lunes, 2 de abril de 2012

Capítulo 27: Campanas de boda

Ya había pasado una semana desde la fatídica fiesta de San Patricio. Y los cambios que se habían producido en esa fiesta ya se notaban. Para empezar, Fred había dejado de acosarme para que saliera con él y dejase a Chris. En clase me trataba como a otra alumna más, cosa que satisfacía enormemente al resto de mis compañeras y a Alan Perkins.
Respecto a Chris, seguíamos como el día de la fiesta. Hablábamos lo justo, pero nos seguíamos sentando juntos para comer y seguíamos viéndonos después de clases, pero nunca solos.
Lo echaba terriblemente de menos. En todos los sentidos. Echaba de menos que aparecieran mensajes de él en mi móvil deseándome los buenos días, el beso de buenos días, tomar café con él en los descansos, nuestras tardes estudiando que acababan con una sesión de besos...
Gracias a todo esto me había dado cuenta de que lo quería demasiado, y que no quería estar sin él. Pero en toda la semana no había con seguido hablar con él, pero esperaba poder hacerlo en Los Ángeles.
¿El motivo de mi viaje a Los Ángeles? Nada más y nada menos que la boda de mi madre con Joe. Por fin, después de tres meses y medio, mi madre se casaría con Joe. Y por eso ese fin de semana estaría en L.A ejerciendo de dama de honor junto con mis amigos y algunos profesores del internado que estaban invitados a la boda.
Como en toda boda, los novios celebran sus despedidas de solteros, y en esta boda no iba a ser la excepción. La mejor amiga de mi madre, Martha Sullivan, para mí conocida como la tía Marty, era organizadora de eventos, y como tal, era la encargada de organizar la mejor despedida de soltera para mi madre.
Por eso, después de una maravillosa cena que corrió a cuenta de mi abuela Michelle, las invitadas a la despedida de soltera y yo nos encontrábamos en uno de los locales de copas más famosos de Los Ángeles, “Trix”.
Mi madre había tenido la genial idea de invitar a mis amigas a su despedida de soltera para que yo no me aburriera. De todas maneras, la fiesta, con temática de los años 80, no era para nada aburrida. Ver a todas las amigas de mi madre bailar la conga alrededor de ella era bastante divertido, y cantar en el karaoke instalado en un rincón canciones míticas de esa época como “Heart of glass” de Blondie o “You came” de Kim Wilde con mis amigas a pleno pulmón era absolutamente genial.
Estábamos Nat y yo sentadas en la barra, cada una con su Martini correspondiente, cuando aparecieron en la fiesta los chicos.
-          ¡Jerry! – gritó Nat en cuanto vio a su novio – ¿Qué hacéis aquí?
-          Hemos traído a Joe para que vea a Lily. – dijo Chris.
-          De eso nada, Joe no puede verla hasta mañana. – dije firmemente.
-          ¿Y eso por qué? – preguntó Johnny.
-          ¿No sabes que da mala suerte ver a la novia antes de la boda? – le recordé.
-          ¿En serio crees en esas estúpidas supersticiones? – me preguntó mi futuro hermanastro.
Nat y yo le miramos mal a la vez.
-          Vale, resulta que sí que creéis en eso. Pues nos llevamos a Joe de vuelta a casa. – dijo Johnny volviéndose a poner la cazadora. – Pero volvemos después.
-          Johnny, ya es tarde, lo mejor sería que todos nos marchásemos. – le dijo Chris.
-          Mañana va a ser un día muy largo. – completé yo.
-          Tienes razón Lena. Deberíamos marcharnos.
Todos empezamos a recoger nuestros abrigos, y Chris se acercó a mí:
-          ¿Podemos hablar mañana a solas antes de la boda?
-          Imposible. Estaré con mi madre hasta llegar al altar.
-          Entonces te veo en la boda.
-          Más bien en el altar. – le dije sonriendo.
-          Serás la mejor dama de honor del mundo. – se despidió él con una sonrisa.
Chris se fue con el resto de mis amigos a casa de Joe, que era donde se alojaban. Y yo busqué a mi madre para poder irnos a casa de mi abuela. Tras encontrarla, pedimos un taxi y nos dirigimos allí.
Al llegar a casa, mi madre y yo nos fuimos a nuestras respectivas habitaciones para ponernos el pijama, y al poco rato, ambas estábamos en su habitación con dos tazas de chocolate caliente y galletas.
-          ¿Estás nerviosa? – le pregunté.
-          Ahora mismo un poco. Lo estaré mucho más mañana.
-          Piensa que ya está todo solucionado. Todo está perfectamente organizado, así que en teoría, nada puede fallar.
-          Puede que no aparezca el novio. – bromeó ella.
-          Venga mamá, Joe llegará al hotel tres horas antes por si acaso le pasa algo por el camino. Y seguro que se quedaría esperando todo el día en el caso de que no aparecieras. – y ahí nos reímos las dos.
-          ¿Y tú estás contenta, Lena?
-          Claro que sí mamá. ¿Por qué no iba a estarlo?
-          Hace menos de un año que me divorcié de tu padre.
-          ¿Y eso qué importa? Papá engañó con su secretaria, os divorciasteis y tú conociste a alguien.
-          Más bien me reencontré con alguien. No me creo que lo haya vuelto a encontrar después de tantos años.
-          Mami, Joe es el gobernador, tarde o temprano te lo ibas a encontrar de nuevo – otra vez risas.
-          Lo sé Leni, lo sé. Algún día lo volvería a encontrar. Pero piensa que él se casó con la madre de Johnny, ella murió, y años después se reencuentra conmigo y surge de nuevo la chispa.
-          ¿Tú estabas enamorada de él antes?
-          Joe me gustaba mucho cuando estaba en el instituto. Pero era algo imposible. Casi todas las chicas de mi instituto estaban medio enamoradas de él, incluida yo, pero era un amor platónico. Él estaba en el último curso mientras que yo todavía era Sophomore. Él se graduó y se fue a Stanford, yo fui a Berkeley, conocí a tu padre…
-          ¿Lo de papá fue un flechazo?
-          Algo así. Cuando lo conocí me pareció un hombre muy interesante. Piensa que yo sólo tenía veintidós años cuando lo conocí, era una chiquilla. Me dejaba impresionar fácilmente. Y él ya tenía cuarenta y dos años, había vivido muchas más experiencias que yo.
-          ¿Y cómo es que él se fijó en ti?
-          Le parecí inocente y lleva de vitalidad, algo que él ya no tenía. Lo dicho, fue un flechazo.
-          ¿Y no te arrepientes de haberte casado con él?
-          Para nada cariño. Piensa que si no lo hubiera conocido, tú no habrías nacido. Y eres lo mejor que me ha pasado. Aunque al final haya sufrido, pero tú me has ayudado a dejar todo el dolor atrás. Gracias a ti he conseguido perdonar a tu padre.
-          Ojalá yo pudiese perdonar tan fácilmente…
-          ¿Algo va mal, cariño?
-          Chris y yo nos hemos dado un descanso.
-          ¿Qué te ha pasado con él?
-          Tuvimos problemas por culpa de Fred Hilton. Fred quiso meterse en el medio de la relación, y por su culpa ahora estamos así.
-          ¿No le has explicado todo?
-          Claro que sí mamá. Le dije que Fred era el que me perseguía, que yo no quería nada con él. Pero Chris se puso muy celoso, le pegó y se enfadó conmigo. Además, también nos enfadamos porque él va a ir a Harvard, y a mí ya me han admitido en Yale, y me dijo que a mí no me importaba nuestro futuro juntos, y yo le dije que él tampoco se había molestado en preguntarme qué quería hacer o dónde quería estudiar. Al final de todo, me pidió que pensara en nuestra relación, si valía la pena.
Mi madre, tras un corto silencio, volvió a hablar:
-          Lena, ¿tú le quieres?
-          Claro que sí mamá.
-          ¿Le quieres de verdad?
-          Con locura.
-          Si él te quiere, no le importará que tú vayas a Yale y él a Harvard. No le importará porque te querrá a pesar de todo. Y no te preocupes por el hecho de que ahora estéis enfadados, ya recapacitará.
-          Me ha pedido que mañana hablemos.
-          Eso es muy buena señal cariño, una muy buena señal. Significa que por lo menos ha pensado en lo que significas para él.
-          Mamá, gracias por esto. – le dije abrazándola con fuerza.
Mi madre me iba a responder, pero salió corriendo en dirección al baño. Salí tras ella, y cuando la vi, la encontré vomitando. Le recogí el pelo mientras vomitaba, y cuando al terminar se lavó los dientes, fui hasta la cocina a por una jarra de agua y un vaso. Al volver a la habitación, la encontré tumbada en la cama.
-          ¿Te ha sentado mal la cena?
-          No cariño, no ha sido la cena. O eso creo.
-          Entonces serán los nervios.
-          Tampoco.
-          Entonces, ¿qué te ha pasado?
Mi madre me miró un largo rato y al final me indicó que me sentase junto a ella.
-          Ven, quiero que seas la primera en saberlo.
-          ¿Qué pasa mamá?
-          Leni, estoy embarazada.
¿QUÉ? ¿Mi madre embarazada?
-          Mamá, ¿estás segura?
-          Leni, llevo dos meses de retraso.
-          Mami, ¿no estarás menopáusica?
-          Por dios Lena, no soy tan mayor. Pero me hice un test de embarazo por si acaso, y ha dado positivo. Vale, no he hecho un test, hice cinco para ver si me equivocaba. Y todos dieron positivo.
-          ¿Joe lo sabe?
-          Se lo iba a contar mañana. No sé cómo se lo va a tomar.
-          Créeme, se va a sorprender mucho. Mami, ¿estaba en tus planes tener otro hijo?
-          Lena, tú ya tienes casi dieciocho años. De haber querido darte un hermanito, me habría quedado embarazada antes.
-          Bueno, piensa que no te vas a aburrir demasiado. Además, siempre quise tener un hermanito.
-          Puede que sea una hermanita.
-          Mamá, estoy segura de que es un niño. Adiviné el sexo de los bebés de tía Marty antes de que se lo dijese el médico.
-          De todas maneras, ya me enteraré del sexo dentro de tres meses o así.
-          El médico me dará la razón – le dije con una sonrisa.
-          Puede que sí o puede que no. Venga, a la cama señorita, que mañana va a ser un día muy largo.
-          De acuerdo sargento – le dije poniendo los ojos en blanco.
Le di un beso de buenas noches y me fui a mi habitación. Lily tenía razón. Mañana iba a ser un día muy largo.

