domingo, 19 de agosto de 2012

Capítulo 30: Dieciocho velas


Dieciocho velas

Desde que tengo uso de razón, me han gustado mis cumpleaños. Soy de la clase de personas a las que les gusta el día de su cumpleaños, y de las que lo disfrutan al máximo. Mi nacimiento se produjo un soleado y caluroso 5 de Junio, fecha recordada por algunos como el desembarco de Normandía en 1944. Pero para la gente de mi entorno, este día es recordado como mi cumpleaños.
Mis celebraciones de cumpleaños estaban todas marcadas por un mismo patrón, que se repetía año tras año. Mi madre y Greta venían a mi habitación a despertarme cantándome “Dancing Queen”, una tradición que se había impuesto cuando la empecé a cantar mientras sonaba en la radio el día de mi tercer cumpleaños. Luego, al llegar a la cocina, llena de globos de colores, me esperaba mi padre preparándome mi desayuno favorito: tortitas recubiertas con chocolate y caramelo. Como esos días solía tener clase, me iba al colegio, donde me esperaban mis compañeros, que cantaban “Cumpleaños Feliz” al verme. Normalmente, los que tenían algún regalo me lo daban, y si no, esperaban a mi fiesta.
Mis fiestas. Mis famosas y geniales fiestas de cumpleaños. Cada año, mi madre se estrujaba la cabeza pensando en un sitio diferente donde celebrar mi cumpleaños, que debía de estar situado en Nueva York o en las cercanías de la ciudad. Una vez elegido el lugar de la celebración, mandaba las invitaciones de cumpleaños y organizaba una fiesta sencillamente genial, donde estaban todos mis amigos, mis compañeros de colegio y familia.
Todos los años, el patrón de celebración era exactamente igual, con la excepción de mi decimoséptimo cumpleaños. No me gustaba recordar esa fecha demasiado, no era algo agradable. Mi intención de olvidar ese cumpleaños se debía a que el día de mi fiesta, que se celebraba ese año en el hotel Astoria Waldorf con un baile por la noche, decidí que quería perder la virginidad con mi novio de por aquel entonces, Christian Valley. Llevábamos cinco meses y medio juntos, y como estaba tan estúpidamente enamorada de él, quise que él fuera el primero en acostarse conmigo.
Finalizando casi la fiesta, después de soplar las velas y con la excusa de que estaba cansada, le dije a mi madre que me iría a casa. Ella insistió en acompañarme, pero le dije que se quedase a disfrutar de la fiesta. Al llegar a casa, me quité el vestido de noche y me puse ropa normal, y, subida a un taxi, fui hasta casa de Christian.
Sabía que la casa de Christian estaría vacía, porque sus padres y su hermano pequeño estaban en mi fiesta. Subí en el ascensor los dieciocho pisos hasta su apartamento, y al llegar, abrí la puerta con la llave que me había dado él. Encaminé mis pasos por el piso vacío, que ya conocía de memoria, hasta su habitación, situada casi al final del apartamento. Abrí la puerta, esperando encontrarlo a él durmiendo, pero me equivoqué de pleno. Quien se encontraba con él era la que creía hasta ese momento mi mejor amiga, Lea Kingston. Christian, al verme, se tapó lo mejor que puso y se acercó a mí:
-          Lena, esto no es lo que parece – dijo tocándome la cara.
-          ¡Ni me toques cerdo! – le grité.
-          Lena…
-          ¡Ni Lena ni nada! No quiero volver a verte en lo que me queda de vida. – dije, acercándome a la puerta.
-          Pero Lena… – empezó a decir él, pero antes de que continuara, me acerqué a él y le pegué un bofetón.
-          Esto es por si no te había quedado claro – le dije marchándome de allí.
Unas dos semanas después de eso, mi madre pilló a mi padre con su secretaria, provocando su divorcio y mi posterior ingreso en el internado. Por todo eso, no me gustaba recordar ese cumpleaños.
Pero ya había pasado un año. El tiempo había curado esas heridas y abierto otras nuevas. No quería amargarme recordando todos esos acontecimientos, ya que habían pasado demasiadas cosas buenas que superaban con creces todo eso: mis nuevas y geniales amigas, Christopher, la boda de mi madre con Joe, el divorcio de mi padre con la rubia unineuronal de su secretaria, la noticia de que tendría un hermanito o hermanita…

***
Los gritos de las chicas me despertaron esa misma mañana de sábado. Cuando abrí los ojos con la intención de echarles la bronca por despertarme, me encontré con que cada rincón nuestra desordenada habitación había sido cubierto por guirnaldas y globos.
-          Y cinco, seis, siete y… – empezó Nat.
-          Dancing queen! Young and sweet only seventeen! Dancing queen, feel the beat of the tambourine! – empezaron a cantar las chicas al mismo tiempo que hacían una especie de baile extraño.
-          Oh yeah! – entonó Nat.
-          You can dance, you can jive, having the time of your life…. Oooh, see that girl, watch that scene, dig in the Dancing queen! – terminaron de cantar ellas.
Corrí a abrazarlas llorando.
-          Lena, no llores – me intentó consolar Nat.
-          Es que… No me lo esperaba… Muchas gracias chicas… – dije mientras hipaba un poco.
-          Tu madre nos dijo que te iba a hacer ilusión.
-          Es que ella y Greta me despiertan cantando “Dancing queen” en mi cumpleaños. En serio, muchas gracias.
-          Para eso eres nuestra amiga. – dijo Charlie.
-          Y hoy vas a tener uno de los mejores cumpleaños de tu vida. Eso prometido.
