al ritmo de la música, sea cual sea. Entrarás en cuanto empiece la segunda parte de la canción.
Los cuatro salimos de aquella sala. Mi tía abrió las puertas de manera que mi madre, mi padre y yo quedáramos ocultos. Entró, y al momento empezó a sonar la música de “Will you be there”, de Michael Jackson, pero cantada esta vez por un coro góspel.
Caminé al ritmo de la música, sonriente como nadie. Joe esperaba sonriente, y a su lado se encontraban Johnny y el juez que oficiaría la ceremonia. A ambos lados de la sala se encontraban los invitados de la ceremonia. Distinguí a parte de mi familia, a mis amigos, a profesores del internado, algunos políticos locales con sus esposas…
Llegué al altar y me posicioné en el lado opuesto a Johnny. Entonces, en el momento del estribillo de “Will you be there”, cuando el coro ya batía palmas, todos los invitados se levantaron de sus asientos con la llegada de mi madre, que en ese momento era la novia más radiante que podía existir.
Al llegar al altar, mi padre soltó a mi madre, le cogió de la mano y la unió con la de Joe. Y dio comienzo a la ceremonia.
-          Estamos aquí reunidos para unir en matrimonio a Joseph y a Lillian. Lo primero de todo, ¿ambos venís aquí por voluntad propia?
-          Sí, venimos.
-          Ha llegado el momento de preguntar si alguien se opone a este matrimonio. Si alguien se opone, que hable ahora o que calle.
Mi abuela miró mal a mi padre, sólo para asegurarse de que no estropearía la boda de su hija, lo que me provocó la risa.
-          Perfecto, nadie se opone. Bien, ahora los hijos de los novios leerán unas palabras.
Johnny cogió un micrófono, se sacó un papel del bolsillo y empezó a leer el poema que había escogido, uno de Walter Scott.
-          El amor es la esencia del ser humano, pertenece a nuestros instintos libres y ocultos. Pensamos en el y perdemos el juicio por el, es la manera mas hermosa de ver algo o alguien. Es nuestra virtud y nuestra condena, el amor libera pero también no hace prisioneros. El amor nos esclaviza y nos dignifica, es el preámbulo de todos nuestros logros y fracasos. El amor es y será la razón que nos mantiene vivos.
Cuando Johnny terminó, me pasó el micrófono y el papel con mis palabras, que había sacado de la película “A walk to remember”:
-          El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso, jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja con facilidad, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca se apaga...
Johnny y yo volvimos a nuestros sitios, y el juez prosiguió:
-          Bien, ahora es el turno de los novios. Joseph, empiece con sus votos.
-          La vida es aquello que pasa mientras tú intentas alcanzar tus metas. En mi vida intenté alcanzar mis metas. Algunas las conseguí, pero otras no. Una de las metas que me propuse alcanzar cuando volví a encontrarte fue la de que llegara este día. Y ha llegado. Lily, te quiero, y lo seguiré haciendo hasta el final de mis días.
Mi madre empezó a llorar, junto con la mitad de la sala, incluyéndome a mí, y el juez prosiguió:
-          Lillian, su turno.
-          Joe, cuando te conocí, enamorarme no entraba dentro de mis planes. Tenía la vida que deseaba en ese momento, y era casi feliz, pero tu llegada hizo que yo alcanzara mi felicidad completa. Joe, tú fuiste la razón por la que volví a creer en el amor, y tú eres la razón por la cual quiero estar atada a ti el resto de mi vida. Te quiero.
Johnny, caballeroso como siempre, nos tendió a mi madre y a mí sendos pañuelos. La ceremonia continuó.
-          Muy bien. Ahora la parte más importante, la de los consentimientos.
Johnny aprovechó la pausa dramática del juez para sacar la caja con los anillos del bolsillo de su pantalón.
-          Joseph Andrew Morrison, ¿aceptas a Lillian Westwood como tu legítima esposa?
-          Sí, acepto. – dijo Joe colocando la alianza de oro en el dedo anular derecho de mi madre.
-          Lillian Michelle Westwood, ¿aceptas a Joseph Morrison como tu legítimo esposo?