***
El sonido del despertador puede ser uno de los más odiados de todo el mundo. Y para mí ese día también lo era, pero sólo un poco. Al fin y al cabo, tu madre no se casa todos los días.
Bajé a desayunar, y ya en la cocina había ajetreo.
-          Buenos días familia. – dije en voz alta mientras me servía unos cereales.
-          Buenos días cariño – me contestó mi madre – ¿Has dormido bien?
-          Perfectamente. ¿Cuándo empieza el estrés?
-          Después de comer. Por ahora tienes el resto de la mañana para relajarte.
Y eso fue lo que hice. Me esperaban cuatro largas horas antes de la comida, por lo que, tras ordenar mi habitación y hacer la cama, me tumbé en un sillón a leer “Los juegos del hambre”, que acabé a las tres horas, y después empecé a leer la segunda parte de la saga, “En llamas”.
Tras comer, empezó el caos. Mi tía Marty vino a casa acompañada de tres estilistas y con los tubos puestos en la cabeza, y ordenaba a las estilistas lo que había que hacer mientras se fumaba un cigarrillo.
-          Caitlyn, cuando acabes de alisarle a Lena el pelo, le empiezas a hacer el moño.
-          ¿Por qué no puedo llevar un semi recogido?
-          Porque siempre lo llevas a las fiestas. Venga, te prometo que no parecerás demasiado formal. – explicó ella.
-          Al menos déjame fumar un poco. – le pedí.
-          ¡No! – contestaron tajantemente mi madre y mi tía a la vez.
-          Vale, vale, me callo.
Caitlyn, la estilista, que era un encanto, me hizo un moño desenfadado que no me hacía demasiado seria, y me maquilló de manera bastante sencilla. La que más sufría era mi madre, a la que también le hacían un moño, pero el suyo era mucho más formal que el mío. Mi abuela era la que mejor se lo estaba pasando con todo esto, ya que iba peinada y maquillada según sus deseos.
Tras la sesión de peluquería y maquillaje, empezamos a vestirnos mientras que a mi tía Marty la peinaban. Mi abuela llevaba un sencillo vestido largo marrón chocolate con un tocado a juego. Mi tía Marty llevaba el pelo ondulado y un vestido azul oscuro que le sentaba genial. Yo llevaba un vestido de gasa en color verde menta, de inspiración griega, de un solo tirante, ajustado en la cintura con una banda de gasa y largo hasta los pies. Me habían puesto un adorno de peonías blancas en el pelo, y las únicas joyas que llevaba eran los pendientes de perlas con brillantes de mi madre.
Mi madre estaba absolutamente preciosa. Su vestido de novia era el que había llevado mi abuela Michelle cuando se casó con mi abuelo Phil. El vestido, modernizado gracias a mi tía Marty, tenía escote en pico con bordados de flores, quedaba pegado al cuerpo hasta la cintura y luego caía hasta el suelo como si fuera la falda de un vestido de princesa. El velo se lo habían enganchado a la parte alta del moño, y le daba a mi madre un aspecto angelical.
Mi abuela, Marty y yo nos echamos a llorar sin poder evitarlo.
-          Mamá, estás preciosa – le dije mientras le abrazaba con cuidado para no estropearle el vestido.
-          Venga cariño, no llores, que hoy es un día muy feliz, y mira que se te va a correr el rímel – me dijo bromeando.
Tras retocarnos el maquillaje, salimos de la casa. Mi abuela se marchó con mi tía Marty en su coche, mientras que mi madre y yo nos fuimos en el Rolls Royce de Joe, que había mandado a su chófer a recogernos.
Tras un viaje de veinte minutos, llegamos a las puertas del Hilton. El maître del hotel nos esperaba en la puerta, y nos guió hasta la sala que estaba al lado del lugar de la ceremonia. Mi abuela se fue a la sala de la ceremonia, y mi tía Marty nos entregó los ramos, ambos de peonías, pero el mío más pequeño que el de mi madre. Acto seguido apareció mi padre, que era el encargado de llevar a mi madre hasta el altar.
Mi tía Marty, antes de marcharse, nos recordó nuestros papeles.
-          Lena, tú entras primero. Cuando llegues al altar te colocas al lado opuesto a Johnny y Joe.
-          Entendido.
-          Albert, en cuanto llegues con Lily al altar, se la entregas a Joe y vas a tu sitio, que es el que está al lado de Michelle.
-          De acuerdo.
-          Y Lily, por favor, sonríe, no te pongas nerviosa, y por el amor de Dios, no corras. Camina al ritmo de la música, sea cual sea. Entrarás en cuanto empiece la segunda parte de la canción.
Los cuatro salimos de aquella sala. Mi tía abrió las puertas de manera que mi madre, mi padre y yo quedáramos ocultos. Entró, y al momento empezó a sonar la música de “Will you be there”, de Michael Jackson, pero cantada esta vez por un coro góspel.
Caminé al ritmo de la música, sonriente como nadie. Joe esperaba sonriente, y a su lado se encontraban Johnny y el juez que oficiaría la ceremonia. A ambos lados de la sala se encontraban los invitados de la ceremonia. Distinguí a parte de mi familia, a mis amigos, a profesores del internado, algunos políticos locales con sus esposas…
Llegué al altar y me posicioné en el lado opuesto a Johnny. Entonces, en el momento del estribillo de “Will you be there”, cuando el coro ya batía palmas, todos los invitados se levantaron de sus asientos con la llegada de mi madre, que en ese momento era la novia más radiante que podía existir.
Al llegar al altar, mi padre soltó a mi madre, le cogió de la mano y la unió con la de Joe. Y dio comienzo a la ceremonia.
-          Estamos aquí reunidos para unir en matrimonio a Joseph y a Lillian. Lo primero de todo, ¿ambos venís aquí por voluntad propia?
-          Sí, venimos.
-          Ha llegado el momento de preguntar si alguien se opone a este matrimonio. Si alguien se opone, que hable ahora o que calle.
Mi abuela miró mal a mi padre, sólo para asegurarse de que no estropearía la boda de su hija, lo que me provocó la risa.
-          Perfecto, nadie se opone. Bien, ahora los hijos de los novios leerán unas palabras.
Johnny cogió un micrófono, se sacó un papel del bolsillo y empezó a leer el poema que había escogido, uno de Walter Scott.
-          El amor es la esencia del ser humano, pertenece a nuestros instintos libres y ocultos. Pensamos en el y perdemos el juicio por el, es la manera mas hermosa de ver algo o alguien. Es nuestra virtud y nuestra condena, el amor libera pero también no hace prisioneros. El amor nos esclaviza y nos dignifica, es el preámbulo de todos nuestros logros y fracasos. El amor es y será la razón que nos mantiene vivos.
Cuando Johnny terminó, me pasó el micrófono y el papel con mis palabras, que había sacado de la película “A walk to remember”:
-          El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso, jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja con facilidad, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca se apaga...
Johnny y yo volvimos a nuestros sitios, y el juez prosiguió:
-          Bien, ahora es el turno de los novios. Joseph, empiece con sus votos.
-          La vida es aquello que pasa mientras tú intentas alcanzar tus metas. En mi vida intenté alcanzar mis metas. Algunas las conseguí, pero otras no. Una de las metas que me propuse alcanzar cuando volví a encontrarte fue la de que llegara este día. Y ha llegado. Lily, te quiero, y lo seguiré haciendo hasta el final de mis días.
Mi madre empezó a llorar, junto con la mitad de la sala, incluyéndome a mí, y el juez prosiguió:
-          Lillian, su turno.
-          Joe, cuando te conocí, enamorarme no entraba dentro de mis planes. Tenía la vida que deseaba en ese momento, y era casi feliz, pero tu llegada hizo que yo alcanzara mi felicidad completa. Joe, tú fuiste la razón por la que volví a creer en el amor, y tú eres la razón por la cual quiero estar atada a ti el resto de mi vida. Te quiero.
Johnny, caballeroso como siempre, nos tendió a mi madre y a mí sendos pañuelos. La ceremonia continuó.
-          Muy bien. Ahora la parte más importante, la de los consentimientos.
Johnny aprovechó la pausa dramática del juez para sacar la caja con los anillos del bolsillo de su pantalón.
-          Joseph Andrew Morrison, ¿aceptas a Lillian Westwood como tu legítima esposa?
-          Sí, acepto. – dijo Joe colocando la alianza de oro en el dedo anular derecho de mi madre.
-          Lillian Michelle Westwood, ¿aceptas a Joseph Morrison como tu legítimo esposo?
-          Sí, acepto. – dijo mi madre colocándole la alianza a Joe.
-          Entonces, por el poder que me ha sido otorgado por el estado de California, yo os declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Joe cogió a mi madre de la cintura y la besó frente a los aplausos de los presentes.
Johnny y yo corrimos a abrazar a nuestros padres, y poco a poco se fueron acercando los invitados para felicitar a los novios.
Tras las respectivas felicitaciones, todos pasamos al comedor del último piso a disfrutar de la cena. Y tras la cena, vino el primer baile de los novios. Mi madre y Joe, haciendo alarde de su gusto por Michael Jackson, pusieron “I just can’t stop loving you” para su primer baile.
Las canciones que siguieron al primer baile eran en su mayoría de Michael Jackson. Bailé hasta cansarme “You rock my world” con mi padre, “P.Y.T” con Joe, y “Billie Jean”, “Thriller”, “Bad” y cuantas más siguieron, que no eran del rey del pop, con mis amigos.
Me senté en una silla para descansar un rato, y así lo hice durante dos o tres canciones, pero en cuanto empezó a sonar “Remember the time”, Chris se acercó hasta donde estaba sentada:
-          La señorita Williams, supongo.
-          Supone bien. – le dije sonriendo.
-          ¿Me concedería un baile? – me preguntó tendiéndome una mano.
-          Por supuesto – le contesté cogiéndosela.
Chris me llevó hasta el centro de la pista, donde empezamos a bailar al ritmo de la canción. En el momento del estribillo, empezó a cantarme al oído. Do you remember the time that we fell in love? Do you remember the time when we first met?
Al acabar la música, no quería separarme de él, por lo que seguimos bailando unas cuantas canciones más. Pero en un momento dado, él me cogió de la mano y me sacó de la fiesta.
Salimos a la terraza, que estaba iluminada por farolillos de colores, donde no había nadie a esas horas de la noche. Me senté en uno de los bancos que había por allí, y Chris se sentó a mi lado.
-          Teníamos una charla pendiente. – me recordó – Siento haberte sacado así de la fiesta.
-          No pasa nada. Empezaban a dolerme los pies. – le aseguré.
Tras un momento de silencio, él empezó a hablar.
-          Lena, siento mucho todo lo que pasó en San Patricio. Me comporté como un estúpido gilipollas celoso.
-          Pues yo no siento que le pegaras a Fred.
-          ¿En serio?
-          Se lo merecía.
-          Pero tú no te merecías que te hubiese hablado así.
-          Chris, todo el mundo se arrepiente de lo que dice cuando se enfada. Cuando uno se enfada, empieza a decir cosas que en realidad no quiere decir.
-          Pero…
-          Espera, déjame terminar. – le dije poniéndole un dedo sobre los labios. – Tenías razón. Necesitaba ese descanso para aclarar mis sentimientos. Y créeme que los he aclarado.
-          ¿Y…? – preguntó con un tono de duda.
-          Pues que te quiero tonto. Te quiero con locura. Quiero estar contigo.
-          ¿Aunque te haya pedido que no vayas a Yale?
-          Aunque me lo hayas pedido. Tú irás a Harvard y yo iré a Yale, y nos seguiremos viendo.
-          ¿Vamos a seguir juntos?
-          Pues claro que sí. ¿Por qué piensas lo contrario?
-          Pensé que preferirías estar con alguien que no fuese tan celoso.
-          Te pones muy sexy cuando estás celoso, ¿lo sabías? – le dije con una sonrisa pícara.
-          ¿En serio? – preguntó él encarnando una ceja.
-          En serio. Demasiado sexy. – dije acercando mis labios a los suyos, sin llegar a tocarlos. Ambos sentíamos las respiraciones del otro en ese momento. – Chris, ¿puedo pedirte una cosa?
-          Lo que quieras.
-          Bésame. Y déjame dormir contigo esta noche.
-          Sabes que tus deseos son órdenes para mí. – dijo él acortando la distancia que separaba nuestros labios y dándome uno de los mejores besos que me habían dado en toda mi vida.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Capítulo 26: Tú a Harvard y yo a Yale