Las abracé una por una, mientras que me deseaban un feliz cumpleaños.
-          Y ahora ve a arreglarte, que nos esperan los chicos en el comedor.
Haciendo caso a Charlie, me dirigí al baño para arreglarme, ya que ellas ya lo habían hecho. Al salir de allí, vi que Nat me había dejado encima de mi cama un vestido azul claro muy sencillo, con un cinturón marrón para poner en la cintura, y unos botines bajitos a juego. Me vestí, me maquillé y salimos de allí.
Al llegar al comedor, nos dirigimos a nuestra mesa, donde nos esperaban nuestros respectivos novios, que al vernos, se pusieron a cantar “Cumpleaños feliz”, provocando mi sonrojo, y sus carcajadas al terminar.
-          Feliz cumpleaños cariño – me dijo Chris dándome un beso.
-          Feliz cumpleaños Lena – me gritaron el resto de los chicos viniendo a abrazarme por turnos.
-          ¿Quieres abrir tus regalos ya o prefieres desayunar antes?
-          Desayunar, por favor. Me muero de hambre.
Chris me pasó un plato con tortitas ya recubiertas con chocolate y caramelo y una taza de café. Durante el desayuno hablamos de cómo iba a ser mi fiesta de cumpleaños. Nat comentó en lenguaje clave cómo descubriríamos a Fionna Catchpole.
Nat, experta informática, había hackeado la cuenta de correo de Fionna, a la que le correspondía un número de teléfono, y Nat había descubierto cuál era. El plan era sencillo. Una vez que estuviéramos en la fiesta, después de un rato de baile, yo saldría a soplar la tarta. Cuando la soplara, daría un discurso de agradecimiento y empezaría a hablar de cómo afectaban algunas cosas a la vida del internado. En ese momento, Nat llamaría desde un número oculto al número de Fionna Catchpole, y yo anunciaría que Fionna era la propietaria de ese teléfono.
Plan sencillo, fácil y, probablemente, muy efectivo. Además, ninguno de los invitados de la fiesta se esperaría ese giro de los acontecimientos.
Y, de vuelta a mi mañana de cumpleaños, ya instalados en mi habitación, los chicos me daban sus regalos.
-          Chicos, de verdad, no hacía falta que os molestaseis – repetí por enésima vez mientras abría el paquete de Kevin.
-          Reconócelo, te encantan los regalos. – dijo Nat mientras colocaba todos los regalos en un montón.
-          Vale, lo reconozco, me encantan los regalos – reconocí terminando de abrir el paquete de Kev.
De la caja salió una cazadora negra de cuero, del tipo perfecto, con tachuelas en la zona del cuello, y el nuevo modelo de Christian Loubotin.
-          ¡Muchas gracias Kev! – le dije abrazándolo. – Como siempre, has acertado de pleno.
-          Tuve algo de ayuda – añadió él, mirando significativamente a Penny.
-          Venga, ahora me toca a mí – añadió Johnny. – Que para algo soy su hermano. – añadió mientras me tendía una caja de Chanel.
Destapé la caja con cuidado, quedando alucinada con su contenido, el modelo de Chanel 2.55 en color rojo:
-          ¡Johnny! Te has pasado.
-          No me riñas, lo querías desde hace bastante, así que como buen hermano, te lo regalo.
La abracé con mucha fuerza.
-          En serio, gracias.
-          Ya sabes que por ti lo que sea. Y ahora abre el de las chicas.
Haciéndole caso, abrí el pequeño paquete que me tendieron. Al abrir la caja, apareció el modelo nuevo de Rolex en oro rosa, con la esfera de brillantitos.
-          No puede ser en serio. – añadí, todavía sin creérmelo mucho.
-          ¿Y por qué no? – preguntó Nat.
-          Porque esto es pasarse. Si lo del bolso ya me parecía una pasada…
-          Lena, eres nuestra amiga. – empezó a decir Penny.
-          Y solo se cumplen dieciocho años una vez – terminó Charlie.
-          En serio, muchas gracias – dije mientras las abrazaba a todas.
-          Mira la esfera de atrás – añadió Penny.
Le hice caso. En la esfera de atrás, las chicas habían grabado la siguiente inscripción: “Con amor. N.C.P”.
-          ¿Os he dicho que os quiero? – dije.
-          Muchas veces – me respondió Nat.
-          Pues lo repito, os quiero. Y mucho.
Volvimos a abrazarnos las cuatro durante un pequeño rato.
-          Venga chicas, que aún faltan Jerry y Chris – nos recordó Kevin.
Nos separamos y volví a mi lugar para seguir abriendo regalos.
-          Si dejamos a tu querido novio para el final, ahora me toca a mí. – dijo Jerry tendiéndome un paquete.
Quité el papel de regalo, y apareció una caja con el logotipo de Victoria’s Secret.
-          Creo que este lo voy a abrir luego. – respondí convencida.
-          Pues te toca el siguiente. – añadió Jerry tendiéndome el segundo paquete, un sobre delgado.
Lo abrí, sacando del sobre dos billetes con destino a Dublín, dos billetes con destino a Cork y dos entradas para el siguiente concierto de U2 en Cork, con pase para zona vip.
-          Como puedes ver, los billetes para Dublín no tienen fecha de caducidad, así que puedes ir en cualquier momento allí con la persona que tú quieras.
-          Nunca he estado allí.
-          Te gustará, tanto como Cork, donde se celebra el concierto. Y ahora el último paquete – añadió, trayendo hacia mí un paquete bastante grande.