-          Sí, acepto. – dijo mi madre colocándole la alianza a Joe.
-          Entonces, por el poder que me ha sido otorgado por el estado de California, yo os declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Joe cogió a mi madre de la cintura y la besó frente a los aplausos de los presentes.
Johnny y yo corrimos a abrazar a nuestros padres, y poco a poco se fueron acercando los invitados para felicitar a los novios.
Tras las respectivas felicitaciones, todos pasamos al comedor del último piso a disfrutar de la cena. Y tras la cena, vino el primer baile de los novios. Mi madre y Joe, haciendo alarde de su gusto por Michael Jackson, pusieron “I just can’t stop loving you” para su primer baile.
Las canciones que siguieron al primer baile eran en su mayoría de Michael Jackson. Bailé hasta cansarme “You rock my world” con mi padre, “P.Y.T” con Joe, y “Billie Jean”, “Thriller”, “Bad” y cuantas más siguieron, que no eran del rey del pop, con mis amigos.
Me senté en una silla para descansar un rato, y así lo hice durante dos o tres canciones, pero en cuanto empezó a sonar “Remember the time”, Chris se acercó hasta donde estaba sentada:
-          La señorita Williams, supongo.
-          Supone bien. – le dije sonriendo.
-          ¿Me concedería un baile? – me preguntó tendiéndome una mano.
-          Por supuesto – le contesté cogiéndosela.
Chris me llevó hasta el centro de la pista, donde empezamos a bailar al ritmo de la canción. En el momento del estribillo, empezó a cantarme al oído. Do you remember the time that we fell in love? Do you remember the time when we first met?
Al acabar la música, no quería separarme de él, por lo que seguimos bailando unas cuantas canciones más. Pero en un momento dado, él me cogió de la mano y me sacó de la fiesta.
Salimos a la terraza, que estaba iluminada por farolillos de colores, donde no había nadie a esas horas de la noche. Me senté en uno de los bancos que había por allí, y Chris se sentó a mi lado.
-          Teníamos una charla pendiente. – me recordó – Siento haberte sacado así de la fiesta.
-          No pasa nada. Empezaban a dolerme los pies. – le aseguré.
Tras un momento de silencio, él empezó a hablar.
-          Lena, siento mucho todo lo que pasó en San Patricio. Me comporté como un estúpido gilipollas celoso.
-          Pues yo no siento que le pegaras a Fred.
-          ¿En serio?
-          Se lo merecía.
-          Pero tú no te merecías que te hubiese hablado así.
-          Chris, todo el mundo se arrepiente de lo que dice cuando se enfada. Cuando uno se enfada, empieza a decir cosas que en realidad no quiere decir.
-          Pero…
-          Espera, déjame terminar. – le dije poniéndole un dedo sobre los labios. – Tenías razón. Necesitaba ese descanso para aclarar mis sentimientos. Y créeme que los he aclarado.
-          ¿Y…? – preguntó con un tono de duda.
-          Pues que te quiero tonto. Te quiero con locura. Quiero estar contigo.
-          ¿Aunque te haya pedido que no vayas a Yale?
-          Aunque me lo hayas pedido. Tú irás a Harvard y yo iré a Yale, y nos seguiremos viendo.
-          ¿Vamos a seguir juntos?
-          Pues claro que sí. ¿Por qué piensas lo contrario?
-          Pensé que preferirías estar con alguien que no fuese tan celoso.
-          Te pones muy sexy cuando estás celoso, ¿lo sabías? – le dije con una sonrisa pícara.
-          ¿En serio? – preguntó él encarnando una ceja.
-          En serio. Demasiado sexy. – dije acercando mis labios a los suyos, sin llegar a tocarlos. Ambos sentíamos las respiraciones del otro en ese momento. – Chris, ¿puedo pedirte una cosa?
-          Lo que quieras.
-          Bésame. Y déjame dormir contigo esta noche.
-          Sabes que tus deseos son órdenes para mí. – dijo él acortando la distancia que separaba nuestros labios y dándome uno de los mejores besos que me habían dado en toda mi vida.