Definitivamente, Chris estaba muy celoso. Demasiado celoso. Por mucho que yo le había asegurado a su vuelta de Washington que Fred y yo no teníamos nada, Chris no se lo terminaba de creer del todo. Y eso lo demostró perfectamente el día de San Patricio.
Mi querido amigo Jerry, como buen irlandés que era, celebraba tres fechas al año con especial emoción: el día de San Patricio, el Bloomsday y el día que se había declarado que Irlanda era una república. En esas fechas tan señaladas, Jerry intentaba contagiarnos su espíritu irlandés y que nos hiciésemos irlandeses por un día. En tales fechas, Jerry se enfundaba en su esmoquin verde y proclamaba que tal o cual día era fiesta. Y por supuesto, organizaba unas fiestas absolutamente geniales, cuya condición para asistir era vestirse de verde.
El día predilecto de Jerry era San Patricio, y la fiesta que Jerry organizaba ese día era memorable, según me habían contado las chicas. Y por eso, esa misma noche habría una.
Pero antes de la fiesta, perspectiva por la que estaba muy emocionada, tenía que asistir a las reuniones que tendría con los rectores de las universidades más famosas de USA, que visitarían St. Peter College ese mismo día.
Tal y como me había contado Nat, cada año, los rectores de las universidades más importantes del país eran invitados al internado para la famosa semana universitaria, semana en la que, después de hablar con los rectores, los alumnos Senior enviaban sus solicitudes para entrar en las universidades.
Y allí me encontraba yo, esperando en la biblioteca junto con mis amigos mientras que no me tocaba ir a la entrevista con el rector de Yale. La biblioteca se encontraba llena en esos momentos, y no precisamente de gente que quería estudiar, sino que estaba llena de alumnos Sénior, que habían convertido la biblioteca en una cafetería improvisada, y de alumnos de cursos inferiores que venían a ver cómo era el procedimiento de admisión de las universidades.
- Nat, por favor, pásame la solitud para Harvard – le pidió Charlie a la rubia, que era la que se encontraba más cerca del montón de papeles que habíamos juntado entre todos.
- ¿Harvard? – le preguntó Johnny extrañado.
- Tienen la mejor facultad de Derecho del país. – explicó ella cogiendo la solicitud que le tendía Nat.
- De todas maneras, no te pega Harvard. – le dijo su novio. – Es para niños ricos mimados.
Chris le pegó una colleja a Johnny, que se llevó la mano a la nuca con gesto de dolor.
- Tampoco hacía falta pegar tan fuerte Schoomaker. Sabes que lo que digo es cierto.
- Y tú ya sabes que quiero ir a Harvard desde que tengo consciencia. – replicó Chris con una sonrisa burlona.
Johnny giró los ojos, lo que provocó risa colectiva.
- Johnny, ahora sí que tengo motivos para no ir a visitarte a Princeton. – le dijo mi novio.
- No sé que tienes en contra de Princeton. Es una universidad excelente.
- Está en Nueva Jersey. – añadí yo con un bufido.
- ¿Lo ves Johnny? Existe alguien que me apoya.
- Lena no cuenta. – dijo Kevin.
- ¿Y eso por qué? – pregunté.
- Lena, tú eres neoyorkina. Tu opinión sobre Nueva Jersey siempre será mala.
- Eso es mentira. – repliqué.
- ¡Pero si acabas de decir que Princeton es mala porque está en Nueva Jersey! – gritó Johnny exasperado.
- Johnny, reconoce que Nueva Jersey es horrible. Lo único que tiene de bueno es Princeton.
- ¿Y qué me dices de Salem?
- Johnny, Salem no es nada bueno. Allí se quemaron a mujeres inocentes. – repliqué.
- Bueno, vale, ese no es el mejor ejemplo. Pero en Nueva Jersey nació Bruce Springsteen. – dijo él en un último intento para explicar por qué Nueva Jersey era un buen sitio.
- Vale, eso es lo bueno. – admitió Kev.
- ¿Y si seguimos con las solicitudes? Tengo hambre. – replicó Jerry.
- Por dios Jerry, no seas tan bruto.
- Nat, mi estómago está rugiendo y todavía no he terminado de rellenar la solicitud. – dijo el irlandés volviendo a su tarea.
- De acuerdo, de acuerdo. Veamos, ¿quién quiere irse a Harvard con Chris y Charlie? – preguntó Nat.
- No es seguro que yo vaya. Mi primera opción es Dartmouth. – especificó Charlie.
- Y nadie de aquí quiere irse allí. – completé yo.
- ¿En serio? – preguntó Chris – ¿Y dónde queréis estudiar?
- ¡Columbia! – gritó Nat.
- Y me imagino que Jerry irá contigo. – le confesó Penny.
- Yo iré a la universidad de Chicago. – admitió Jerry.
- Pensaba que querías ir a Oxford. – le dijo Nat.
- Eso era antes Weston. No querrás que estemos con un océano de por medio.
Nat se lo pensó por un momento, y luego, sonriendo, le contestó a Jerry.
- Gracias por pensar en ello – le agradeció ella.
- Por lo menos vosotros estaréis cerca. Charlie estará en Dartmouth y Johnny en Princeton, o sea, a cinco horas. – exclamó Penny.
- Y nosotros estaremos aún más lejos, cariño. – le recordó su novio algo resignado.
- Venga chicos que tampoco estaréis tan lejos. – dije para animarlos.
- Michigan y Stanford están a un día y medio de distancia.
- Guau – dije impresionada.
- ¿Y tu qué, Lena? No has dicho nada. – me preguntó Penny.
- Quiero ir a Yale – afirmé.
- ¿Yale? – preguntó Chris extrañado.
- Nunca me lo habías preguntado.
- ¿Y por qué quieres ir allí?
- Mi padre fue a Yale, y desde que era niña siempre quise ir allí. Además, tú ya sabes el prestigio que tiene.
- Pensé que querrías venir a Harvard conmigo.
La puerta de la biblioteca se abrió, interrumpiendo nuestra conversación u dejando paso al director Rumsfeld, que llamó la atención de todos.
- Señores, señoritas, presten atención. Nombraré por orden alfabético de apellidos a los alumnos de último curso. Una vez que los nombre, vayan a los listados generales a consultar en qué despacho estarán los rectores con los que quieran hablar. Los alumnos que irán son: Jillian Blackstone, Hector Brown, Barbara Clarkson, Benjamin Collins, Katy Colum, David Flint, Charlotte Hilton, Brandon Jeffries, Peter MacDonald, Gerald MacKenzie, Chase Matthews, John Morrison, Yuki Onari, Julian Parker, Alan Perkins, Kayla Phillips, Penelope Picard, Kelly Preston, Kevin Rumsfeld, Christopher Schoomaker, Alice Stevens, Janet Stuart, Janice Stuart, Gregory Tate, Natalie Weston y Helena Williams.
Los primeros de la lista se pusieron en pie, y yo me quedé en mi sitio con Chris, que se ofreció a esperar conmigo mientras que el resto de la pandilla bajaba a la cafetería a por más cafés.
- Lena, ¿por qué no me contaste lo de que querías ir a Yale?
- Pensé que lo sabías.
- Yo pensé que querrías venir conmigo a Harvard.
- Chris, Harvard nunca me ha gustado demasiado. Además, nunca me pediste que fuera a Harvard contigo.
- ¿Era necesario hacerlo?
- Claro que sí Chris. Si quieres que hagamos planes de futuro juntos, tienes que avisarme. El hecho de que ni siquiera te hayas interesado por mi futuro académico me preocupa.
- Lena, te repito que pensaba que vendrías a Harvard, a estudiar al Business School.
- Iré al Business School, pero al de Yale.
- ¿No hay nada que te haga cambiar de opinión? – me preguntó él como último intento.
- Sabes que es muy difícil hacerme cambiar de opinión – le contesté con una sonrisa algo triste.
- De aquí a junio conseguiré que cambies de opinión. – me aseguró.
- De todas maneras, estaremos como a dos horas y media de distancia. Tampoco es tanto.
- Sobre todo si lo comparas con la distancia que van a tener Penny y Kev entre ellos.
- ¿Crees que seguirán juntos? – le pregunté algo preocupada por el futuro sentimental de mis dos amigos.
- ¡Claro que sí! Kev es un romántico, y conducirá durante dos días solo para ver a Penny.
- Y Penny hará lo mismo. – le contesté.
- Entonces durarán. No te preocupes por eso ahora. Preocúpate ahora por causar buena impresión al rector. – me dijo tomándome de la mano por encima de la mesa.
- Créeme, lo intentaré.