Corrí a abrir el regalo, y me sorprendí de ver un juego completo de maletas de piel de Chanel en color crema y negro, con maletas de muchísimos tamaños, neceseres, sombrereras, etc.
-          Un buen viaje necesita una buena maleta. O varias, teniendo en cuenta cómo eres tú.
-          Jerry, eres un amor. – dije abrazándolo.
-          Nat me dijo que nunca habías estado en Irlanda, así que me pareció un buen regalo de cumpleaños lo de regalarte un viaje.
-          Y ahora me toca a mí. – dijo Chris, tendiéndome un paquete pequeño.
Abrí el paquete con cuidado y saqué una caja de Tiffany’s. La abrí, y en su interior encontré los pendientes de diamantes más bonitos que había visto en mi vida. Eran de forma alargada y caían en forma de lágrima.
-          Chris, te has pasado. Pero mucho.
-          Nada es suficiente para ti. – me dijo él encogiéndose de hombros. Me encantaba cuando hacía eso.
-          Te quiero, ¿lo sabes? – le respondí abrazándolo.
Nos empezamos a besar, algo efusivamente, provocando que los demás empezaran a quejarse.
-          Venga chicos, si queréis os pago yo el motel, no hace falta que lo hagáis aquí mismo… – dijo Jerry largándose de la habitación con el resto.
-          ¿Cuál era el plan para hoy? – le pregunté a Chris.
-          En el cine echan el maratón de películas de Star Wars, y teníamos pensado ir. Luego comeríamos, volveríamos al cine, y después os dejaríamos en la habitación para que os arreglarais para la fiesta.
-          Creo que no me apetece demasiado lo de Star Wars… Sobre todo si tenemos en cuenta que podríamos estar solos aquí toda la mañana… - le dije mientras le empezaba a besar el cuello.
-          Creo que a mí tampoco me apetece ver películas.

***
Unas cuantas horas más tarde, después de la mañana en la habitación de Chris, la comida y la sesión de películas de Star Wars, estaba con Chris en la puerta de la discoteca, esperando para entrar en mi fiesta de cumpleaños.
-          ¿Aún no quieres entrar? – me preguntó Chris mientras me abrazaba para que no tuviese frío. 
-          Quiero disfrutar unos segundos más de esto – le dije mientras hundía la cara en su hombro. Aspiré su aroma con disimulo. Me encantaba ese olor tan particular que tenía él, un olor muy masculino.
-          Pues estaremos aquí hasta que tú lo digas. – me contestó abrazándome más fuerte.
Permanecimos unos momentos en silencio, un silencio agradable, disfrutando de nuestra presencia.
-          Me encantaría estar así siempre – suspiré.
-          ¿Así como?
-          Así, contigo... Solo tú y yo. 
Chris me separó un poco de él para verme la cara, aunque me mantenía abrazada. 
-          Lena... ¿tú sabes que te quiero? – me preguntó mirándome a los ojos.
-          Con locura. Como yo a ti. – le confesé.
-          ¿Y tú harías algo por mí?
-          Lo que sea Chris, lo que sea.
Pero antes de que me contestara, Nat se asomó por la puerta del gimnasio, interrumpiendo el momento.
-          Parejita, siento interrumpir, pero Lena tiene que hacer su entrada triunfal.
-          Entonces vamos – dijo él, algo decepcionado.
Me acerqué a su oído para susurrarle:
-          Me debes una respuesta. 
El asintió, haciendo un gesto que significaba que ya hablaríamos.
La gente estaba bailando cuando entramos en la fiesta. Nat se subió al escenario y cogió el micrófono, como aquellas vez que cantó "Will you still love me tomorrow" para que Chris y yo la bailáramos en el cumpleaños de Blondie Fox.
-          ¡Buenas noches a todos! Estamos aquí para celebrar el cumpleaños de una chica muy especial, ¿os suena?
Un prolongado y ruidoso "Siiiiiiii" se oyó en la sala.
-          Pues ya que sabéis quien es, dediquémosle un gran aplauso a la cumpleañera, la genial Lena Williams!
Una horda de aplausos resonó por toda la sala, además de los gritos de mis amigas.
-          Y ahora, ¡continuemos con la fiesta! - grito Nat bajándose del escenario.
Chris me tomo de la mano y me llevo al centro de la pista, donde baile con él durante un buen rato, aunque también baile con Johnny, Jerry, Kev y mis amigas, además de con unos cuantos chicos mas del internado, entre los que estaba Christian Valley, que aún seguía saliendo con Jill Blackstone.
En un momento determinado, Nat mando parar la música y me subió al escenario, y, al mirar hacia la puerta, vi como Chris se acercaba hacia mí con una tarta de cumpleaños preciosa, adornada con dieciocho velas ya encendidas, que poso en una mesita que estaba colocada delante de mí.
Después del consabido cumpleaños feliz, que entonaron todos los que estaban allí, y con Chris agarrándome la cintura con suavidad, procedí a soplar las velas, que conseguí apagar de una vez.
Tras los aplausos, Nat volvió a agarrar el micrófono y se dirigió a la gente:
-          Y ahora, ¡unas palabras de la cumpleañera!
Nat me alargó el micrófono y me dirigió una mirada significativa. Era la hora de la verdad.
-          Antes de nada, buenas noches a todos y muchas gracias por venir a mi fiesta. Y ahora, la noticia bomba de la fiesta.
-          ¡Estás embarazada! – gritó Jerry, provocando que Nat le diera una colleja.
Unos murmullos empezaron a escucharse en la sala.