Fred Hilton
Me encontraba en la sala de profesores, tomando un café mientras hojeaba el periódico del día. A esa hora tendría clase con los del último curso, pero con la llegada de los rectores universitarios, la clase se había cancelado. En la sala también estaba Allie Rumsfeld, Margaret Linton, Clive O’Neal, mi ex profesor de biología y Patrice Callahan, la profesora de teatro.
Yo ya conocía a Pat del internado. Yo tenía cuatro años menos que ella, por lo que yo aún seguía en el internado cuando ella se graduó. Al volver al internado, habíamos empezado a ser amigos. Sabía perfectamente que Pat quería algo más, pero mi objetivo era Lena Williams.
- Fred, ¿qué planes tienes para hoy? – me preguntó Pat mirando el periódico por encima de mi hombro.
- La verdad es que no tenía ninguno – confesé mientras pasaba a la sección de deportes.
- Entonces estamos sin plan – dijo ella con un largo suspiro.
- Patrice, creo que hoy te toca hacer guardia conmigo. – le dijo Margaret.
- ¿En serio? Ni me acordaba.
- Si quieres puedo cambiarle el turno a Margaret para que no te aburras en el día de tu santo.
- ¿De verdad, Fred? Mira que es tu noche libre. – me dijo Margaret.
- No te preocupes Margaret, Pat y yo teníamos pensado salir en San Patricio, pero como a ella le toca guardia, me quedo con ella en el colegio.
- ¿No te importa?
- De verdad que no. Será como otra noche cualquiera. – le aseguré.
Realmente no me apetecía estar con Patrice esa noche, pero esta era mi oportunidad para colarme en la fiesta que harían los alumnos. Charlie me había hablado miles de veces de las fiestas que organizaba Jerry MacKenzie en fechas irlandesas importantes. Si iba a la fiesta, sorprendería a Lena y la convencería para que se olvidase de una vez por todas a Christopher Schoomaker. Sí, desde luego esta iba a ser una gran noche.


Lena Williams

- Helena Williams. – dijo el director Rumsfeld para llamarme.
Era la última persona a la que le tocaba hablar con el rector. Al tocarme en ese lugar, contaba con la desventaja de que mi entrevista tendría que ser excelente, y me tocaría impresionar al rector con mis opiniones. La ventaja de todo esto era que, si hacía una entrevista micho mejor de la que habían realizado mis compañeros, mi matrícula en Yale estaría asegurada.
Antes de entrar, me arreglé el pelo lo mejor que pude y entré en el despacho. Sentado en la silla principal estaba Joham Friedrich, el rector de Yale. Era un hombre de que aparentaba casi sesenta años, con el pelo ya blanco, pero muy peinado. Vestía de manera impecable y saltaba a la vista que era un hombre culto.
- La señorita Williams, me imagino.
- No se equivoca.
- Encantado de conocerla señorita. Soy el rector Friedrich. Siéntese por favor.
Me senté, algo nerviosa.
- Me han hablado mucho de usted.
- Espero que hayan sido cosas buenas.
- Excelentes diría yo. Su promedio en el internado es asombroso, y en su anterior colegio, el St. Jude, más de lo mismo.
- Siempre me ha gustado el colegio, sobretodo aprender cosas nuevas.
- ¿Y no tiene otras aficiones?
- Por supuesto. Me encanta leer, pero también socializar.
- ¿Cree que podría hacer todo eso en Yale?
- Por supuesto que sí – le respondí con una sonrisa.
La entrevista siguió un rato más. Después de tratar varios temas de la actualidad, la entrevista concluyó. Al acabar, tenía la absoluta certeza de que mi plaza en Yale estaba asegurada.
***
Horas más tarde, me encontraba en la fiesta de San Patricio junto con la pandilla y medio internado. Los chicos llevaban esmóquines verdes, mientras que las chicas llevábamos todas las variedades existentes de vestidos verdes. Yo llevaba un vestido verde irlandés palabra de honor, y un semi recogido, adornado con un broche de tréboles.
La fiesta era un completo caos a esas horas. Bastante gente se había pasado un poco con las cervezas Guinness, entre ellos varios de mis amigos. Las chicas que mejor estábamos éramos Penny y yo, porque Charlie y Nat ya estaban bailando sin control.
Estaba bailando con Penny cuando alguien me tocó el hombro para llamarme. Para mi desgracia, no era mi novio, sino Fred.
- Lena, ¿podríamos hablar un momento?
- Claro. ¿De qué quieres hablar? – le contesté sin moverme de mi sitio.
- Preferiría que fuera a solas.
Hice el amago de irme, pero Penny me lo impidió agarrándome del brazo.
- Lena, por favor, no vayas con él – me pidió ella.
- El hecho de que Lena y yo hablemos no es algo que te incumba, Penelope.
Penny le echó una mirada furiosa, y yo intenté mediar.
- Solo será un momento. – le aseguré.
Penny me miró no muy convencida, pero asintió en silencio. Necesitaba aclararle a Fred mi situación sentimental actual, y pedirle por enésima vez que no intentase tener algo conmigo.
Fred y yo fuimos hasta la entrada, donde no había nadie porque todo el mundo estaba bailando en esos momentos.
- Bien, ¿de qué querías hablar?
- Mira Lena, ya sé que no te ha gustado nada que haya venido hoy aquí...
- Sigo sin entender qué haces aquí. O por qué quieres hablar conmigo a solas.
- ¿Por qué no lo entiendes? Es muy simple.
Le miré todavía sin comprender.
- El hecho es, Lena, que desde que llegué al internado no dejo de pensar en ti. Me gustas. Y mucho.
- Fred... No es tan fácil… – le respondí yo, todavía sin sabes qué decir.
- Y sinceramente, el hecho de que tengas novio me importa una mierda.
- Quiero a Chris. – le dije totalmente convencida.
- ¿Y qué? Ya te he dicho que no me importa.
- ¡Pero a mí sí que me importa! – le grité.
Pero en ese momento Fred me cogió de la cara y besó con fuerza. Antes de que él pudiera seguir, le pegué un bofetón con todas mis fuerzas.
- ¿Por qué has hecho eso? – me preguntó él.
- Creo que ya te ha dicho lo que opina de ti. - le contestó una voz que conocía demasiado bien.
- No has dejado que Lena responda, Schoomaker.
- No hace falta que lo haga. Ya lo he hecho yo por ella.
Chris se fue acercando a Fred, con claras intenciones de pegarle, pero yo lo impedí poniéndome en el medio.
- Lena, apártate, esto es entre Fred y yo. – me pidió Chris sin dejar de mirar de forma amenazadora a Fred.
- No – le respondí con un tono que no admitía réplica.
- Lena... – me pidió otra vez Chris, con un tono menos amenazador.
- Si te peleas con Fred, lo único que conseguirás será que te expulsen. Y ya sabes que no quiero que pase eso.
- Eso, hazle caso a tu novia Schoomaker. – le dijo Fred a Chris con un tono burlón.
- En cuanto a ti – le dije a Fred señalándole con cara de enfadada – no te vas a librar tan fácilmente.
- ¿Y eso por qué? – preguntó él en un tono altivo, sin tomarme en serio.
- Puedo conseguir que te despidan por el hecho de que me hayas besado. Ya sabes que en el reglamento del internado están prohibidas las relaciones entre alumnos y maestros.
- Y yo os puedo delatar a todos con lo de la fiesta. – amenazó Fred.
- ¿Incluso a tu propia hermana? – le pregunté, todavía sin creérmelo.
- Charlie no es algo que me importe demasiado.
- Pero a mí si que me importa. Es mi amiga. Si nos delatas a los profesores, conseguirías que nos expulsaran a todos. Piensa en la cantidad de gente que se quedaría a las puertas de la Universidad por una mancha así en el expediente.
- ¿Y qué? Ya te he dicho que no me importa para nada. – recalcó el pelirrojo.
- También te delatarías a ti mismo. Hueles a cerveza. – le respondió Chris con un tono más tranquilo.
- Podría decir que fue por sujetar a algún alumno.
- Tu aliento apesta – le dije.
Fred se había quedado ya sin argumentos, por lo que fue retrocediendo lentamente hacia la puerta.
- Te lo advierto Hilton – le dijo Chris en un tono amenazador. – Como vuelvas a acercarte a Lena fuera de lo estrictamente necesario, te juro que te arranco la piel a tiras.
Fred se marchó de la fiesta con un sonoro portazo, pero que fue encubierto por la música, que estaba en un volumen bastante alto.
Me acerqué a Chris, y puse mis manos en sus hombros. Él todavía seguía serio.
- Gracias por haberme defendido. No sé qué me habría hecho si no hubieras llegado a tiempo.
- Seguramente habrías terminado de darle su merecido a ese gilipollas. Y sí, no me mires así, es un gilipollas, por muy hermano de Charlie que sea.
- Te doy la razón. Y siento haber dudado de lo que me había dicho Nat.
- ¿Qué te dijo?
- Que tuviese cuidado con Fred. Debí hacerle caso, y no hablar con él más de lo estrictamente necesario.
- No conocías a Fred. No podías adivinar cómo era.
- Pero Nat me lo advirtió, y no le hice caso. Y luego te dije que entre él y yo no había nada, y era cierto, pero al final él quería que hubiese algo.
- ¿Puedo decir lo de “te lo dije”?
- Por favor, no lo digas. Sólo quiero olvidarme de Fred.
- Lo siento, pero no puedo evitarlo. Te dije que tuvieses cuidado con él, pero no me hiciste caso.
- ¡No me acerqué a él!
- ¿Y qué me dices de lo de hoy?
- Has visto perfectamente cómo fue él quien me besó, no yo.
- Pero tú accediste a hablar con él.
- ¡Fue para aclararle que estaba contigo!
- De todas maneras Lena, es mejor que nos tomemos un descanso.
- ¿QUÉ? – le grité sin darme cuenta.
¿En serio Chris me estaba diciendo eso?
- ¿Me estás dejando? – le pregunté titubeante.
- No, no te estoy dejando. Sólo pienso que deberíamos tomarnos un descanso, un poco de tiempo para pensar en nosotros…
- Eso significa que no me quieres.
- ¡Claro que te quiero tonta! Pero es mejor así. Necesitas estar sola unos días, sin que ningún novio celoso te moleste. Necesitas pensar en nuestra relación y en lo que significa para ti.
- Sabes perfectamente que no quiero estar sin ti.
- Lo necesitas, aunque todavía no lo sepas.
Chris se acercó a mí, pero en vez de besarme, como yo pensaba que haría, me dio un beso en la frente y se marchó de allí, dejándome sola en medio de la fiesta.

Capítulo 26: Tú a Harvard y yo a Yale


Definitivamente, Chris estaba muy celoso. Demasiado celoso. Por mucho que yo le había asegurado a su vuelta de Washington que Fred y yo no teníamos nada, Chris no se lo terminaba de creer del todo. Y eso lo demostró perfectamente el día de San Patricio.
Mi querido amigo Jerry, como buen irlandés que era, celebraba tres fechas al año con especial emoción: el día de San Patricio, el Bloomsday y el día que se había declarado que Irlanda era una república. En esas fechas tan señaladas, Jerry intentaba contagiarnos su espíritu irlandés y que nos hiciésemos irlandeses por un día. En tales fechas, Jerry se enfundaba en su esmoquin verde y proclamaba que tal o cual día era fiesta. Y por supuesto, organizaba unas fiestas absolutamente geniales, cuya condición para asistir era vestirse de verde.
El día predilecto de Jerry era San Patricio, y la fiesta que Jerry organizaba ese día era memorable, según me habían contado las chicas. Y por eso, esa misma noche habría una.
Pero antes de la fiesta, perspectiva por la que estaba muy emocionada, tenía que asistir a las reuniones que tendría con los rectores de las universidades más famosas de USA, que visitarían St. Peter College ese mismo día.
Tal y como me había contado Nat, cada año, los rectores de las universidades más importantes del país eran invitados al internado para la famosa semana universitaria, semana en la que, después de hablar con los rectores, los alumnos Senior enviaban sus solicitudes para entrar en las universidades.
Y allí me encontraba yo, esperando en la biblioteca junto con mis amigos mientras que no me tocaba ir a la entrevista con el rector de Yale. La biblioteca se encontraba llena en esos momentos, y no precisamente de gente que quería estudiar, sino que estaba llena de alumnos Sénior, que habían convertido la biblioteca en una cafetería improvisada, y de alumnos de cursos inferiores que venían a ver cómo era el procedimiento de admisión de las universidades.
- Nat, por favor, pásame la solitud para Harvard – le pidió Charlie a la rubia, que era la que se encontraba más cerca del montón de papeles que habíamos juntado entre todos.
- ¿Harvard? – le preguntó Johnny extrañado.
- Tienen la mejor facultad de Derecho del país. – explicó ella cogiendo la solicitud que le tendía Nat.
- De todas maneras, no te pega Harvard. – le dijo su novio. – Es para niños ricos mimados.
Chris le pegó una colleja a Johnny, que se llevó la mano a la nuca con gesto de dolor.
- Tampoco hacía falta pegar tan fuerte Schoomaker. Sabes que lo que digo es cierto.
- Y tú ya sabes que quiero ir a Harvard desde que tengo consciencia. – replicó Chris con una sonrisa burlona.
Johnny giró los ojos, lo que provocó risa colectiva.
- Johnny, ahora sí que tengo motivos para no ir a visitarte a Princeton. – le dijo mi novio.
- No sé que tienes en contra de Princeton. Es una universidad excelente.
- Está en Nueva Jersey. – añadí yo con un bufido.
- ¿Lo ves Johnny? Existe alguien que me apoya.
- Lena no cuenta. – dijo Kevin.
- ¿Y eso por qué? – pregunté.
- Lena, tú eres neoyorkina. Tu opinión sobre Nueva Jersey siempre será mala.
- Eso es mentira. – repliqué.
- ¡Pero si acabas de decir que Princeton es mala porque está en Nueva Jersey! – gritó Johnny exasperado.
- Johnny, reconoce que Nueva Jersey es horrible. Lo único que tiene de bueno es Princeton.
- ¿Y qué me dices de Salem?
- Johnny, Salem no es nada bueno. Allí se quemaron a mujeres inocentes. – repliqué.
- Bueno, vale, ese no es el mejor ejemplo. Pero en Nueva Jersey nació Bruce Springsteen. – dijo él en un último intento para explicar por qué Nueva Jersey era un buen sitio.
- Vale, eso es lo bueno. – admitió Kev.
- ¿Y si seguimos con las solicitudes? Tengo hambre. – replicó Jerry.
- Por dios Jerry, no seas tan bruto.
- Nat, mi estómago está rugiendo y todavía no he terminado de rellenar la solicitud. – dijo el irlandés volviendo a su tarea.
- De acuerdo, de acuerdo. Veamos, ¿quién quiere irse a Harvard con Chris y Charlie? – preguntó Nat.
- No es seguro que yo vaya. Mi primera opción es Dartmouth. – especificó Charlie.
- Y nadie de aquí quiere irse allí. – completé yo.
- ¿En serio? – preguntó Chris – ¿Y dónde queréis estudiar?
- ¡Columbia! – gritó Nat.
- Y me imagino que Jerry irá contigo. – le confesó Penny.
- Yo iré a la universidad de Chicago. – admitió Jerry.
- Pensaba que querías ir a Oxford. – le dijo Nat.
- Eso era antes Weston. No querrás que estemos con un océano de por medio.
Nat se lo pensó por un momento, y luego, sonriendo, le contestó a Jerry.
- Gracias por pensar en ello – le agradeció ella.
- Por lo menos vosotros estaréis cerca. Charlie estará en Dartmouth y Johnny en Princeton, o sea, a cinco horas. – exclamó Penny.
- Y nosotros estaremos aún más lejos, cariño. – le recordó su novio algo resignado.
- Venga chicos que tampoco estaréis tan lejos. – dije para animarlos.
- Michigan y Stanford están a un día y medio de distancia.
- Guau – dije impresionada.
- ¿Y tu qué, Lena? No has dicho nada. – me preguntó Penny.
- Quiero ir a Yale – afirmé.
- ¿Yale? – preguntó Chris extrañado.
- Nunca me lo habías preguntado.
- ¿Y por qué quieres ir allí?
- Mi padre fue a Yale, y desde que era niña siempre quise ir allí. Además, tú ya sabes el prestigio que tiene.
- Pensé que querrías venir a Harvard conmigo.
La puerta de la biblioteca se abrió, interrumpiendo nuestra conversación u dejando paso al director Rumsfeld, que llamó la atención de todos.
- Señores, señoritas, presten atención. Nombraré por orden alfabético de apellidos a los alumnos de último curso. Una vez que los nombre, vayan a los listados generales a consultar en qué despacho estarán los rectores con los que quieran hablar. Los alumnos que irán son: Jillian Blackstone, Hector Brown, Barbara Clarkson, Benjamin Collins, Katy Colum, David Flint, Charlotte Hilton, Brandon Jeffries, Peter MacDonald, Gerald MacKenzie, Chase Matthews, John Morrison, Yuki Onari, Julian Parker, Alan Perkins, Kayla Phillips, Penelope Picard, Kelly Preston, Kevin Rumsfeld, Christopher Schoomaker, Alice Stevens, Janet Stuart, Janice Stuart, Gregory Tate, Natalie Weston y Helena Williams.
Los primeros de la lista se pusieron en pie, y yo me quedé en mi sitio con Chris, que se ofreció a esperar conmigo mientras que el resto de la pandilla bajaba a la cafetería a por más cafés.
- Lena, ¿por qué no me contaste lo de que querías ir a Yale?
- Pensé que lo sabías.
- Yo pensé que querrías venir conmigo a Harvard.
- Chris, Harvard nunca me ha gustado demasiado. Además, nunca me pediste que fuera a Harvard contigo.
- ¿Era necesario hacerlo?
- Claro que sí Chris. Si quieres que hagamos planes de futuro juntos, tienes que avisarme. El hecho de que ni siquiera te hayas interesado por mi futuro académico me preocupa.
- Lena, te repito que pensaba que vendrías a Harvard, a estudiar al Business School.
- Iré al Business School, pero al de Yale.
- ¿No hay nada que te haga cambiar de opinión? – me preguntó él como último intento.
- Sabes que es muy difícil hacerme cambiar de opinión – le contesté con una sonrisa algo triste.
- De aquí a junio conseguiré que cambies de opinión. – me aseguró.
- De todas maneras, estaremos como a dos horas y media de distancia. Tampoco es tanto.
- Sobre todo si lo comparas con la distancia que van a tener Penny y Kev entre ellos.
- ¿Crees que seguirán juntos? – le pregunté algo preocupada por el futuro sentimental de mis dos amigos.
- ¡Claro que sí! Kev es un romántico, y conducirá durante dos días solo para ver a Penny.
- Y Penny hará lo mismo. – le contesté.
- Entonces durarán. No te preocupes por eso ahora. Preocúpate ahora por causar buena impresión al rector. – me dijo tomándome de la mano por encima de la mesa.
- Créeme, lo intentaré.