-          No, no estoy embarazada. La única embarazada de esta sala es Barbara Clarkson. Pero por noticias como estas, falsas o no, la gente se crea opiniones erróneas acerca de nosotros.
-          Lo que dice Lena es cierto. No hace tanto, se rumoreó que ella estaba liada con Fred Hilton – continuó Chris.
-          Algo totalmente falso. Pero por rumores como esos, tuve una discusión con Chris innecesaria. Por eso, y tras una singular petición, tengo que tomar medidas contra esos rumores – dije sacando mi móvil de mi bolsito.
La gente prestó atención con ese gesto, y siguieron con la mirada el recorrido que hice con el móvil, enseñándolo a la sala y luego marcando un número. Y antes de que sonara el primer pitido, añadí:
-          Compañeros de internado, os presento a Fionna Catchpole.
La melodía estridente de un móvil sonó en ese momento, anunciando la identidad de la cotilla oficial del internado. Y, por supuesto, todo el mundo dirigió su mirada a la portadora del móvil. Y al mirar, lo que menos podía imaginarme era la identidad de la cotilla.
Lo único que oí con claridad antes de que empezaran los murmullos fue la voz de Chris elevándose por encima de las demás, amplificada por el micrófono que yo sostenía en la mano:
-          ¿Jillian? – dijo él, todavía sin poder créerselo.
Ni yo misma lo hubiera adivinado nunca. Jill Blackstone era la famosa Fionna Catchpole. La cotilla oficial del internado. La persona que se había dedicado a publicar los secretos y cotilleos de la gente del internado durante los últimos tres años.
Jill, con cara de asustada, salió corriendo de allí. Nadie se lo impidió. Todo el mundo no se había acostumbrado a la noticia, ni siquiera se lo terminaban de creer del todo. Pronto empezaron los murmullos, que fueron subiendo de todo a medida que pasaban los minutos.
Miré a mis amigos. Ninguno nos creíamos lo que acababa de pasar. Nuestras caras de desconcierto eran perfectamente visibles.
-          Lo siento, pero nunca pensé que fuera ella. – dijo Nat rompiendo el silencio que había en nuestro pequeño grupo.
-          Ni yo. Pero ni de coña. – añadió Charlie.
-          Siempre pensé que sería alguna de las lacayas de Blondie Fox, o incluso alguien próximo a ella. Pero nunca Jill. – terminó Penny.
Mi conciencia me decía que fuera tras Jill, a pedirle explicaciones o algo así. Por mucho daño que me hubiera hecho con sus publicaciones, se merecía que la escuchasen. Por lo menos merecía la oportunidad de explicarse.
-          Chicas, creo que voy a salir un rato fuera. Necesito un cigarrillo. – dije mientras me bajaba del pequeño escenario.
-          Te acompaño – me dijo Chris siguiéndome.
Salimos fuera de la discoteca, y me apoyé en la pared exterior mientras buscaba un cigarrillo en el bolso. Por supuesto, ya no tenía ninguno. Hacía bastante que no fumaba.
-          Chris, dime que tienes un cigarrillo por ahí.
-          Ya sabes que no. Hace bastante que no fumo.
-          ¿Podrías entrar y pedirle unos cuantos a Jerry?
-          En realidad no quieres fumar.
-          Claro que quiero fumar. Por eso te pedí que entraras a pedirle tabaco a Jerry.
-          Lo de los cigarrillos es un farol. En cuanto entre, tú irás en busca de Jill.
Mierda. Me había pillado.
-          Te conozco muy bien. Demasiado bien diría yo. Estás deseando que te explique todo.
-          Vale, has acertado. ¿Ahora puedo irme?
-          Sola no llegarás muy lejos. Jill no está en la residencia.
-          ¿Sabes dónde puede estar?
-          Eso creo. Por probar no perdemos nada.
Y cogidos de la mano, nos dirigimos al edificio de clases. Aunque estaba algo extrañada, no dije nada, sino que seguí caminando en silencio. Al llegar, subimos al tercer piso y nos dirigimos hacia el pasillo de las salas audiovisuales.
Chris se paró delante de una puerta y la abrió despacio. La sala estaba a oscuras, así que antes de encender la luz, pregunté:
-          ¿Jill?
-          ¿Lena? ¿Eres Lena Williams?
-          La misma. – dije mientras encendía la luz.
Jill estaba sentada en un rincón de la vieja sala, abrazándose las rodillas y con la cara llena de lágrimas.
-          Por lo visto vienes acompañada. – dijo al ver a Chris.
-          Sin él no te hubiese encontrado nunca. – reconocí.
-          Recuerdo que te gustaba estar aquí cuando querías esconderte del mundo. – añadió Chris.
Me senté al lado de Jill, y Chris se sentó enfrente de las dos, cerrando el círculo.
-          ¿Por qué venís en son de paz? – preguntó ella. – ¿O sólo estáis fingiendo para echarme a los leones?
-          Los leones no te comerán, no dejarás que lo hagan. – le contestó Chris.
-          Además, todavía no te buscan. Mañana sí, pero ahora no. Están demasiado concentrados en pasárselo bien en mi fiesta. – dije.
-          Siento todo lo que os he hecho. En serio. Nunca debería haber escrito cosas tan horribles sobre vosotros y sobre el resto.
-          Todos hemos hecho algo de lo que nos arrepentimos alguna vez. No serás ni la primera ni la última en hacerlo. – reconoció Chris.
-          Lo sé, pero ahora que pienso en lo que hecho, me arrepiento muchísimo.
-          Estás perdonada Jill. Todos cometemos errores. – le dije.
Nos quedamos en silencio por unos momentos, silencio que Chris rompió.
-          Creo que deberíamos volver ya.
-          Christopher, espera un momento. Tengo que hablar a solas con Lena.
Chris asintió en silencio y se marchó de la habitación, dejándonos solas.
-          Creo que te debo una explicación de todo. – empezó a decir ella.
-          No hace falta…
-          Creo que sí. Te lo debo. Y no quería que Chris estuviera delante.
-          Adelante pues.
-          Creo que ya sabes que Chris y yo estuvimos saliendo hará unos tres años…
-          Johnny me lo contó.
-          Pues es cierto. Estábamos genial. Pero yo era diferente con los chicos por esa época, me gustaba cambiar de chico continuamente para no aburrirme. Chris no iba a ser la excepción, así que lo dejé.
-          Johnny me dijo que lo había pasado muy mal.
-          Es cierto. Chris lo pasó muy mal. Y me arrepiento muchísimo de haberlo dejado. Fue lo peor que pude hacer. Y a partir de eso, Chris cambió. Se volvió más duro,  ya no le importaba lo de dejar corazones rotos a su paso. Y todo por mi culpa.
Jill cogió aire antes de seguir con su relato.
-          Un día, a las pocas semanas de dejarlo, lo vi con una chica. Me miró, y vi que ya no sentía nada por mí. Eso fue horrible. Me sentí fatal, lo único que quería hacer era llorar. Pensaba que, al dejarlo, si quisiera volver con él, lo haría fácilmente. Pero me confié, lo que le había hecho a Chris le había alejado de mí.
Comprendí perfectamente la personalidad del Chris que conocí cuando llegué al internado. Por muy duro que se quisiera mostrar hacia el mundo, con esa actitud de indiferencia total, en el fondo era un chico al que le habían roto el corazón.
-          Como Chris seguía saliendo con chicas, me enfadé tanto conmigo misma que lo único que quería hacer era hacerles daño a las chicas con las que salía él. Y la única manera que se me ocurrió de hacerles daño fue publicar sus trapos sucios en un boletín que leería todo el internado. Y para que nadie sospechase que yo era Fionna Catchpole, empecé a publicar los cotilleos de gente que no tenía nada que ver con Chris. Mi correo electrónico falso pronto se llenó de correos de gente que quería desvelar secretos.
-          ¿Y por qué no paraste?
-          Me acabé acostumbrando a eso. A prestar más atención a las vidas de los demás que a la mía. Pero eso cambió.
-          ¿Cómo?
-           Gracias a ti.
-          ¿A mí?
-          Indirectamente. Llegaste nueva al internado, Chris se enamoró de ti, y tú de él. Llegué a odiarte. Y no sabes lo que me alegré cuando me enteré de que Christian Valley, tu ex novio, había llegado al internado dispuesto a recuperarte.
-          Porque así tú tenías alguna oportunidad con Chris.
-          No esperaba tener ninguna, pero me alegraba el hecho de saber que tú no estabas con él. Pero tú un día dejaste a Valley y volviste con Chris. Así que gracias a eso, yo conocí a Christian. Si no hubieras dejado a Valley por Schoomaker, yo no estaría ahora con Christian.
-          ¿Cómo lo conociste?
-          Fui a la enfermería a buscar una aspirina, y en la sala de espera, estaba Christian. Empezamos a hablar… y surgió la química. Christian es el primer chico que me gusta de verdad.
-          ¿Y por qué no dejaste de escribir el boletín cuando empezaste con Christian?
-          No lo sé. Fionna Catchpole se había convertido en parte de mi vida y no sabía cómo deshacerme de ella. Aunque ahora ya no me queda más remedio que hacerlo.
-          Lo superarás. Christian te ayudará.
-          Seguramente me odia ahora mismo.
-          Se le pasará. Habla con él y te perdonará. Yo ya lo he hecho.
-          No sé cómo darte las gracias.
-          No hace falta que lo hagas. Lo único que espero es que me llegues a considerar tu amiga. Ahora no, pero espero que en futuro sí. He oído que te han admitido en Yale.
-          Quería ir a Yale desde que era pequeña. Me alegra saber que voy a tener una amiga allí – dijo ella sonriendo por primera vez.
-          Venga, ahora toca enfrentarse a los leones.
-          ¿Juntas?
-          Juntas.
Y salimos de allí con la intención de volver a la fiesta. Tocaba enfrentarse con los fantasmas del pasado. Pero Jill no lo iba a hacer sola. Ahora contaba conmigo.

viernes, 6 de julio de 2012

Capítulo 29: La petición de Blondie Fox


Al día siguiente, lo único que deseaba hacer en ese momento era morirme, resucitar y volver a morir otra vez. En serio, nunca volvería a beber tanto. Nunca. Lo peor de todo era que no me acordaba de nada de lo que había pasado a partir de que habíamos comprado los vestidos. Y eso era preocupante.
El ambiente que reinaba en esos momentos en la habitación era la imagen de nuestras respectivas resacas. Charlie estaba en la cama con un bote de pastillas al lado, Nat ni siquiera se levantaba y Penny se había encerrado en el baño. 
En definitiva, las cuatro estábamos para el arrastre. Pero lo que provocó un gemido colectivo fue que aporrearan a la puerta en ese momento, y que aparecieran nuestros cuatro novios en la habitación sin pedir permiso para entrar.
-          ¡Buenos días monadas! – gritó Jerry con su típica alegría mañanera.