Fred Hilton
Me encontraba en la sala de profesores, tomando un café mientras hojeaba el periódico del día. A esa hora tendría clase con los del último curso, pero con la llegada de los rectores universitarios, la clase se había cancelado. En la sala también estaba Allie Rumsfeld, Margaret Linton, Clive O’Neal, mi ex profesor de biología y Patrice Callahan, la profesora de teatro.
Yo ya conocía a Pat del internado. Yo tenía cuatro años menos que ella, por lo que yo aún seguía en el internado cuando ella se graduó. Al volver al internado, habíamos empezado a ser amigos. Sabía perfectamente que Pat quería algo más, pero mi objetivo era Lena Williams.
- Fred, ¿qué planes tienes para hoy? – me preguntó Pat mirando el periódico por encima de mi hombro.
- La verdad es que no tenía ninguno – confesé mientras pasaba a la sección de deportes.
- Entonces estamos sin plan – dijo ella con un largo suspiro.
- Patrice, creo que hoy te toca hacer guardia conmigo. – le dijo Margaret.
- ¿En serio? Ni me acordaba.
- Si quieres puedo cambiarle el turno a Margaret para que no te aburras en el día de tu santo.
- ¿De verdad, Fred? Mira que es tu noche libre. – me dijo Margaret.
- No te preocupes Margaret, Pat y yo teníamos pensado salir en San Patricio, pero como a ella le toca guardia, me quedo con ella en el colegio.
- ¿No te importa?
- De verdad que no. Será como otra noche cualquiera. – le aseguré.
Realmente no me apetecía estar con Patrice esa noche, pero esta era mi oportunidad para colarme en la fiesta que harían los alumnos. Charlie me había hablado miles de veces de las fiestas que organizaba Jerry MacKenzie en fechas irlandesas importantes. Si iba a la fiesta, sorprendería a Lena y la convencería para que se olvidase de una vez por todas a Christopher Schoomaker. Sí, desde luego esta iba a ser una gran noche.


Lena Williams

- Helena Williams. – dijo el director Rumsfeld para llamarme.
Era la última persona a la que le tocaba hablar con el rector. Al tocarme en ese lugar, contaba con la desventaja de que mi entrevista tendría que ser excelente, y me tocaría impresionar al rector con mis opiniones. La ventaja de todo esto era que, si hacía una entrevista micho mejor de la que habían realizado mis compañeros, mi matrícula en Yale estaría asegurada.
Antes de entrar, me arreglé el pelo lo mejor que pude y entré en el despacho. Sentado en la silla principal estaba Joham Friedrich, el rector de Yale. Era un hombre de que aparentaba casi sesenta años, con el pelo ya blanco, pero muy peinado. Vestía de manera impecable y saltaba a la vista que era un hombre culto.
- La señorita Williams, me imagino.
- No se equivoca.
- Encantado de conocerla señorita. Soy el rector Friedrich. Siéntese por favor.
Me senté, algo nerviosa.
- Me han hablado mucho de usted.
- Espero que hayan sido cosas buenas.
- Excelentes diría yo. Su promedio en el internado es asombroso, y en su anterior colegio, el St. Jude, más de lo mismo.
- Siempre me ha gustado el colegio, sobretodo aprender cosas nuevas.
- ¿Y no tiene otras aficiones?
- Por supuesto. Me encanta leer, pero también socializar.
- ¿Cree que podría hacer todo eso en Yale?
- Por supuesto que sí – le respondí con una sonrisa.
La entrevista siguió un rato más. Después de tratar varios temas de la actualidad, la entrevista concluyó. Al acabar, tenía la absoluta certeza de que mi plaza en Yale estaba asegurada.
***
Horas más tarde, me encontraba en la fiesta de San Patricio junto con la pandilla y medio internado. Los chicos llevaban esmóquines verdes, mientras que las chicas llevábamos todas las variedades existentes de vestidos verdes. Yo llevaba un vestido verde irlandés palabra de honor, y un semi recogido, adornado con un broche de tréboles.
La fiesta era un completo caos a esas horas. Bastante gente se había pasado un poco con las cervezas Guinness, entre ellos varios de mis amigos. Las chicas que mejor estábamos éramos Penny y yo, porque Charlie y Nat ya estaban bailando sin control.
Estaba bailando con Penny cuando alguien me tocó el hombro para llamarme. Para mi desgracia, no era mi novio, sino Fred.
- Lena, ¿podríamos hablar un momento?
- Claro. ¿De qué quieres hablar? – le contesté sin moverme de mi sitio.
- Preferiría que fuera a solas.
Hice el amago de irme, pero Penny me lo impidió agarrándome del brazo.
- Lena, por favor, no vayas con él – me pidió ella.
- El hecho de que Lena y yo hablemos no es algo que te incumba, Penelope.
Penny le echó una mirada furiosa, y yo intenté mediar.
- Solo será un momento. – le aseguré.
Penny me miró no muy convencida, pero asintió en silencio. Necesitaba aclararle a Fred mi situación sentimental actual, y pedirle por enésima vez que no intentase tener algo conmigo.
Fred y yo fuimos hasta la entrada, donde no había nadie porque todo el mundo estaba bailando en esos momentos.
- Bien, ¿de qué querías hablar?
- Mira Lena, ya sé que no te ha gustado nada que haya venido hoy aquí...
- Sigo sin entender qué haces aquí. O por qué quieres hablar conmigo a solas.
- ¿Por qué no lo entiendes? Es muy simple.
Le miré todavía sin comprender.
- El hecho es, Lena, que desde que llegué al internado no dejo de pensar en ti. Me gustas. Y mucho.
- Fred... No es tan fácil… – le respondí yo, todavía sin sabes qué decir.
- Y sinceramente, el hecho de que tengas novio me importa una mierda.
- Quiero a Chris. – le dije totalmente convencida.
- ¿Y qué? Ya te he dicho que no me importa.
- ¡Pero a mí sí que me importa! – le grité.
Pero en ese momento Fred me cogió de la cara y besó con fuerza. Antes de que él pudiera seguir, le pegué un bofetón con todas mis fuerzas.
- ¿Por qué has hecho eso? – me preguntó él.
- Creo que ya te ha dicho lo que opina de ti. - le contestó una voz que conocía demasiado bien.
- No has dejado que Lena responda, Schoomaker.
- No hace falta que lo haga. Ya lo he hecho yo por ella.
Chris se fue acercando a Fred, con claras intenciones de pegarle, pero yo lo impedí poniéndome en el medio.
- Lena, apártate, esto es entre Fred y yo. – me pidió Chris sin dejar de mirar de forma amenazadora a Fred.
- No – le respondí con un tono que no admitía réplica.
- Lena... – me pidió otra vez Chris, con un tono menos amenazador.
- Si te peleas con Fred, lo único que conseguirás será que te expulsen. Y ya sabes que no quiero que pase eso.
- Eso, hazle caso a tu novia Schoomaker. – le dijo Fred a Chris con un tono burlón.
- En cuanto a ti – le dije a Fred señalándole con cara de enfadada – no te vas a librar tan fácilmente.
- ¿Y eso por qué? – preguntó él en un tono altivo, sin tomarme en serio.
- Puedo conseguir que te despidan por el hecho de que me hayas besado. Ya sabes que en el reglamento del internado están prohibidas las relaciones entre alumnos y maestros.
- Y yo os puedo delatar a todos con lo de la fiesta. – amenazó Fred.
- ¿Incluso a tu propia hermana? – le pregunté, todavía sin creérmelo.
- Charlie no es algo que me importe demasiado.
- Pero a mí si que me importa. Es mi amiga. Si nos delatas a los profesores, conseguirías que nos expulsaran a todos. Piensa en la cantidad de gente que se quedaría a las puertas de la Universidad por una mancha así en el expediente.
- ¿Y qué? Ya te he dicho que no me importa para nada. – recalcó el pelirrojo.
- También te delatarías a ti mismo. Hueles a cerveza. – le respondió Chris con un tono más tranquilo.
- Podría decir que fue por sujetar a algún alumno.
- Tu aliento apesta – le dije.
Fred se había quedado ya sin argumentos, por lo que fue retrocediendo lentamente hacia la puerta.
- Te lo advierto Hilton – le dijo Chris en un tono amenazador. – Como vuelvas a acercarte a Lena fuera de lo estrictamente necesario, te juro que te arranco la piel a tiras.
Fred se marchó de la fiesta con un sonoro portazo, pero que fue encubierto por la música, que estaba en un volumen bastante alto.
Me acerqué a Chris, y puse mis manos en sus hombros. Él todavía seguía serio.
- Gracias por haberme defendido. No sé qué me habría hecho si no hubieras llegado a tiempo.
- Seguramente habrías terminado de darle su merecido a ese gilipollas. Y sí, no me mires así, es un gilipollas, por muy hermano de Charlie que sea.
- Te doy la razón. Y siento haber dudado de lo que me había dicho Nat.
- ¿Qué te dijo?
- Que tuviese cuidado con Fred. Debí hacerle caso, y no hablar con él más de lo estrictamente necesario.
- No conocías a Fred. No podías adivinar cómo era.
- Pero Nat me lo advirtió, y no le hice caso. Y luego te dije que entre él y yo no había nada, y era cierto, pero al final él quería que hubiese algo.
- ¿Puedo decir lo de “te lo dije”?
- Por favor, no lo digas. Sólo quiero olvidarme de Fred.
- Lo siento, pero no puedo evitarlo. Te dije que tuvieses cuidado con él, pero no me hiciste caso.
- ¡No me acerqué a él!
- ¿Y qué me dices de lo de hoy?
- Has visto perfectamente cómo fue él quien me besó, no yo.
- Pero tú accediste a hablar con él.
- ¡Fue para aclararle que estaba contigo!
- De todas maneras Lena, es mejor que nos tomemos un descanso.
- ¿QUÉ? – le grité sin darme cuenta.
¿En serio Chris me estaba diciendo eso?
- ¿Me estás dejando? – le pregunté titubeante.
- No, no te estoy dejando. Sólo pienso que deberíamos tomarnos un descanso, un poco de tiempo para pensar en nosotros…
- Eso significa que no me quieres.
- ¡Claro que te quiero tonta! Pero es mejor así. Necesitas estar sola unos días, sin que ningún novio celoso te moleste. Necesitas pensar en nuestra relación y en lo que significa para ti.
- Sabes perfectamente que no quiero estar sin ti.
- Lo necesitas, aunque todavía no lo sepas.
Chris se acercó a mí, pero en vez de besarme, como yo pensaba que haría, me dio un beso en la frente y se marchó de allí, dejándome sola en medio de la fiesta.