-          ¡Muérete! – le gritamos Charlie y yo a la vez, sin salir de la cama.
-          ¡Buenos días cariño! – le contestó Nat levantándose de la cama, con un aparente perfecto estado.
-          Nat, ¿por qué tú estás fenomenal y nosotras estamos para el arrastre? – le pregunté al incorporarme, con ayuda de Chris.
-          Además de por el hecho de que soy novia de un irlandés...
-          Eso no cuenta. – cortó Charlie.
-          Pues resulta que ninguna de vosotras tres sabe aguantar el alcohol. – concluyó con una sonrisa triunfal.
Y era cierto. Nat era la que mejor aguantaba de nosotras cuatro.
-          ¿Cómo te encuentras? – me dijo Chris apartándome un mechón de la frente.
-          He estado mejor, créeme. Lo peor de todo es que no me acuerdo de nada. . admití.
-          ¿En serio no recuerdas nada? – me preguntó preocupado.
-          Lo último que recuerdo es que compramos los vestidos. ¿Tú sabes algo? – le pregunté.
-          Lena, fue Chris el que vino  a recogernos. – respondió Nat.
-          ¿En serio? – le pregunté.
-          Lena, prefiero no imaginarme lo que habría pasado si no hubiese llegado a tiempo. – me dijo.
-          Por favor, ahórrame los detalles de anoche. – le pedí, rezando para que no les hubiese contado nada a los chicos.
-          ¿Estás de broma Lena? – preguntó Johnny – Ni siquiera nos los ha contado a nosotros, y queremos saberlos.
-          ¡Detalles, detalles, detalles! – se pusieron a corear Kevin y Jerry.
-          De acuerdo, de acuerdo. Lo contaré todo. – dijo Chris, zafándose de los chicos, que se habían sentado a su lado, quitándome el sitio. – Pero será mejor que empecéis vosotras.
-          Pues nosotras nos fuimos de compras… - empezó Penny.
-          Penny, eso ya lo sabemos. – le cortó Kevin. – Cuenta los detalles interesantes.
-          Nos echaron de varias tiendas por el escándalo que estaba armando Nat. – dijo Charlie, mientras miraba mal a la rubia.
-          En mi defensa, quiero decir que al final acertamos con la boutique de Mary.
-          Vale, vale. Puede que acertáramos con la boutique de Mary. Pero eso no borra el hecho de que nos echaran de esas tiendas. – dijo Charlie.
-          Sabía que los vestidos que había en esas tiendas no os iban a gustar. Al fin y al cabo, son vestidos de centro comercial. Así que provoqué que nos echaran.
-          Nat, con haber sugerido visitar la tienda de Mary habría bastado. – le dije.
-          Puede, pero no nos lo habríamos pasado tan bien. – reconoció ella.
Vale, tenía que darle la razón en eso. El día de la prueba de los vestidos sería memorable.
-          Vale, repasemos. Os echaron de varias tiendas. – empezó a decir Kevin.
-          De tres, concretamente. – interrumpió Penny.
-          Corrijo, os echaron de tres tiendas. Fuisteis a la boutique de la tal Mary y…
-          Nos compramos los vestidos. – concluí.
-          Entonces, ¿cómo acabasteis tan borrachas? – preguntó Jerry.
-          A ver, nos compramos los vestidos por turnos, y mientras una estaba en el probador, las otras nos hartábamos de beber champagne y comer bombones. – admitió Charlie.
Los chicos soltaron un “Ahhhh” de comprensión a la vez.
-          Y como cuando terminamos ya era algo tarde, pero no lo suficiente como para volver al internado… – empecé.
-          Y llevábamos varias copas encima… – continuó Charlie.
-          Nos fuimos a celebrar que ya teníamos nuestros vestidos de graduación… – siguió Penny.
-          Y a seguir bebiendo champagne… – admitió Nat entre risas.
-          Y así fue como las encontré. En un bar con temática de los años 80, bailando como en una despedida de soltera. – terminó Chris.
-          ¿Sólo eso? – preguntó Johnny.
-          Lo mejor fue lo del coche. Ahora me hace gracia, pero ayer no.
-          ¿Qué pasó en el coche, Chris? – le pregunté con tono de preocupación.
-          Cuando os vi, pensé que la única que estaba borracha era Nat, pero cuando se pusieron a imitar a Christina Aguilera y Charlie sacó una botella de champagne que habían robado del bolso, supe que el único sobrio del coche era yo.
Me quedé en silencio, avergonzada, intentando imitar la postura del avestruz cuando quiere esconderse, enterrando la cabeza en la tierra. Solo que yo escondí la cabeza entre mis piernas.
-          ¿De verdad robamos una botella de champagne? – pregunté.
-          En realidad fue Charlie. – dijo Nat.
-          Guau. Soy una ladrona. – respondió Charlie sin creérselo demasiado.
-          Pues tampoco es para tanto – dijo Jerry. – Me esperaba que hubiesen hecho un striptease en el bar, o algo así… ¡Ay! ¿Por qué habéis hecho eso? – preguntó él después de que Penny y Charlie le pegaran dos collejas.
-          ¡Por idiota! – le gritaron las dos, provocando las risas de los demás.
-          De todas maneras, cuando llegasteis a la habitación, todavía queríais continuar la fiesta, animadas por Jerry.
Todas miramos mal a Jerry, que inmediatamente se puso detrás de Kevin para protegerse.
-          Las que queríais ir de fiesta erais vosotras, y a mí también me apetecía.
-          En fin, nunca cambiará – dijo Nat algo pesarosa.
-          De todas maneras, Lena también quería continuar con la fiesta. – añadió Chris.
-          ¿En serio? – pregunté.
-          Pero en privado cariño. – me respondió.
Todos se empezaron a reír de mí, provocando que me pusiera roja.
-          No vuelvo a beber alcohol. – prometí.
-          Eso no te lo crees ni tú – dijo Nat riéndose.
-          Vale, rectifico: no volveré a pasarme con el alcohol.
-          Lo único que saco en conclusión de todo esto es que se confirma mi teoría – dijo Jerry algo pensativo.
-          ¿De qué teoría hablas, cariño?
-          La que afirma que desde que Chris está con Lena, está más atontado que de costumbre.
-          ¿Y eso por qué? – le preguntó Chris.
-          Pongamos un ejemplo: si Nat me viniese a ofrecer sexo, aunque estuviese borracha, lo aceptaría. ¿Vosotros no haríais lo mismo?
-          ¡NO! – le contestamos todos a la vez.
-          Déjalos cariño, aquí todos son unos caballeros – le contestó Nat.
-          En fin, a lo que íbamos… - empezó a decir Charlie, pero la interrumpió el sonido del móvil de Nat.
-          Esperad, tengo que contestar – dijo la rubia yendo a un lado de la habitación.
Todos estábamos en silencio, oyendo sólo las respuestas de Nat, que consistían en unos cuantos “sí” y “ajá”.
-          De acuerdo, déjanos media hora y ya bajamos. Hasta ahora. – dijo Nat despidiéndose.
-          ¿Quién era Nat? – le preguntó Charlie.
-          Kelly Preston.
-          ¿La lacaya de Blondie Fox? – preguntó Jerry.
-          Exacto. Me llamaba para decirme que Blondie Fox solicita audiencia contigo, Lena.
-          ¿Conmigo? ¿Y eso por qué? – le pregunté.
-          Eres la reina del internado. Y solicita audiencia porque quiere que soluciones algo.
-          ¿El qué?
-          No me lo ha dicho, pero creo que es importante. Además, Kelly me ha dicho que están el resto de las chicas del internado en la sala común.
-          Entonces sí que es importante. – añadió Penny con algo de preocupación.
-          Pues allá vamos – dije.
Durante la siguiente media hora procedimos a adecentarnos. Para no ir demasiado arreglada pero ir mona, me puse mis vaqueros preferidos, una blusa de gasa en color negro y mis bailarinas favoritas, unas negras con tachuelas doradas.
Al bajar a la sala común, vimos que estaba llena. Todo el personal femenino del internado se encontraba allí sentado, ya que la sala era lo bastante grande para que cupiésemos todas. Las chicas se sentaron a mi lado, y yo me senté en un taburete alto, esperando a que se acercase Blondie Fox.
Blondie Fox estaba irreconocible. Yo siempre la había visto arreglada, y ahora que la veía en vaqueros y sudadera grande, me chocaba. Se paró frente a mí y empezó a hablar:
-          En circunstancias normales te ignoraría, ya que me has robado el puesto y el novio. Pero no estoy aquí por eso – añadió rápidamente al ver que iba a protestar – Estoy aquí por otra cosa.
-          Habla Barbara. Todas te escuchamos.
-          Estoy embarazada.
-          ¿QUÉEEEEE? – gritamos las chicas y yo a la vez.
-          ¿No lo sabías? – me preguntó.
-          Para nada. Me acabo de enterar.
-          Pues ya lo sabe todo el internado. Y se supone que era un secreto.
-          ¿Y cómo se han enterado? – le pregunté.
-          Estaba en mi habitación con Katy y Kelly, y les estaba contando la noticia, cuando de repente oí que alguien cerraba la puerta de la habitación de repente, ya que estaba entreabierta. Ese alguien debió de oír toda la conversación, y debió de mandarle un correo a Fionna Catchpole, o puede que fuese la propia Fionna Catchpole quien lo oyera.
-          ¿Y qué quieres que haga, Barbara?
-          Quiero que descubras quién es Fionna Catchpole.
Se oyeron grititos de sorpresa por toda la sala. ¿En serio pretendía Blondie Fox que yo averiguase quién era la misteriosa Fionna Catchpole?
-          Barbara, lo que me estás pidiendo es imposible.
-          Antes era imposible, porque Fionna publicaba su boletín en papel, pero ahora que lo hace por internet, es mucho más fácil.
-          Y todas queremos saber quién es Fionna – contestó una alumna que debía de tener dos años menos que yo. – Ha publicado cosas que han hecho daño a la gente. Incluso ha provocado cosas sobre ti. – me dijo.
Y era cierto. Lo último que había publicado y que me había hecho daño de verdad había sido la noticia que insinuaba que yo estaba liada con Fred Hilton.
-          Vale, tienes razón…
-          Valery, me llamo Valery.
-          Pues Valery, tengo que darte la razón. He tenido algunos problemas por las cosas que ha escrito Fionna, pero yo no quiero vengarme.
-          Pero el resto del internado sí – contestó Valery, provocando el asentimiento general.
-          Valery, frente a los rumores hay que decir la verdad. Si cada una de las que estamos aquí no nos escondiéramos de las opiniones del resto de la gente, sino que les plantáramos cara, al resto de la gente no le importaría nuestra vida. Y eso es lo que hay que hacer. Si cada una de las que estamos aquí ignora lo que escribe Fionna sobre ella, provocaría que Fionna se cansase y dejase de escribir.
Mis palabras provocaron el asentimiento general.
-          Si no hay nada más que contar, se acaba aquí la reunión.