domingo, 12 de febrero de 2012

Capítulo 25: Miseria

Miseria

El día siguiente llegó, y con él, la típica calma que precede a una tormenta. Experimentaba la sensación de que mi día no iba a ser como cualquier otro, sino que iba a ser “algo” diferente. Me inquietaba ese “algo”, porque lo desconocía y no sabía como reaccionaría ante él.
Descubrí la causa de mi inquietud cuando decidí levantarme de la cama, ir la pared de la habitación y consultar mi horario. Equitación las dos primeras horas. Solté un suspiro de resignación. No por tener que ir hasta los establos cuando hacía tanto frío por las mañanas, sino por ver a Fred Hilton.
Sinceramente, no me apetecía nada volver a verle. Me ponía de los nervios la manera en que intentaba ligar conmigo, aun sabiendo que tenía novio. Vale, no le había dicho quien era mi novio, pero tampoco creía que hiciese falta. Si Charlie no se lo había contado todavía, ya se habría enterado por Fionna Catchpole. Los cotilleos volaban por el internado.
Por todo eso, volví a meterme en la cama y a taparme completamente con las sábanas, sin intención de levantarme.
- Despierta dormilona – me dijo Nat lanzándome un cojín por encima.
- No quiero ir a clase. – gruñí yo.
- ¿Y se puede saber por qué? – preguntó Charlie sumándose a la conversación.
- Estoy enferma.
- ¿Qué vas a estar tú enferma? Ayer por la noche ni querías dormir – añadió Penny algo somnolienta.
- Eso era ayer. Hoy me encuentro mal.
- ¿Pretendes que nos creamos que te encuentras mal? – preguntó Nat con ironía.
- ¿Por qué no?
- Teniendo en cuenta la cantidad de comida sana que comes, dejando aparte tu adicción por el chocolate… - comentó Charlie
- Y siempre vas muy abrigada a clases. Es imposible que estés enferma. – la secundó Penny.
- ¿Por qué nadie se cree que estoy enferma? – dije saliendo de la cama.
- Porque tienes el cutis demasiado bien para estar enferma, querida. – añadió Nat. – Así que dúchate y vístete, o llegaremos tarde a desayunar. Y hoy seguro que llegamos a tiempo para coger las mejores tortitas.
- No estés tan segura. – le dije dirigiéndome al armario para sacar el uniforme. – Seguro que todo el sector masculino ya está haciendo cola para las tortitas.
- Seguramente todavía estén durmiendo. – añadió Penny.
- En serio Lena, ¿no se te hace la boca agua con las tortitas? – me preguntó Charlie.
- Tortitas con mucho chocolate – terminó Nat, poniendo mucho énfasis en lo de chocolate.
Vale, unas buenas tortitas eran capaces de levantarme el ánimo. En vez de ponerme el uniforme, me puse una camisa blanca, un jersey verde de lana, unos pantalones de montar marrones y las botas de montar, además de un chaleco impermeable de color verde oscuro.
Una vez que Charlie y Nat se pusieron los uniformes y Penny se vistió de manera similar a la mía, nos dirigimos al comedor para desayunar. A esa hora estaba casi lleno, por lo que abrimos camino hacia nuestra mesa habitual casi a empujones.
Los chicos ya estaban sentados, cada uno con un plato lleno de tostadas delante. Estaban casi dormidos, por lo que no dieron mucha conversación. Miré hacia la izquierda de Johnny. El sitio, normalmente ocupado por Chris, estaba vacío. Lo echaba terriblemente de menos.
Al acabar de desayunar, Penny y yo nos dirigimos hasta los establos, donde nos esperaba el resto de la clase. Y tras nosotras, apareció Fred, que llegaba puntual por una vez.
- Buenos días chicas – dijo él con una sonrisa seductora, que hizo suspirar al grupo de descerebradas – y Alan – añadió rápidamente cuando Alan Perkins le miró mal.
- ¿Hoy también tendremos que limpiar las cuadras, Fred? – añadió Kelly Preston con voz de niña mimada.
- Hoy vamos a dar una vuelta con los caballos. – añadió él.
El aplauso colectivo no se hizo esperar. Fred hizo el gesto de acallarnos mientras intentaba poner orden en el gallinero en que se había convertido mi clase.
- Venga, sacad a vuestros caballos fuera. Vamos a hacer unas cuantas maniobras.
Me dirigí al box de Pearl sin pensarlo, y tras ensillarla, la saqué del establo tirando por la rienda. Me tocó colocarme al lado de Kelly Preston, también llamada lacaya de Blondie Fox número uno, que me miraba fatal. Le hice caso omiso mientras intentaba seguir la explicación de Fred.
- …y cuando lleguéis al final del campus, bordeáis el huerto de la profesora Linton y saltáis la valla de madera.
- Fred, ¿podemos…
- No, no podéis. Nada de pisotearlo ni decir que fue algo accidental. Aunque muchas estéis deseando hacerlo.
Otra risita colectiva. Nos subimos a los caballos, nos colocamos en una fila y seguimos las indicaciones de Fred, que iba delante de todos. Al llegar al final del campus y salir del recinto, nos volvimos a bajar.
Fred continuó con la explicación de la ruta que íbamos a seguir, cuando noté que Pearl empezaba a agitarse a mi lado y a relinchar más de lo normal. Algo le pasaba, eso estaba claro.
- Helena, ¿le pasa algo a tu yegua? – me preguntó Fred, que se había dado cuenta de que algo le pasaba a Pearl.
- No lo sé Fred. Se ha puesto así ahora mismo.
Fred, tras darle las riendas de su caballo a Alan Perkins, se acercó a mi lado y empezó a acariciar el lomo de Pearl, hablándole. Pero, a pesar de su apodo en el internado (“El chico que susurraba a los caballos”), Pearl no se calmaba.
- Voy a intentarlo yo – le dije mientras me volvía a montar en la yegua.
Pearl no paraba de moverse, y agarré las riendas con más firmeza. Pero, de repente, la yegua se encabritó, provocando que yo me cayera al suelo y me hiciese bastante daño.
Fred le mandó a Kayla Phillips que atase las riendas de Pearl en la valla de madera, y se agachó a mi lado.
- Lena, ¿estás bien? ¿Te has hecho mucho daño?
- Me duele el tobillo – le dije mientras gemía de dolor.
- No te preocupes, te llevaré a la enfermería. – añadió él mientras me cogía en brazos, me colocaba delante de él en su caballo, e iniciábamos en camino de vuelta al internado.
Tras pasar por los establos un momento para dejar los caballos, Fred me cogió en brazos de nuevo y me llevó a la enfermería. Penny, que no se quería separar de mí, nos acompañaba.
La enfermera Patmore, una señora de unos cincuenta años, nos recibió con cara de sorpresa.
- Señor Hilton, no esperaba verlo por aquí tan pronto.
- Esta vez no soy yo el enfermo, Dorothy. La que se ha caído del caballo ha sido la señorita Williams.
- No me he caído – le recordé – El caballo se encabritó.
- El hecho es que usted se cayó – zanjó la enfermera. – ¿Y usted qué hace aquí, señorita Picard?
- Vengo de acompañante.
- Pues ya sabe, no deje que la señorita Williams se queje.
- Yo me voy. Necesito examinar a Pearl. Volveré en un rato a visitarte.
Y Fred se marchó de allí. La enfermera mandó llamar al médico del internado, el Dr. Logan, que me hizo una radiografía en el escáner portátil.
- ¿Es grave doctor? – preguntó Penny con cara de preocupación.
- Su amiga está bien. Lo único que tiene es un esguince.
- ¿Tendré que andar con muletas? – pregunté.
- Pues sí, señorita Williams. Por ahora tendrá que hacerlo durante dos semanas, y si cuando le haga la revisión sigue teniendo molestias, tendrá que llevarlas durante una semana más. Usted tiene que aplicarle la pomada anti inflamatoria todos los días, y con reposo se recuperará.
- Doctor Logan, ¿tengo que pasar la noche aquí?
- No hará falta señorita Williams, podrá ir a su habitación ahora mismo – dijo tendiéndome unas muletas – Recuerde, mucho reposo.
Penny y yo salimos de la enfermería, y en la puerta del edificio nos esperaban Nat y Charlie en el carro de golf de la pelirroja. Me abalancé sobre el asiento trasero y Penny se sentó a mi lado.
Pero antes de que consiguiéramos arrancar, apareció Fred.
- ¡Lena! ¿Qué tal te encuentras?
- Tengo un esguince de tobillo, pero nada más.
- Me alegro de que no sea nada grave. Pero no te buscaba por eso.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó Nat.
- Resulta que hay una especie de reina cotilla en el internado.
- ¿Te refieres a Fionna Catchpole?
- La misma. He encontrado uno de estos papeles en una de las mesas de la cafetería. – dijo él mientras le tendía el papel a Charlie.
- ¿Debería preocuparme? – pregunté con un hilo de voz.
- Deberías. – añadió Charlie, que me tendió el papel para poder leerlo.