Blondie Fox se marchó de la sala común indignada. Como todo el mundo guardaba silencio, decidí que la reunión había terminado. Me levanté del taburete y mis amigas me siguieron. Pero, al pasar por delante del baño del pasillo, tuve una corazonada.
-          Esperadme arriba, tengo que ir al baño un momento.
Una vez que perdí de vista a las chicas, me metí en el baño, donde me encontré frente a frente con Blondie Fox, que lloraba sentada en el suelo.
-          Barbara… – empecé.
-          Si vas a reírte de mí como hace el resto del internado, vete. Ya tengo suficiente con las burlas de los demás como para soportar las tuyas. – me contestó ella llorando.
-          Barbara, no he venido aquí para burlarme de ti.
-          ¡Pues todo el mundo lo hace! Mirad a Barbie Clarkson, la que fue la reina del internado, y ahora será la próxima madre adolescente del internado. – dijo ella llorando con más fuerza, por lo que esperé a que se calmase para contestar.
-          Barbara, sigues siendo la misma persona. Lo único que cambia es que dentro de unos meses tendrás un bebé. Vengo a ayudarte.
-          Lo único a lo que vienes es a compadecerte de mí.
-          No vengo a eso.
-          Déjame en paz. No vas a averiguar quién es Fionna, así que vete.
-          Voy a ayudarte a descubrir la verdadera identidad de Fionna.
-          ¿Es en serio? – preguntó ella, sin creérselo demasiado.
-          Claro que sí, yo también tengo curiosidad por saber quién es la famosa Fionna Catchpole.
-          ¿Y cómo lo vas a conseguir?
-          Eso corre de mi cuenta.
***

-          ¡¿QUÉEEEEEEEEEE?! – gritó Nat cuando solté la noticia bomba.
-          Lo que has oído. – respondió Charlie con ironía.
-          ¡No, definitivamente me niego! – continuó Nat a lo suyo.
-          Pero Nat… – empecé.
-          Lena, si digo que no es que no.
-          Sólo reconsidéralo por un momento.
-          Está bien Lena, voy a reconsiderar la situación: me estás pidiendo que ayude a una zorra que se acostó con tu novio…
-          Todavía no era mi novio. – le dije interrumpiéndola.
-          Como sea. Te recuerdo que te declaró la guerra el primer día que pisaste el internado.
-          ¿Y qué? No puedo odiarla siempre. Además, está embarazada. A mí me da pena.
-          Lena, quita el hecho de que está embarazada. – añadió Nat. – Yo también lo estuve y nadie me ayudó.
-          Pero tú no vas a ser madre adolescente, y podrás ir a la Universidad y todo eso. Ella no.
Nat calló ante mis palabras. Todavía le dolía el recuerdo de su embarazo, no le gustaba hablar de ese tema.
-          Nat, sólo imagina por un momento que lo que le está pasando a Blondie Fox te hubiese pasado a ti. – empecé a decirle.
-          Es el mismo caso. – dijo ella con resentimiento.
-          No Nat, esto es diferente, completamente diferente. – le contestó Charlie.
-          Todo el mundo se burla de ella ahora, y nadie la apoya, ni siquiera sus lacayas... – le empezó a decir Penny. – Tú nos tenías a nosotras. Y a Jerry, que reconoció al bebé, te prometió que iba a estar contigo, y te apoyó en todo.
-          Jerry ha sido quien me ayudó a superar todo. Al fin y al cabo, también era su hijo. – admitió Nat.
-          Pues ya me gustaría saber si Brandon Jeffries apoya a Blondie Fox de la misma manera que Jerry lo hizo contigo. – le respondió Penny.
-          Quién sabe… – dijo Charlie.
-          Pues por eso deberíamos ayudar a Blondie Fox. – añadí.
Nat me miró pensativa durante unos segundos, para contestar:
-          De acuerdo, ayudaré a Blondie Fox.
-          ¡Bien! – grité, al mismo tiempo que la abrazaba.
-          Pero una vez que esto acabe, no pienso hablar con ella.
-          Eso ya es cosa tuya. – le dije. – Por cierto, ¿se te ocurre algo para descubrir a Fionna?
-          Tengo algo en mente. Pero necesito que esté presente todo el internado.
-          ¿Qué os parece si lo hacemos en una fiesta? – sugirió Penny.
-          ¿Y en cuál? – preguntó Charlie.
-          ¿La graduación? – sugirió Nat esta vez.
-          No, la ceremonia de la graduación es sagrada. Además, es nuestra graduación. Si fuera la de otros, pues la sabotearíamos, pero siendo la nuestra, pues no. – contesté.
-          ¿Y el baile de graduación? – dijo Charlie.
-          Más de lo mismo. Además, tendría que ser en una fiesta donde no hubiera profesores. Por lo menos para poder hacer lo que tengo en mente. – explicó Nat.
-          ¿Y si lo hacemos en cualquier fiesta en el gimnasio? – sugerí.
-          ¿Y qué tal en tu fiesta de cumpleaños?
-          Charlie, ¿de qué fiesta de cumpleaños hablas?
-          De la tuya tonta.
-          Charlie, me acabo de enterar de que tengo una fiesta de cumpleaños.
-          Normal, se me acaba de ocurrir. – admitió ella encogiéndose de hombros – Pero reconoce que es una buena idea.
-          Lo es – dijeron Nat y Penny a la vez.
Tendrás la mejor fiesta de cumpleaños que se recuerde en el internado. Porque, créeme, esta fiesta será recordada durante muchos años.