“Hola a mis queridos amigos de St. Peter:
Vuestra cotilla favorita vuelve cargada de novedades. Como todos habréis podido observar, hay un profesor nuevo. Para los que no lo conozcáis, se trata de Fred Hilton Jr. Y sí, es el famoso hermano mayor de la célebre Charlie Hilton, una de las princesas del internado. Y no, no tiene nada que ver con la familia Hilton.
Nuestro nuevo profesor tiene veintitrés años, es veterinario y criador de caballos pura raza. Sobra decir la asignatura que ha venido a impartir, ¿cierto? Pero su profesión no viene al caso. O al menos de manera directa. Nuestra reina, Lena Williams, está apuntada a su clase, y al parecer, según fuentes cercanas, su caída de esta mañana no fue accidental. Algunos dicen que se tiró a propósito de su caballo para que el chico que susurra a los caballos la llevara en brazos a la enfermería.
Otras fuentes me comentan que en su primer día de clases, la joven Williams salió más tarde del establo que sus compañeros, seguida por Hilton. ¿Hay algo entre ellos o sólo es una suposición errónea? ¿Lo sabe Christopher Schoomaker? Sólo nos queda hacer conjeturas.
Me despido de vosotros a la espera de más novedades,
Fionna Catchpole”

- ¿Desde cuándo hay una reina cotilla?
- Desde hace unos tres años, más o menos.
- No recordaba que hubiera una – admitió Fred.
- Fred, siempre estabas o en clase o en los establos. Tu vida no era nada que pudiera interesar a la gente.
- De acuerdo, me vuelvo con mis caballos. Creedme, son mucho más interesantes que esa bazofia de boletín. – dijo Fred mientras se marchaba de allí en dirección a su lugar favorito en el internado.
Charlie arrancó el carro de golf, y mientras nos dirigíamos a nuestra residencia, continué con la conversación:
- En cambio la mía sí – suspiré algo afligida.
- Cariño, Fionna Catchpole ha escrito boletines peores que este. – me dijo Nat.
- Como cuando todo el mundo se enteró de que Blondie Fox había perdido la virginidad con Colin Baker, en vez de con su novio de por aquel entonces, Greg Tate. – contó Charlie.
- ¿Fue cuando se convirtió en una zorra? – pregunté.
- Todo el internado la odiaba, y ella, en vez de irse de aquí, se quedó e hizo como si no hubiera pasado nada. Bueno, como si no hubiera pasado nada no, porque dejó a Colin, empezó a salir con Greg, la nombraron capitana de las animadoras y se convirtió en la reina de aquí. Pero sí, sí que se volvió una auténtica zorra. – terminó Charlie ya aparcando en la parte de atrás de nuestra residencia.
- Chicas, pero incluso fue peor el boletín que anunciaba el embarazo de Anita Pacheco. Casi la expulsan por eso.
- Menos mal que no se descubrió tu embarazo – le dije a Nat.
- Suerte que Allie Rumsfeld no cuenta ningún secreto de sus alumnos. Además, cuando Jerry y yo le contamos a Allie lo del embarazo, a los pocos días aborté. De todas maneras, Allie nunca habría dicho nada. Siempre se calla estas cosas.
- Pero esto ya lo sabe todo el internado – dije yo. – Todo el mundo piensa que estoy engañando a Chris.
- Nosotras no creemos eso – me aseguró Penny.
- Pero, ¿y qué hago con Chris? Se va a enterar.
- Créeme Lena, Chris te creerá. – me aseguró Nat.
- Pero de todas maneras, vamos a intentar deshacernos de los boletines. – concluyó Penny con una sonrisa triunfal.
Un momento, ¿Penny acababa de decir lo que creía haber escuchado?
- Penny, ¿estás hablando en serio? – le preguntó Charlie abriendo los ojos de la sorpresa.
- Completamente. Lena es nuestra amiga, y si podemos hacer algo para impedir que Chris se entere de esto, pues lo haremos. – aseguró la francesa.
- Estás completamente chiflada – le dije a Penny abrazándola – pero sólo por esto te quiero aún más.
- Un momento ricuras, no os aceleréis. ¿Cómo vamos a hacer desaparecer todos y cada uno de los boletines?
- ¿Buscando por todo el internado y tirándolos? – pregunté no muy convencida de mi sugerencia.
- Demasiado tiempo. Además, tú estás coja. – me dijo Nat.
- ¡No estoy coja! – repliqué.
- Oh, perdóneme usted, no me daba cuenta de que tiene que caminar con dos barras de hierro. – ironizó Nat.
- Son de acero – especificó Penny.
- De lo que sean. Ni Lena puede ir de un sitio a otro ni yo quiero acabar con los pies hinchados al final del día. – dijo Charlie intentando poner paz entre nosotras. - ¿Alguna sugerencia?
- Nosotras podemos ocuparnos de los boletines de nuestra residencia, y podemos reclutar a los chicos de séptimo grado. – sugirió Penny.
- ¿A los chicos “somos muy guays y estamos completamente salidos” de 13 años? – preguntó Nat alarmada.
- ¿Y por qué no? – le dije.
- Por dios Lena, el otro día pillé a uno sacándome una foto con todo el descaro del mundo.
- Nat, vas a ser modelo. – le recordó Penny.
- ¿Y qué? Todavía tengo derecho a tener algo de privacidad, ¿o no?
- Esos son los más fáciles de sobornar…
- Vale, de acuerdo, los sobornamos y que hagan ellos el trabajo sucio. Y tú – dijo mientras se dirigía a mí – Vete a nuestra habitación y descansa, estoy deseando verte subida a unos stilettos lo más pronto posible.
- De acuerdo, así aprovecho para estudiar un rato.
Y me fui para la habitación, donde me esperaba una tranquila tarde de estudio.

***
Dos horas después, ya había terminado de estudiar literatura y me aburría un montón. Hacía un rato que ya había encendido el reproductor de música y puesto “Hands all over”, el último CD que había lanzado Maroon Five al mercado.
Sonaba “Misery”, una de mis canciones favoritas de ese CD, e intentaba distraerme mirando hacia el techo, cuando oí cómo la puerta se abría.
- Nat, eres una auténtica tardona – le dije todavía mirando hacia el techo.
- ¿Tardona? – me contestó una voz que no tenía nada que ver con la femenina voz de Nat.
Levanté la cabeza, y al ver a la persona que me esperaba en la puerta, me levanté de la cama sin dudarlo y fui hacia allí.
- ¡CHRIS! – grité abrazándole, olvidándome por un momento de mi tobillo.
- Pequeña – me dijo él mientras me abrazaba. – Te he echado de menos.
- Y yo a ti. – le dije.
Chris me llevó en brazos hasta mi cama y me tumbó allí. Le besé, y antes de poder continuar, él se apartó y miró mi tobillo vendado.
- Lena, ¿qué te ha pasado?
- Me caí del caballo.
- ¿Desde cuando Fred no es cuidadoso contigo?
- ¿Cómo sabes que mi profesor es Fred?
- Charlie me lo contó antes de que él llegara al internado. Y decidí adelantar mi regreso.
- ¿En serio?
- Lena, no me fío de Fred. Ni un pelo.
- Chris, no tienes nada de lo que preocuparte.
- Entonces, explícame esto – dijo mientras sacaba del bolsillo una copia del boletín.
Mierda. Definitivamente quería que la tierra me tragase en ese momento.
- ¿No te fías de mí?
- De ti sí, pero de Fred no. Y sé que ha intentado tener algo contigo.
- Eso es imposible que te lo haya dicho alguien.
- No hace falta que me lo diga alguien para saberlo. Esa es la táctica de Fred. Va a por las chicas nuevas, y le gustan las difíciles. Sobre todo le gustan las que tienen novio – dijo mirándome fijamente.
- Chris, te lo repito, con Fred no pasa nada. Ni ha pasado.
- ¿Se te ha insinuado?
- Vale, puede que se haya insinuado, pero como puedes ver, no he querido tener nada con él. Te quiero a ti.
- Y yo a ti. Pero quiero estar seguro de lo que sientes.
- Por dios Chris, te quiero a ti. No quiero a Fred, ni quiero tener nada con él. Métetelo en esa cabeza tuya.
- De acuerdo. Pero ten cuidado con Fred. No me gustaría discutir contigo por su culpa.
- Y no lo harás. Venga, ven aquí – dije mientras lo volvía a besar de nuevo, y esta vez sin interrupción.